Si la suerte de Ucrania sólo dependiera de Vladímir Putin o de Donald Trump hace ya tiempo que la guerra habría llegado a su fin, con una estrepitosa derrota para Kyiv. Únicamente cabría elucubrar sobre si la totalidad del país habría terminado por estar bajo la órbita de Moscú o sólo la región del Donbás, permitiendo a Rusia contar con un colchón amortiguador ante la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y la Unión Europea (UE) y con un corredor terrestre para alimentar a Crimea. Afortunadamente, eso todavía no ha ocurrido.Desmintiendo una vez más a Trump, Zelenski está demostrando que sí tiene cartas con las que poder jugar. Por una parte, la “operación especial militar” rusa hace mucho tiempo que se ha transformado en un desastre sin paliativos, llevándose por delante la imagen de una maquinaria militar que, más que por su operatividad, está sobresaliendo por su anquilosamiento doctrinal y su escaso rendimiento en la batalla. Su estrategia, basada fundamentalmente en una mera reiteración de esfuerzos que trata de explotar su ventaja demográfica, se reduce básicamente a enviar al matadero a unos soldados escasamente instruidos y motivados, confiando en que el paso del tiempo incline la balanza a su favor. De ese modo, al igual que Trump en Irán, Putin está despilfarrando el poder militar ruso en una desventurada invasión que, en el mejor de los casos, tan sólo le permite avances milimétricos y que, últimamente, incluso se convierte en retiradas ante el empuje ucraniano.Los hechos sobre el terreno son tozudos para Moscú: nunca ha logrado el dominio del espacio aéreo, ha sufrido graves pérdidas navales y prácticamente se ha visto obligado a retirar su flota del mar Negro, mientras que sus unidades terrestres se encuentran empantanadas a lo largo de un frente de unos 1.100 km. Y, aunque es cierto que sigue contando con suficientes misiles y drones como para atemorizar diariamente a la población civil ucraniana, incluso empleando misiles tan poderosos como el Oreshnik –con un alcance de hasta unos 5.000 km y con capacidad para portar varias cabezas nucleares–, nada indica que por esa vía vaya a lograr el derrumbe de la capacidad y voluntad de resistencia demostrada hasta ahora tanto por los civiles como por los militares ucranianos. Por el camino se ha quedado sin conseguir el derribo de Volodímir Zelenski, la toma de Odesa, cerrando el acceso al mar a su enemigo, o la conexión con Transnistria.Peor aún, mirando al futuro inmediato y salvo que (desesperado) decida recurrir a las armas nucleares, no se vislumbra qué más puede hacer Putin para doblegar a su vecino, consciente de que poner en marcha una nueva oleada de reclutamiento o aumentar el ritmo de producción armamentística y el presupuesto destinado a sus industrias de defensa (cuando se estima que el 38% del presupuesto nacional ya está dedicado al capítulo de defensa) no le garantiza un mejor resultado. Y tampoco mejoran sus perspectivas a pesar de la actitud de Trump, decidido ya abiertamente a cerrar el grifo de la ayuda económica y militar a Kyiv, en un intento por forzar a Zelenski a aceptar la claudicación en una mesa de negociación igualmente paralizada desde hace tiempo.En gran medida, la clave para entender las razones por las cuales Kyiv no se ha rendido está en el proceso que ha llevado a sus Fuerzas Armadas a convertirse en el ejército más operativo del continente. Hasta hace poco estábamos acostumbrados a que Ucrania enviaba a sus soldados a instruirse en academias y centros militares de varios países europeos antes de que pudieran entrar en combate, dado que su nivel profesional era muy bajo. También hemos asistido a una (cicatera) secuencia de suministro de sistemas de armas por parte de los aliados occidentales, más preocupados de evitar las reacciones de Moscú que de atender a las necesidades de Kyiv. Hoy, sin olvidar obviamente que la UE ha incrementado notablemente su apuesta presupuestaria a su favor, paso a paso hemos llegado a un punto en el que Ucrania ha logrado recuperar una capacidad industrial extraordinaria, lo que le permite cubrir más de la mitad de su equipo, material y armamento. Y más extraordinario todavía ha sido la capacidad para traducir la experiencia de combate en mejoras e innovaciones que inmediatamente han sido capaces de aplicar a todos los niveles.Un buen ejemplo de ello es el rendimiento que están logrando con los drones, tanto los FPV –desbaratando muy frecuentemente las incursiones rusas de primera línea–, como los de largo alcance –convirtiendo en rutina la destrucción de infraestructuras energéticas en la profundidad del territorio ruso y de centros logísticos de apoyo a las unidades atacantes–. Y para llegar a ese punto, batiendo récords mensuales de producción de drones, se han atrevido incluso a resistir la tentación de enviar al frente a toda la población joven disponible, prefiriendo que muchos de ellos se dediquen a esa vital labor industrial.En definitiva, han pasado de ser alumnos a maestros que ahora pueden enseñar a otros –sirva el ejemplo de la colaboración prestada a los países del Gofo para hacer frente a los drones y misiles iraníes–. Nada de eso quiere decir que Ucrania –todavía con muchas asignaturas pendientes por resolver, incluyendo la corrupción y la crisis económica– pueda dar vuelta a la situación, expulsando a las tropas invasoras de su territorio. Pero, desmintiendo una vez más a Trump, Zelenski está demostrando que sí tiene cartas con las que poder jugar. Autor: Jesús A. Núñez VillaverdeLa entrada Ucrania, de alumno a maestro se publicó primero en Real Instituto Elcano.