¿Quién es Candela Peña? «Una cajonera enorme con muchos... ¿Sabes esas cajoneras de cajones chiquititos? Pues con muchos cajones, y dentro también. Creo que para mi profesión eso está bien», confiesa entre risas. Candela es la mujer que decidió casarse consigo misma en 'La boda de Rosa'; una nueva generación la conoce por sus intervenciones en 'La Revuelta'; otros muchos asocian su rostro a la escalofriante Rosario en 'El caso Asunta'; y hay quienes la recuerdan como la mujer que plantó cara a la violencia machista en 'Te doy mis ojos' (2003), como la princesa de los márgenes de Madrid en 'Princesas' (2005) o hay quienes piensan que sigue siendo una de las voces de la crisis sentimental masculina en 'Una pistola en cada mano' (2012). Bueno, en realidad ya no. «Ya no soy la de 'La boda de Rosa', ya no soy esa, pero es que ya no soy la del 'Caso Asunta'. Soy la actriz que un día interpretó eso, pero entiendes la metáfora de lo que quiero decir, porque tampoco quiero ser la misma. No soporto a esa gente que te dice: 'No cambies, no cambies nunca'. Para mí, el viaje de la vida es un viaje de cambio constante, de aprendizaje constante, de caminar hacia no sé qué lugar, pero no quedarme en este. Y eso también me pasa profesionalmente. Quiero hacer personajes que me ayuden a que la bola del desierto vaya avanzando y haciéndose cada vez más grande con la experiencia que voy recogiendo de ellos», explica. Interpretar es habitar otras vidas durante un tiempo. El problema llega cuando la puerta entre el personaje y la persona no se cierra del todo y algo de esa ficción permanece dentro. Hay actores que cargan durante meses con los fantasmas de quienes interpretaron; otros aprenden, con los años, a dejar a cada personaje donde pertenece. «Hay algunos que te cuestan más que otros, pero no porque sean más profundos o estén atravesados por más sufrimiento. De hecho, de esos son de los que más rápido quieres salir. Creo que, a medida que pasa el tiempo, he aprendido que los personajes no tienen por qué quedarse a vivir dentro de ti. Cuando era más joven, sus ecos me acompañaban durante más tiempo; ahora intento entender que sentirlos es parte del trabajo, pero soltarles también», confiesa. La actriz vuelve al cine con 'La desconocida', un nuevo thriller de Netflix dirigido por Gabe Ibáñez. Se trata de una adaptación de la novela de Rosa Montero y Óliver Truc, donde interpreta a una detective asignada para investigar el hallazgo de una mujer amordazada y maniatada (Ana Rujas), encontrada dentro de un contenedor en el puerto de Barcelona, incapaz de recordar su identidad. Más allá del equipo y de la historia, lo que realmente atrapó a Peña fue la posibilidad de mirar de frente a las heridas que suelen permanecer fuera de plano, esas que sobreviven a las tragedias y continúan latiendo mucho después de que todo haya ocurrido. «Pensamos en la gente que se suicida, pero jamás pensamos en la gente que se queda alrededor de ese suicidio. Por estadísticas, ante un suicidio son seis o siete personas las que quedan devastadas alrededor; se llaman supervivientes de ese suicidio. Dicen que físicamente tienes la misma sensación que si hubieras sobrevivido a una guerra. Como a mí el cine me ha ayudado tanto a sanar, o creo que el arte en general es sanador, me gusta pensar que, a través de mi trabajo, alguien que haya sufrido un suicidio cerca sepa que hay más gente que ha pasado por eso, que pueda sentirse acompañado o abrazado desde otro lugar», confiesa la actriz. Ser honesto con uno mismo y con la realidad tiene un precio: que esa sinceridad tenga un eco, a veces positivo y otras negativo, alrededor. Hay quien aprende a ser honesto con el tiempo y hay otros, como Peña, que lo reciben de casa, siendo hija de una mujer con catorce hermanos. Es la mujer de alma descarnada. «No sé si es fácil o difícil ser sincera. En mi casa nunca se me dijo: 'Cállate, que eres pequeña'. En una mesa de adultos yo intervenía en una conversación y nadie me decía: 'Tú te callas'. Yo no digo que mi verdad sea la única, porque no lo soporto ni lo quiero. Tengo mi opinión, que es la mía, pero luego veo que cuando hablo mucha gente te dice: 'Es que no te callas' o no sé qué. Pero es que tampoco creo que esté faltando al respeto. Soy honesta conmigo y con lo mío. Lecciones sí he aprendido, y es que no hable de nadie. Eso lo he aprendido perfectamente y me lo he tatuado en el corazón. Pero de lo mío, de mi verdad y de cómo yo me siento, sí hablo. Vivimos en una sociedad en la que parece que hay que quedar bien con todo el mundo». La dictadura de vivir de cara a la galería existe, y Peña reconoce esa «hipocresía» en el mundo. «Parece que tenemos que estar todos divinos. Pues no, chica. A mí no me gusta eso, ni tampoco quiero contarle a una chica de 14 años que quiera ser actriz que ser actriz es estar con una copa cóctel en un velero. No. Esto va de picar piedra. Mira la edad que tengo y yo sigo. He acabado una película, la estreno este viernes, pero tengo otro barranco al que tirarme para intentar volver a salir». Contra el tiempo no hay defensa. No hay quien le haya ganado. Y aunque los años traen consigo experiencia y veteranía en la profesión, también pueden traer cierto cansancio en la batalla de existir dentro del mundo del cine. «Noto que me hago mayor porque esta incertidumbre cada vez se me hace más costosa. La pelea me cansa más. Cuando era pequeña y vivía en el cine de mi pueblo, pensaba que si tú lo hacías bien, te llamarían. Hay que aprender que en el sistema no siempre funciona lo que más talento tiene o lo que más te gusta. De repente funciona algo que tú dices: 'Pero si eso es horroroso'. Pero mira, está funcionando». «No te voy a mentir, es una profesión que se imbeciliza mucho desde fuera. El cine es algo absolutamente jerárquico y yo, por ejemplo, que ya tengo una edad, voy a los rodajes y me llevo mi propia silla para que la gente joven vea que un auxiliar que ha estudiado cine en la ESCAC no está para que le pidas un nabo a las seis de la mañana en el puerto de Barcelona. Si tienes un grado de imbecilidad permeable, puedes acabar siendo un gilipollas. Creo que no solo es responsabilidad nuestra, sino también del entorno, de esta costumbre de tratar al actor, al influencer, a la estrella o al cantante como si fueran no sé qué. El señor que pone la cinta de balizamiento tiene el mismo corazón y los mismos litros de sangre que tú. Pero esto tiene que ver con las personalidades. Tengo amigas que no son actrices y se sienten estrellas, y hay gente que es actriz y se siente otra cosa. Tiene que ver con cómo tengas instalado a Narciso dentro de ti». Candela Peña se crio en el cine de su pueblo soñando que, cuando tuviera 50 años, tendría una casa con columnas y una piscina. Bien de lujo, bien de hamaca. «Pensaba que esto funcionaría de otra manera, que hacías personajes que molaban, te lo currabas mucho, lo petaban y entonces te llamaban para otro. Y esto no va así. Pero no va así para mí ni tampoco para directivos de plataformas que lo han petado con todos los proyectos, que si Óscar, que si Cannes, que si tal, y los echan de la plataforma. Esto no va de hacerlo bien. Esto va, a lo mejor, de la línea editorial, o de que tú no te entiendes con aquel, o aquel con aquel, o de que tú piensas de una manera que a otro no le gusta... Son tantas cosas que yo qué sé. Todos somos víctimas de este capitalismo. Ya me gustaría poder salir, pero yo también estoy dentro de la trampa, ¿no?».