María José Pérez-Barco, del ABC, me escribió para enviarme unas preguntas para un artículo que estaba preparando sobre la muchas veces comentada posibilidad de aplicar impuestos a los robots o a la inteligencia artificial, y el pasado lunes publicó su artículo titulado «¿Llegará la IA a pagar impuestos?» (pdf).Mi opinión sigue siendo la misma que cuando se empezaron a comentar estos temas allá por 2017 a raíz de unas declaraciones de Bill Gates, más calificables como «ocurrencias» que como ideas realmente pensadas y maduras. Y es que la cuestión, aunque parezca muy sencilla y casi intuitiva por eso de que «un robot se parece a una persona» (que no siempre), la realidad es que no es en absoluto tan sencillo, y que el planteamiento es prácticamente populista. En primer lugar, porque es absurdo gravar las cosas dos veces: si un empresario aplica tecnología, sea en forma de robots o de otro tipo, lógicamente, pasará a ganar más dinero (si no, no lo haría) y, por tanto, pasará a pagar más impuestos. Aplicar además un gravamen adicional «por ser un robot» o «por usar tecnología» es desincentivar la innovación, y carece completamente de sentido. En segundo, ¿qué es un robot? ¿Un programa de software es un robot? ¿Un procesador de textos es un robot? ¿Un GPS? ¿Una calculadora? ¿Un brazo mecánico es un robot, o solo es un trozo de uno, porque falta el resto del cuerpo? Como vemos, a todo el razonamiento le falta un hervor: parece sencillo, pero se queda en idea no madurada. Y si pretendemos escudarnos en el fenómeno de la sustitución, el problema se complica todavía más: ¿dónde empezamos a contar? ¿En qué generación tecnológica? Sustituimos a una persona si trabaja con determinadas herramientas, pero seguramente a tres si trabajan solo con su cerebro… ¿nos inventamos una unidad, el «cro-magnon», y planteamos «cuántos cro-magnones harían falta para llevar a cabo una tarea determinada? En el mejor de los casos, pintoresco. Y sobre todo, arbitrario. Estoy completamente a favor de plantear cualquier idea que pretenda distribuir la riqueza, incluyendo posibilidades que van desde gravar la acumulación de riqueza hasta el universal basic capital mencionado recientemente por Gavin Newson, pero pretender aplicar impuestos a los robots no es una forma adecuada ni lógica de hacerlo, y quien lo afirme es simplemente que no se lo ha planteado con todas sus consecuencias. A continuación, el listado completo de preguntas y respuestas que intercambié con María José: ¿Será necesario gravar la automatización, sistemas de IA y robots? ¿Por qué?No lo creo. La idea de “poner impuestos a los robots” parte de una visión profundamente equivocada de la innovación tecnológica. Históricamente, cada avance importante ha destruido determinados empleos y creado otros nuevos, normalmente más productivos. Pretender penalizar la automatización es como haber querido gravar el tractor para proteger a los agricultores que trabajaban con mulas. La tecnología aumenta la productividad, y esa productividad genera beneficios, crecimiento y, por tanto, más recaudación fiscal por las vías tradicionales: impuesto de sociedades, IVA, rentas del trabajo derivadas de nuevas actividades, etc. Si una empresa gana más dinero gracias a la automatización, ya pagará más impuestos. Crear un impuesto específico contra la tecnología sería castigar precisamente aquello que mejora la competitividad y la eficiencia.¿Cómo cuantificar el trabajo que realizan estas tecnologías? ¿Cómo mides el trabajo de sistemas que no tienen nómina y no están sujetos a una regulación laboral? ¿Cómo gravar a un software?Ahí aparece otro problema enorme: la arbitrariedad. ¿Qué es exactamente un “robot”? ¿Un brazo mecánico en una fábrica? ¿Un chatbot? ¿Una hoja de cálculo que automatiza tareas? ¿Excel sustituyó empleos administrativos? Sin duda. ¿Deberíamos haberlo gravado? El concepto se vuelve absurdo en cuanto intentas definirlo. La tecnología siempre ha sustituido tareas humanas: una calculadora reemplaza operaciones manuales, un GPS sustituye parte del trabajo de orientación, un software contable automatiza procesos administrativos. ¿Dónde trazas la línea? Además, la IA no “trabaja” como un empleado: es una herramienta que multiplica capacidades humanas. Gravar software sería abrir un melón regulatorio prácticamente imposible de cerrar.¿Qué fórmulas se están planteando para gravar estas tecnologías?Se han propuesto varias ideas, desde impuestos directos a robots industriales hasta tasas asociadas al ahorro de costes laborales derivado de la automatización. También se habla de aumentar cotizaciones empresariales cuando una compañía reduce plantilla mediante automatización o incluso de crear figuras fiscales específicas para sistemas de IA. El problema es que todas esas propuestas parten de una lógica defensiva y reaccionaria: intentar frenar el cambio en lugar de adaptarse a él. En muchos casos, además, serían muy fáciles de esquivar trasladando operaciones a otros países o redefiniendo tecnológicamente los procesos.Gravar la IA y avanzadas tecnologías con impuestos y cotizaciones, ¿podría desalentar la innovación?Claramente sí. La innovación necesita incentivos, no castigos. Si desarrollar o implementar IA implica automáticamente una penalización fiscal, muchas empresas retrasarán su adopción o simplemente decidirán innovar en otros mercados con regulaciones más racionales. Europa ya tiene un problema serio de competitividad tecnológica frente a Estados Unidos y China. Añadir más capas fiscales a las tecnologías emergentes sería otra manera de autoimponernos irrelevancia. La historia demuestra que las economías que prosperan son las que abrazan la innovación, no las que intentan ponerle barreras para proteger estructuras productivas obsoletas.¿Qué impacto tendría en las empresas?Dependería mucho del sector, pero en general supondría un desincentivo claro a la modernización. Las grandes multinacionales probablemente podrían absorber esos costes o mover determinadas operaciones a otras jurisdicciones. Las más perjudicadas serían las pymes, que necesitan precisamente automatizar procesos para ganar eficiencia y competir. En muchos casos, la IA no sustituye trabajadores, sino que permite que pequeñas empresas hagan más con menos recursos. Penalizar eso sería reducir su capacidad de supervivencia y crecimiento.¿Podría restar competitividad al tejido empresarial frente a grandes como Estados Unidos y China?Sin ninguna duda. Mientras Estados Unidos y China compiten por liderar el desarrollo de IA y atraer talento e inversión, Europa parece obsesionada con regular antes incluso de entender completamente la tecnología. Si además añadimos impuestos específicos, el mensaje es devastador: “innovar aquí sale caro”. El resultado sería previsible: menos inversión, menos startups tecnológicas, menos desarrollo propio y mayor dependencia tecnológica externa. Es difícil imaginar una estrategia más contraproducente.¿Qué tareas, empleos y puestos de trabajo está ya sustituyendo la IA? ¿Y qué previsiones hay a futuro?La IA ya está automatizando tareas rutinarias cognitivas: atención al cliente básica, generación de textos simples, traducciones estándar, análisis documental, programación repetitiva, diseño básico, gestión administrativa o procesamiento de datos. Pero hablar de “sustitución de empleos” suele simplificar demasiado. Lo que desaparecen son tareas concretas dentro de muchos empleos. La mayoría de los trabajos cambiarán antes de desaparecer completamente. Lo mismo ocurrió con internet, con los ordenadores o con la automatización industrial. Habrá profesiones que se reduzcan mucho y otras nuevas que ni siquiera imaginamos todavía. La clave no es intentar impedir ese cambio, sino preparar a la sociedad para adaptarse: educación, formación continua y capacidad de reinventarse profesionalmente. Penalizar la tecnología nunca ha sido una solución inteligente.