Discos de la semana: Paul McCartney encuentra (60 años después) sus mejores melodías

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Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los últimos discos que se han publicado. Nos lo imaginamos bajo el sol de los 90, melena al viento y sin camiseta, siempre con su guitarra a cuestas –tal vez sin funda– en una fotografía eterna y romántica del mejor Estados Unidos. Nada ha cambiado, el Vile sigue con sus canciones, con sus 'inside jokes', con su despreocupación casi hippy. En 'Chance To Bleed' encontramos resumido, con precisión de haiku, la receta de su música: «Rock and roll antiguo y lo-fi, muy haztelo tú mismo (DIY)». Cual mosca en la tela de araña somos atrapados por 'Zoom 97', el primer tema del disco. Sus armas siguen intactas, esa misma guitarra eléctrica sigue siendo la fiel canalizadora de las ideas. Juez y parte. En '99th Song' Kurt nos confiesa que ha usado su pedal de 'loop' hasta la extenuación. Ya no le caben más melodías en su memoria virtual, se ha pasado el juego. Y claro, 99 proyectos de canción provocan que también se corra el riesgo de que dichas composiciones se parezcan entre sí. Un montón. Llegado un punto, ya no sabes si estás en la pista 3 o la 7. Tampoco importa. El viaje es siempre placentero, siempre reconfortante, ¿cuál será la marca de pegamento que usan algunos músicos para que la música –aunque deslavazada en esta ocasión– suene confortable, satisfactoria?. Hace unos días, entre el scroll infinito de Twitter leí a alguien que decía «componer canciones consiste en intentar encontrar buenas melodías que no se le hayan ocurrido antes a Paul McCartney». Y es que parece mentira pero, a las puertas de sus 84 años y con el peso incalculable de su legado, este genio sigue haciendo temas que pasarán a la historia. Vamos con todo desde el principio: 'The Boys Of Dungeon Lane' es el mejor disco de Macca del siglo XXI, ahí ahí con 'Chaos And Creation In The Backyard' (2005) y sí: uno de sus mejores en solitario. Ya solo con la pista inicial, 'As You Lie There', donde vuelve a sus fueros favoritos de cambios de ritmos radicales ('Band On The Run', 'Live And Let Die') y hasta se atreve a recitar, uno sabe que está ante un trabajo que va a aportar muchas alegrías y no va a pasar desapercibido entre una discografía tan extensa. Lejos de caer en temitas fáciles, de esos que seguro al que es uno de los compositores más importantes de la historia le salen en cinco minutos, como ha ocurrido en otras ocasiones, aquí el Beatle exhibe sus complejos conocimientos y talentos, amén de tocar, de nuevo, casi todos los instrumentos. El dúo con Ringo ('Home To Us') atrapa más por lo sentimental que por lo extraordinario, pero otros temas como 'Ripples In A Pond', 'Life Can Be Hard', o las soberbias 'Momma Gets By' y 'Days We Left Behind' gozan de una serie de melodías, espiral de acordes y arreglos que muchos soñarían con conseguir cuadrar un par de veces en toda su carrera. Y sí, ya sabemos que a su edad la voz ya no es su fuerte, pero más sabe el viejo por Beatle que por viejo y controla cómo lucirla. Disfrutemos mientras podamos porque el tono general del álbum desprende una nostalgia (no es por ello un catálogo de baladas, ojo, que su vena más rock nunca muere) que parece anunciarnos la temida despedida. 'Never know', como él mismo dice en otro de los temarrales. Al alcance de muy pocos. La colaboración de Beck fue el caramelo con el que los Meridian Brothers y el Instituto Mexicano del Sonido nos vendieron este disco. Bien visto, estos mundos tan aparentemente alejados encajan perfectamente, aunque solo sea por el espíritu juguetón de la música de todos ellos. El yanqui, sin embargo, solo aparece en dos de las canciones de estas dos veteranas formaciones mexicanas que mezclan sin pudor el folclore patrio con la electrónica y el hip hop, más de lo primero que de lo segundo. En una de ellas, 'Ritmo Babilonia', Beck canta en español, y en la otra, 'Cumbia Beckiana', le hace un guiño a su famoso 'Loser'. Lo reseñable de la presencia del californiano, sin embargo, es que no habría hecho falta, salvo por el gustazo de colaborar con uno de tus ídolos de juventud, el genio detrás de 'Odelay' (DGC, 1996), pues esos dos temas no están entre los más destacados de un trabajo con el que Camilo Lara (IMS) y Eblis Álvarez (Meridian Brothers, reciente colaborador del Niño de Elche) rinden homenaje a la escena latinoamericana de entre finales de los años 60 y principios de los 80, saltando de la cumbia al rock and roll y regándolo todo con letras irónicas. 'Ruido Tovar' resulta divertido, bonito y triste en los mejores cortes –'Cumbia del lobo', 'Ira (IA)' y ¡Perdí mis ojos'–, pero lo suficientemente experimental y contemporáneo como para que no sea un mero ejercicio de nostalgia. Música seria de videojuegos antiguos –no es una crítica– que a veces peca de plana –esto sí–, pero que es lo bastante diferente y refrescante como para que dejes por un día el maldito indie anglosajón e imagines un mundo mejor. El cuarteto de blues-rock psicodélico de Nashville vuelve a la carga con su séptimo disco de estudio, 'House Of Mirrors', en el que dejan atrás los 'jams' de 10 minutos en los que era fácil perderse por las capas oníricas de distorsión. Sin embargo, esta vez las influencias del doom metal como Cathedral o Electric Wizard son menos latentes y han optado por un sonido más afín a Black Sabbath y Queens Of The Stone Age, aunque un poco más sensibles. En conjunto, las canciones tienen una producción estupenda y Ben McLeod toca la guitarra como si le fuera la vida en ello, con un sonido excepcional para los amantes del overdrive. Los puristas –y creánme, hay muchos– acusan que se ha perdido la magia sin Robby Staebler (baterista y fundador de la banda) y sin las exploraciones cosmonáutica de cuarto de hora. Eso ya va en gustos. Y si no se vive en una nube de THC, hasta se agradece. A veces, la banda cae en la homogeneidad sonora y puede entregar una sombra de lo que son capaces, pero en los momentos en los que lo demuestran, vaya si saben lo que hacen. Después de que su último lanzamiento fuese nominado a los Latin Grammy como mejor álbum de rock, la banda caraqueña regresa con 'La Frontera', donde juega constantemente con una línea borrosa: lo que parece una colección de canciones sobre un amor tóxico es, en el fondo, una reflexión sobre la migración y el país que los expulsó. Letras como las de 'Devolverse' o 'El avión' son un golpe directo para cualquiera que haya tenido que hacer las maletas. El álbum comienza con el ímpetu incendiario de 'Kerosén' y te arrastra a soltar golpes en el pogo con 'Destruirse', una pieza que suma a los mandos a Emerson Swinford, guitarrista de Rod Stewart. El disco, sin embargo, también sabe pisar el freno y sentarte en el sofá con el pop-rock suave de 'Supernova' o 'Vértigo'. La ejecución es impecable, pero se echa en falta mayor riesgo. Esa dosis de innovación y 'efecto wow' que en el pasado logró convertir a otra de sus canciones en himnos del rock venezolano. Las letras, ambivalentes, pueden ser dirigidas a un viejo amor o a Venezuela, dependiendo de la perspectiva con que se mire. Es difícil discernir. O no. Porque, como dice la canción que da título al álbum, «si cruzamos la frontera, y tú también la ves de afuera, verás que no existe».