El espejo animal de la filosofía

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Bestiario filosófico de Ivana Costa, publicado por Mardulce editorial, podría pensarse en el cruce de dos categorías: una clásica y una contemporánea. Así, mientras en la primera los animales serían considerados seres divinos y mitológicos que, con sus acciones, darían lecciones de moral a los humanos, en la segunda son criaturas simbólicas, nacidas de la imaginación de un autor, que por medio de sus atributos exploran y ponen en evidencia dimensiones de la psicología humana. En ambos casos, los animales aparecen como espejos aumentados de atributos humanos. Y en ese mismo sentido, en las primeras páginas se aclara que el ejercicio de contar las historias es “una invitación a preguntarse qué tipos de animales somos, qué comunidades queremos formar y cómo contemplamos el universo”.Bestiario filosófico. Ivana Costa. Editorial MardulceLas tres preguntas pueden advertirse en cada una de las veintiséis entradas que, ordenadas alfabéticamente, van desde la abeja hasta el zorro. En el medio podemos encontrar los populares búhos y caballos, un poco más adelante aparecerán escorpiones, mariposas, perros, serpientes y al final, como en un juego de contraposiciones, tortugas y zorros, entre otros.Así, por ejemplo, sobre las abejas se destaca su naturaleza dual sostenida en la dulzura de la miel y en la violencia de su aguijón. Además, se recuerda que en el Canto II de la Ilíada los enjambres son comparados con los ciudadanos griegos comunes que corren a la asamblea convocados por sus jefes en clara vocación ciudadana. Una vocación que será reformulada en la filosofía moderna desde la concepción racionalista. No pocos cientistas sociales han tomado el diseño de la colmena como modelo para la división del trabajo en tanto sistema e imagen. La disposición de las celdas, el reparto de tareas en función de las jerarquías, la recolección del polen, su reelaboración y la distribución del producto para ser recolectado han sido (y siguen siendo) uno de los modelos más potentes y explícitos del sistema capitalista contemporáneo. En ese sentido, la analogía entre la abeja y el obrero queda a la vista. Aceptan las jerarquías, agachan la cabeza hasta que sean reemplazados por alguien más joven que reproduzca los mismos mecanismos en la cadena productiva.Hormigas en el Bestiario filosófico de Ivana Costa.La entrada sobre perros está dedicada a los filósofos cínicos de la Antigua Grecia. Esta escuela, derivada de los socráticos, hizo de la mirada crítica su estilo de vida. Por eso, sus representantes se despojaban de sus bienes, de sus casas e incluso de sus ropas; comían sobras y se instalaban en las periferias de las ciudades. Esta condición marginal, de la que Diógenes Laercio podría ser el emblema principal, les permitía advertir (y ladrar) las verdades que la polis dejaba pasar.La escuela se sostenía en cuatro pilares: la indiferencia (con respecto al confort), la desvergüenza (como superación de los pudores asociados a la hipocresía social), la sagacidad y el instinto. Sus miembros iban descalzos, vivían en toneles, comían y tenían sexo en público, a la vista de todos. A menor prurito (o prejuicio), el perro tendría una mejor capacidad de observación y, en consecuencia, cumpliría mejor su rol de guardián de los valores más elevados de la filosofía. Por otro lado, los cínicos privilegiaban el instinto. El olfato desarrollado era apenas un modo de acercarse al mundo con cautela para analizarlo y, a partir de ahí, tomar decisiones apoyadas por ese mismo instinto. En definitiva, el perro, indiferente a las confortables distracciones de la vida mundana, podría ser el guardián supremo que garantizaría, desde esa posición inclusivo-exclusiva, el cuidado del pensamiento humano.Burro en el Bestiario filosófico de Ivana Costa, publicado por Mardulce editorial.Para los gatos, Costa aprovecha las discusiones surgidas en las primeras décadas del siglo XX en torno a los principios de la física cuántica. En 1935, Erwin Schrödinger había propuesto un experimento mental, en clave de parodia, destinado a poner en evidencia el carácter paradójico de algunas interpretaciones de la mecánica cuántica. Imagina que encierra a un gato en una caja junto con un átomo radiactivo que puede, o no, desintegrarse durante la próxima hora. Si el átomo se desintegra, un sensor lo detecta y acciona un mecanismo que rompe un frasco, libera un gas y mata al gato. Si no se desintegra, el gato permanece vivo. “Al principio el gato va a estar vivo, y a su vez, el átomo va a alcanzar el estado de superposición coherente: ‘desintegrado’ y ‘no desintegrado’ […]. Además, el gato tendría que permanecer en ese estado de superposición hasta que una observación real lo detuviera”, señala la autora.En esta observación se podría captar, en un mismo espacio, la coexistencia de distintos estados de la materia. De este modo, si aisláramos cualquier elemento, por más grande y complejo que fuera, un gato o un átomo, su estado podría describirse como una superposición de estados que, desde una perspectiva clásica, creemos mutuamente excluyentes."Faisanis" en el Bestiario filosófico de Ivana Costa, publicado por Mardulce editorial.Así, se toma la condición de superposición coherente de estados para extenderla en varias direcciones: la primera queda asociada al problema filosófico del lugar del observador, la segunda, a la manera en que la ficción incorporó el carácter felino –independiente, astuto y ágil– a su capacidad de aparecer o desaparecer según su conveniencia. El gato logra transformar un atributo de la materia en un rasgo de su personalidad. En un sentido parecido se advierte que hoy en día la frase “el gato de Schrödinger” se ha convertido en una expresión genérica para describir un razonamiento incompleto o contradictorio. Un estilo que se advierte especialmente en los discursos políticos proferidos desde las pantallas.Son estas mismas pantallas las que podrían pensarse en serie con los espejos en los que elegimos reflejarnos. Así, más allá de la anatomía particular de la criatura, ya sea la laboriosidad de la colmena, la mirada vigilante del can o la ambigüedad del felino -y el espacio que haya ocupado en algún momento de la historia- a las preguntas iniciales podríamos agregar una que interrogue por nuestra capacidad de proyección e imaginación en un mundo en el que todo es susceptible de ser etiquetado. Tal vez la naturaleza animal no solo le dé inteligibilidad a lo humano, sino que, como si fuera una caja nueva, prometa una saludable indeterminación.Cangrejo en el Bestiario filosófico de Ivana Costa, publicado por Mardulce editorial.Mirá tambiénEdgardo Castro: “Foucault hizo un uso moderno de Nietzsche, frente a las lecturas reaccionarias actuales”Mirá tambiénLa "inutilidad" de la Divina Comedia es precisamente lo que la vuelve eternaMirá tambiénUn viaje por el archivo como metáfora de la vida en el libro de Claudio MartyniukRecibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOTags relacionadosCienciaFilosofíaGreciaNaturaleza