Por qué llaman 'Los Infiernos' a este sorprendente rincón de agua escondido en Granada

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¿Se puede un sitio llamar 'Los Infiernos' y ser para el visitante algo muy próximo al paraíso? La demostración de que sí está muy cerca de Loja, en la provincia de Granada. Toca desvelarlo cuanto antes y no dejarlo para el final: el nombre le viene porque allí el agua produce un ruido estruendoso y, los más exagerados, empezaron a decir que era como estar en el averno. Se trata de un Monumento Natural (las mayúsculas son porque así está catalogado oficialmente) que se sitúa en un tramo del río Genil, el más importante afluente del Guadalquivir. A base de tiempo y erosión, que es como se consiguen los lugares únicos, se ha formado allí un intercambio de alturas que obliga al agua a saltar de un nivel a otros formando cascadas. Algunas son de envergadura, por cierto. La mayor, que por su forma llaman Cola de Caballo, llega a los ocho metros. Ahí sí que suena fuerte el agua, arrastrada tanto por el Genil como por aportes menores como el Frontil o el Manzanil. Es, en conjunto, un sistema de gargantas y grietas donde no sólo el agua es la protagonista; también hay una diversidad de flora muy interesante. Los Infiernos y sus cercanías, por el paisaje en el que están envueltos, son propicios para un sinfín de actividades , desde las más tranquilas hasta las que implican un riesgo (controlado, eso sí) para quienes la practican. Cada cual que elija la que le parezca más estimulante, porque hay donde escoger: pesca deportiva, senderismo, escalada y, en las proximidades, vuelo libre y parapente. Esto último, el parapente, ha ido desplazando progresivamente al antiguo ala delta y se ha ido convirtiendo con el paso de los años en un foco de atracción turística. No sólo de Granada sino de otras provincias cercanas, decenas de aficionados llegan atraídos por sus excelentes condiciones: además de unos desniveles de más de 700 metros, el clima permite practicarlo allí casi todo el año. Pero vamos, que lo uno no es incompatible con lo otro. Es perfectamente factible dar primero una caminata por Los Infiernos y luego surcar los aires o viceversa. La ruta senderista más habitual cubre una distancia de unos cuatro kilómetros y medio y tarda en recorrerse una hora y media . Es asequible para casi todos los públicos y, como recompensa final, el último tramo se hace subiendo unas escaleras que conducen a un mirador con unas vistas magníficas. Todo lo anterior está muy bien, pero convendría saber cómo se llega a Los Infiernos. Desde el polideportivo de Loja, donde hay sitio para estacionar, parte una pista forestal que empieza a descender hasta llegar al río. Para no perderse, lo más conveniente es no abandonar el sendero y seguir junto a la orilla. Para que sirva de pista: a la derecha están los travertinos. Que son formaciones rocosas que han producido las aguas carbonatadas vertidas al Genil por arroyos adyacentes. Con el tiempo se han solidificado y creado estructuras caprichosas y dignas de ser contempladas con tiempo. Porque aquí, de más está decirlo, las prisas sobran. A partir de ese punto, las atracciones salen al paso del viajero: un puente colgante que, según algunos senderistas, está poco menos que de adorno porque no lleva a ninguna parte, una cueva con sus estalactitas y sus estalagmitas que llaman la de los Murciélagos, la llegada a las gargantas, los ruidos infernales, las vistas impresionantes y los chopos, los olmos y los majuelos como mudos testigos de tanta belleza. El regreso a la normalidad es también fácil de apreciar, porque la vegetación exuberante cede el paso a campos de cultivo más áridos, como el olivo. De hecho, hay que pasar por delante de una fábrica de aceite y desde allí se llega al Mirador de los Infiernos, donde se ve la cascada de la Cola de Caballo antes mencionada y una vista general de un paisaje inolvidable. Si el paseo se ha dado por la mañana, es más que probable que, a su finalización, los viajeros reclamen un lugar para restaurar los tejidos. Porque las caminatas de casi dos horas es lo que tienen, que dan hambre. Están de suerte, porque en Loja hay una oferta gastronómica muy rica, basada en productos de la tierra, regada por el Genil, y una repostería en la que llaman la atención sus famosos roscos. Aunque si se prefiere algo más original, siempre es factible acercarse a la pedanía de Riofrío y comer trucha y esturión, a ser posible acompañada de jamón serrano y habas. El pescado procede de una de las mejores piscifactorías de España , que está justo allí al lado. O sea, que más fresco imposible. Su caviar acumula premios internacionales por su gran calidad y, lo de si es caro o barato, dependerá de cuánto agrade al paladar. Como todo.