No puedo dejar de pensar en esa mujer que el domingo salió a correr en medio de las protestas de Francia, un país en el que la violencia es antes que nada una tradición estética, como el comunismo y el posestructuralismo y todas esas ideas que se inventaron para defenderse con jersey de cuello alto y un cigarro en la terraza de un café parisino. En el vídeo la vemos como una 'runner' más: gafas de sol, coleta, top del Decathlon y chaqueta en la cintura, por si refresca, aunque lo que tiene enfrente es humo y fuego, París en llamas, las barricadas, la ilusión de una revolución, bicicletas tiradas, banderas de Palestina, cacao mental, entusiasmo juvenil, ganas de romper cosas, un plan perfecto para el fin de semana, ¿quedamos para hacer la revolución?, después podemos dormir en mi casa. Ella corre inalterada en medio del caos, con ese paso estoico con el que unos esquivan el desencanto y ella a los encapuchados. No sabemos si va o viene, porque del 'runner' solo se puede saber si está a punto de morir o no, y en el fondo ni ellos mismos saben ya por qué corren ni a dónde se dirigen; lo que les importa es el cuánto y el en cuánto, y poco más. La mujer podría estar ahí o en la maratón de Nueva York, siempre sin cambiar el ritmo, pues lo suyo son los cinco minutos el kilómetro y no perdonar el entreno ni un solo domingo al año. Hace tiempo que encontró en la rutina una religión fácil, porque ante todo el 'fitness' es eso: un asidero no moral ni trascendente pero sí cotidiano con el que espantar los fantasmas de la vida adulta, un budismo musculado. Viéndola es difícil no acordarse de esas noticias de turistas que se despeñan por un barranco por seguir el Google Maps con una fe ciega, más allá de toda lógica, es difícil no ver en su terquedad a todas esas personas que prefieren cambiar la realidad a martillazos antes de cambiar de opinión. Sería tentador decir que todo lo que está mal en el mundo cabe en esta escena, imaginar un apocalipsis en el que el último rastro de humanidad sobre la Tierra sea una mujer sudada que llega al final de su carrera (pongamos unos quince kilómetros) y que entonces, doblada y apoyada sobre sus rodillas, expira el último aliento de esta especie. Sería tan tentador que habrá que dejar de correr. Solo por si llega el fin del mundo. Para que nos pille haciendo algo mejor.