Theodor Kallifatides lleva la vida entera perdiendo chicas, o eso cuenta él. De joven, en Grecia, se enamoraba y, más tarde o más temprano, pero la muchacha en cuestión siempre acababa con otro: «uno más rico, uno más alto, uno más fuerte, uno con una moto mayor», dice el autor, para luego rematar con la cruda realidad: «todo tipo de idiotas», resume, sin rencor aparente. Siempre sabía, dice, que se la iban a quitar. En el colegio, cuando Theodor era el mejor de la clase en griego, escribía las cartas de amor de sus compañeros, todas dirigidas a la misma niña. Una carta en nombre de Giorgos, otra en nombre de Nikis, otra en nombre de Nikos, y cada una debía sonar distinta. Perdía, en otras palabras, por delegación, y aprendía a escribir en el proceso. Fue su primera experiencia literaria. También fue la primera vez que entendió que el amor no es solo felicidad, que se parece más a un problema, y que este no llega por accidente. Esa idea es el núcleo de 'El amor', novela que publicó en 1978 y que Galaxia Gutenberg trae ahora a España. Kallifatides (Molaoi, Laconia, 1938) es un autor sueco de origen griego, un hombre que escribe en una lengua adoptada y que ha ido ganando lectores novela tras novela. El libro cumple casi medio siglo y sigue siendo pertinente en la conversación, algo que, según sus defensores, es «muy difícil de conseguir». El argumento cabe en una frase: Un hombre de casi cuarenta años vive con su esposa y su hijo. Es feliz. En un viaje de trabajo se enamora de otra mujer mucho más joven que él, y entonces explota todo. Es el esquema más gastado de la literatura occidental, y por eso mismo un riesgo. «No es una cuestión de tomar una decisión», explica el autor. «Uno puede resolver volver a casa, y diez días más tarde descubre que necesita ver a otra mujer, que necesita tenerla allí. El amor ocurre incluso cuando no se busca». Kallifatides no quería escribir sobre el enamoramiento, ese estallido manido en la cultura popular, sino sobre lo que sigue: la prueba, el querer mantenerlo vivo para que salga bien. «El amor es una elección, y una elección es una sentencia». La novela, por su parte, no se limita a la pareja. Hay amor del padre por el hijo, de la madre por el hijo, de los amigos. «Esa pluralidad es lo que la hace durar», dice. Lo sabe de primera mano. Su padre era maestro y tenía una disciplina de hierro. Le prohibía, por ejemplo, leer tumbado. «¿Por qué?», preguntaba el niño. «No eres un mono», respondía el padre: «los monos comen tumbados». Kallifatides lo cuenta con humor, y entiende hoy esa severidad como una forma de amor, la que da ritmo, la que guía. Su madre era ternura y besos. Sus dos hermanos, ya muertos, lo querían y lo atormentaban a la vez; lo hacían competir en una carrera contra el gato de la casa y lo subían a una mula para que cabalgara. Pero una mula, observa, no cabalga. Camina, y no le importa. La Grecia de su juventud no era un lugar benévolo. Salía de una guerra civil y toda la vida giraba en torno a la política: se estaba con una facción o con la otra, y la que mandaba castigaba a la otra durante años, mucho después de que callaran las armas. Kallifatides, de izquierdas, no consiguió el permiso que necesitaba para ganarse la vida. Tenía la mejor calificación posible de una universidad griega, cuenta, y en lugar del permiso «recibió cuatro ceros». Se sintió hundido, tanto que llegó a pensar en quitarse la vida. Y mientras lo pensaba, caminaba hacia casa. A cien metros, su madre abrió los brazos sin que él hubiera dicho una palabra. Lo había entendido todo. Y le gritó: «¡Algún día se avergonzarán!». Esas palabras, dice, le salvaron por segunda vez. Para ella era imposible que su hijo estuviera equivocado; era lo bastante bueno, aunque no lo fuera para ellos. Cuando ella lloraba, le decía: «Mamá, nos queda un largo camino. No llores». Después vino Suecia. 'El amor 'es una de sus primeras novelas escritas en sueco, y su relación con esa lengua era, admite, «así-así». Se apoyó en un diccionario y en un modelo: Jan Myrdal, a quien tiene por un gran estilista, autor de un sueco claro, corto e inteligente. De él aprendió algo más que sintaxis. Para vivir en Suecia con dignidad, para valer algo ante ese país, había que entenderlo, y entenderlo era respetarlo y, si era posible, quererlo. Los años duros llegaron después: la gente le decía que era un necio, que no sabía escribir en sueco, que era mediocre. Aun así siguió, y descubrió «la dulzura de esa lengua, su belleza sonora». Admite que nunca se controla del todo una lengua extranjera, y añade que tampoco se controla la propia: el griego, dice, es un océano. Menos conocido es que 'El amor' se llevó al cine, dirigida por el propio Kallifatides y producida por Ingmar Bergman. «Crear algo en común es difícil cuando no se comparte la lengua», cuenta el autor. Él hablaba sueco, pero los actores hablaban otro sueco, y nunca llegó a alcanzarlos. Aprendió también que fracasar no es malo: obliga a preguntarse qué se hace y para qué. El éxito constante, dice, «acaba aburriendo». De Bergman aprendió a montar. Sentado a su lado, lo veía cortar rápido, y entendió cómo se construye y se recorta una escena. Esa lección la aplica todavía al escribir: normalmente, escribimos de más. «Era un hombre difícil, pero inspirador, que amaba su trabajo hasta el punto de salir con la cámara antes del amanecer, solo para aprender cómo cambia la luz». Tras tres meses de trabajo estrecho, el rodaje terminó, y la relación también. «Alguien como Bergman tiene millones de amigos potenciales y debe aprender a protegerse, o le robarán la obra», cuenta el autor. Kallifatides no cree que se pueda amar sin renunciar, ni escribir sin cortar, ni quedarse sin marcharse. Y el chico que siempre perdía a la chica ante un idiota con una moto mejor sabía ya, de algún modo, que querer no es ganar, que es elegir, y que a la elección hay que pagarla.