Donald Trump, el mejor comercial del coche eléctrico

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Desde que llegó a la Casa Blanca, Donald Trump ha intentado frenar el crecimiento de los vehículos eléctricos: su administración ha eliminado los créditos fiscales federales a su adquisición, ha rebajado las normas de eficiencia y ha incrementado las barreras comerciales que limitan la entrada de vehículos extranjeros. El resultado ha sido claro: los ciudadanos estadounidenses disponen de una oferta muchísimo menor de vehículos eléctricos y los pagan mucho más caros, lo que ha hecho que sus ventas caigan en un 30.7% hasta septiembre, justo en el momento en que más se encarece la gasolina.Sin embargo, las cosas no son así en el resto del mundo. En los países civilizados, la guerra con Irán iniciada por Donald Trump y el consiguiente encarecimiento de los combustibles fósiles han hecho mucho más visible el atractivo de unos vehículos eléctricos que no se ven afectados por casi nada de lo que ocurre en el Estrecho de Ormuz. Mientras depender de la gasolina significa quedar expuesto a un riesgo geopolítico evidente que depende, además, de un gobernante mentalmente inestable, el vehículo eléctrico, por mucho que pueda encarecerse la electricidad, se mueve en parámetros de sensibilidad muy, muy inferiores, a lo que añade su evidente ventaja en costes de mantenimiento.El resultado está siendo evidente: con la excepción de los Estados Unidos de Gilead (perdón, de Donald Trump), vivimos un cambio que ya es global. La IEA prevé que este año se vendan 23 millones de vehículos eléctricos, alrededor del 30% del mercado mundial. Las ventas han crecido con gran fuerza en Europa, Asia-Pacífico (sin tener en cuenta China, donde son ya la locura) y en Latinoamérica. No es un avance uniforme, es simplemente que el vehículo eléctrico ya se extiende por mercados muy distintos. Volkswagen, antes conocida como la compañía de los diesel humeantes, afirma haber entregado ya cuatro millones de vehículos eléctricos, y que el cuarto millón se alcanzó en tan solo un año. En Europa, cerca del 40% de sus pedidos recientes corresponden a modelos eléctricos. No híbridos, sino 100% eléctricos. la propia empresa atribuye el interés, en parte, a los precios del combustible y a la llegada de modelos de acceso más asequible. A ese crecimiento en la demanda se unen, además, incentivos como la posibilidad de circular por vías de alta ocupación, de aparcar gratuitamente y por tiempo ilimitado en zonas que son de aparcamiento limitado para vehículos térmicos, o incluso, como ha hecho el gobierno austríaco, permitiendo que los vehículos eléctricos circulen en algunas vías a 130 km/h en las que los vehículos térmicos están limitados a tan solo 100 km/h, una norma que adapta la regulación a las emisiones reales del vehículo y que muestra cómo la política puede acompañar la transición. En ese contexto, noticias como el alineamiento entre Francia y Alemania para intentar prolongar la vida de los vehículos térmicos son simplemente absurdas: pronto, simplemente, nadie los va a querer. El resultado de las políticas de Donald Trump, por tanto, es un crecimiento global muy significativo de las ventas de vehículos eléctricos en todo el mundo, pero una reducción de opciones y una elevación de los costes para los ciudadanos estadounidenses: retirar ayudas y restringir la competencia es una forma de impedir que los eléctricos más asequibles puedan llegar a los compradores. Medidas que, en realidad, únicamente protegen la continuidad de unos motores de combustión claramente menos eficientes y favorecen los intereses de las industrias vinculadas al petróleo, mientras dejan a los consumidores mucho más expuestos a los vaivenes del precio de la gasolina. Es lo que tiene que las petroleras paguen una parte de tu campaña: que tienes claro que las sirves a ellas, no a los ciudadanos.Por otro lado, la EPA vincula la contaminación emitida por el transporte con efectos sobre el sistema respiratorio y con otro tipo de daños, y dado que los vehículos térmicos emiten una amplia gama de contaminantes vinculados al smog y a problemas de salud, el país no sólo arriesga su competitividad industrial y el hecho de que sus marcas de automoción se relacionen ya prácticamente sólo con vehículos térmicos anticuados, sino que además, sus consumidores terminen con menos opciones, vehículos más caros y una calidad del aire sensiblemente peor. Defender al consumidor no es dejarlo con coches más anticuados para un mundo que ya, claramente, está cambiando. Pero eso sí, tranquilos… en Estados Unidos, los coches vuelan (menuda soberana estupidez).