El 17 de octubre de 1946, Juan Domingo Perón condecoró al embajador de Estados Unidos, George Messersmith, con la medalla de la lealtad peronista. Hacía un año exactamente había sido liberado de prisión a pedido de una Plaza de Mayo repleta. En febrero de 1946 vencía en las elecciones a José Tamborini, radical de la Unión Democrática.La condecoración al embajador estadounidense puede parecer curiosa frente al conocido movimiento que se aferra a la narrativa “Braden o Perón”, que reduce la relación entre el peronismo y Washington a una consigna electoral.La fecha merece atención. En el primer aniversario de la movilización que había definido su destino político, Perón distinguía al representante de la potencia que había enfrentado durante la campaña: era el sucesor de Spruille Braden.Ochenta años después, una parte del peronismo conserva la consigna y descarta el acontecimiento. Esa selección de la memoria tiene consecuencias: convierte una circunstancia histórica en una prohibición ideológica permanente.Messersmith impulsó una política de acercamiento y desarrolló una relación de confianza con Perón. Carlos Escudé reconstruyó el recibimiento que tuvo al regresar a Buenos Aires en febrero de 1947: manifestaciones de simpatía, carteles favorables y un abrazo entre el presidente argentino y el diplomático estadounidense.La relación tenía contenido concreto. El 15 de octubre de 1946, dos días antes de aquella condecoración, Messersmith escribió a William Clayton, responsable de asuntos económicos del Departamento de Estado, para defender la venta de cuatro buques a la Armada argentina. El embajador reclamaba facilitar la operación y advertía que EEUU perdería posiciones frente a Gran Bretaña si no ampliaba su cooperación con la Armada y la aeronáutica argentinas. Incluso contemplaba retirar inicialmente el armamento de las embarcaciones para destrabar su entrega.Era una gestión sobre capacidades materiales de defensa. Messersmith trabajaba para abrir una relación que otros sectores de Washington mantenían bloqueada. El llamado pacto de caballeros había comprometido a EEUU y Gran Bretaña a restringir el suministro de armamentos a Argentina. Dentro de ese escenario, el embajador defendió el acercamiento.En febrero de 1947 informó a Washington que encontraba un gobierno argentino dispuesto a colaborar y favorable a un pacto de defensa continental. Esa documentación permite reconocer una historia bastante más compleja que la repetición interminable de “Braden o Perón”.Una consigna convertida en cárcelPerón distinguió entre confrontar con una intervención extranjera y mantener una enemistad perpetua con un país. Sus imitadores más dogmáticos perdieron esa capacidad. La consigna de 1946 tuvo una eficacia electoral extraordinaria. Convertirla en doctrina para el siglo XXI constituye una irresponsabilidad. Estados Unidos no puede quedar reducido a Braden, del mismo modo que la política argentina no puede seguir organizada alrededor de una campaña de hace 80 años.Perón murió hace 52 años. Invocar su nombre para impedir cualquier actualización implica atribuirle una inmovilidad que su propia trayectoria desmiente. Una dirigencia que exige fidelidad a una frase mientras oculta las decisiones posteriores de su fundador es una memoria mutilada. Y cuando esa mutilación bloquea inversiones, conocimiento, mercados o cooperación, se convierte en un daño nacional. El atraso político se mide por la incapacidad de comprender el presente. Hay dirigentes que conservan intactos los reflejos de la Guerra Fría y pretenden imponerlos a una sociedad que necesita producir, aprender y desarrollarse.Perón pensaba la evolución internacional como un tránsito desde las nacionalidades hacia el continentalismo y, finalmente, hacia el universalismo. Esa secuencia ofrece una herramienta para pensar la inserción argentina: una comunidad nacional organizada, capaz de integrarse regionalmente y participar del orden mundial.En esa prioridad de la fortaleza nacional existe un punto de encuentro con America First. Donald Trump coloca la producción, el trabajo, la energía y la seguridad en el centro de sus decisiones. Argentina Primero debe asumir la misma responsabilidad respecto de los argentinos. La relación doctrinaria relevante está en esa primacía del interés nacional.El continentalismo permite discutir una arquitectura americana de cooperación y seguridad. Desde la perspectiva estadounidense, la tradición de Monroe plantea la cuestión de la presencia de potencias extrarregionales. Desde Argentina, el desafío consiste en participar de esa conversación. El universalismo que anticipaba Perón obliga, a su vez, a pensar cómo ingresar en un mundo interdependiente sin disolver la Nación. Esa sigue siendo una pregunta vigente.El antiamericanismo automático impide formular esas preguntas. Sustituye el análisis por reflejos y convierte cualquier acercamiento a Washington en una sospecha de traición. La izquierda que pretende introducir una lectura comunista de la historia dentro del peronismo debe explicar por qué necesita borrar a Messersmith.Quienes comprenden la diferencia y aun así la ocultan actúan con deshonestidad intelectual. Quienes no la comprenden exhiben una incompetencia incompatible con la conducción nacional. Y quienes utilizan esos prejuicios para proteger intermediaciones, privilegios o negocios particulares subordinan la patria a su propia conveniencia. Ninguna de esas conductas puede presentarse como lealtad.Del desencuentro al encuentroEl liderazgo de Trump ofrece una oportunidad para discutir una alianza continental entre naciones que defiendan su producción, su seguridad y su libertad. En Argentina, la actividad diplomática de Peter Lamelas abre espacios para convertir esa orientación en relaciones concretas. El desafío consiste en vincular capital y tecnología con desarrollo nacional. La cooperación con Estados Unidos y con democracias tecnológicas como Taiwán debe servir para fortalecer capacidades argentinas y reducir dependencias estratégicas.El peronismo tiene que elegir entre intervenir en esa construcción o seguir custodiando un desencuentro que el propio Perón procuró superar. La condecoración de 1946 vuelve esa elección incómoda para los administradores del prejuicio. La lealtad a una tradición política exige comprender sus decisiones y asumir las responsabilidades del presente. Perón pudo abrazar a Messersmith; sus herederos deberían ser capaces de comprender por qué.Argentina necesita el camino del encuentro. Quienes prefieran perpetuar el desencuentro deberán explicar qué interés defienden y quién paga sus consecuencias. Es hora de un abrazo político entre el legado de Perón y el patriotismo de Trump para volver a construir “Una Argentina Grande de Nuevo”.Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOTags relacionadosOpinión