El éxito de Irene Montero y Gabriel Rufián

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'El boletín del director' es una carta semanal de Ignacio Escolar exclusiva para socios y socias de elDiario.es. Si tú también lo quieres leer y recibir cada sábado en tu buzón, hazte socio o socia Te imagino al tanto de las últimas noticias. No habrá acuerdo entre el Frente Amplio y Podemos. Sí hay pacto entre el PSOE y el Frente Amplio para el Senado.  Entre el Frente Amplio y las confluencias de Canarias y la Comunitat Valenciana suman 15 partidos distintos. El decimosexto se ha quedado fuera. Ha sido más fácil para todos ellos pactar con el PSOE que con Podemos. ------------------- “Yo planteé un proyecto y ese proyecto ha fracasado”, dijo el viernes Gabriel Rufián. “He fracasado”, insistió. También pidió “disculpas a la ciudadanía por el espectáculo dantesco” y confesó: “Me he planteado irme”. No lo hará, aclaró, porque “sería decepcionar a mucha más gente”. Dice que se queda “por responsabilidad”. Es un fracaso muy peculiar. Porque todo lo ocurrido, al mismo tiempo, supone un éxito para el propio Rufián. Por tres motivos. Primero, porque ha reforzado su posición dentro de ERC. Rufián tenía muy mala relación personal con la mitad de los diputados de Esquerra en el Congreso, con quienes apenas se hablaba. La posibilidad de liderar a la izquierda –que aumentó su tirón electoral– le ha dado más fuerza para negociar con Oriol Junqueras un equipo más afín. El resultado: en la nueva lista de ERC al Congreso no repetirán Francesc-Marc Álvaro, Pilar Vallugera ni Jordi Salvador, tres de los diputados con los que peor relación tenía. Segundo, porque Rufián se lleva los votos de Podemos en Catalunya. No eran muchos, pero tampoco irrelevantes: en las últimas europeas, la candidatura de Irene Montero obtuvo 94.000 votos en la provincia de Barcelona. Una cifra que puede inclinar la competición entre ERC y el Frente Amplio en estas generales. En las anteriores, Sumar –con Podemos dentro– superó a ERC en Barcelona por 77.000 votos. Tercero, porque este desenlace deja muy tocados a los Comuns, uno de los principales competidores de ERC.  Rufián planteaba que la izquierda española y la izquierda soberanista debían confluir en el partido más votado de cada circunscripción. Pero su propuesta encerraba una evidente contradicción: en Barcelona, la fuerza más votada a la izquierda del PSOE en 2023 fue Sumar, no ERC. Pese a ello, encontró más respaldo y generosidad entre dirigentes de los Comuns –como Ada Colau y Gerardo Pisarello– que en la dirección de ERC, que siempre se cerró en banda a este acuerdo. Junqueras solo aceptaba la fórmula con la que finalmente ha transigido Podemos: incorporar a la lista electoral a alguna persona como independiente, con un perfil lo menos conocido posible y en un puesto sin el escaño asegurado. Podemos se lleva el sexto por Barcelona, donde ERC tiene ahora cuatro diputados. Para Esquerra es un regalo. Para Rufián también. Así que no, Rufián no ha fracasado en estos tres frentes: el interno, el electoral y el de la competencia. En los tres sale ganando. El final del culebrón le ha dejado buenas cartas, aunque tampoco creo que esta carambola fuera su plan. Estoy seguro de que habría preferido otro final. No miente cuando dice que lo vive como un fracaso. Honestamente, creo que Gabriel Rufián sí quería unir a la izquierda. Habría preferido una lista conjunta en Catalunya, como las que sí se han logrado en la Comunitat Valenciana o en Canarias sin tantos reproches ni alharacas. No dudo de que su intención fuera buena. Pero las buenas intenciones no siempre bastan. En su ya larga carrera política, Rufián ha demostrado dos cosas: un olfato privilegiado para la táctica, una enorme ceguera estratégica. Es el mejor en las redes sociales, quien primero entendió el lenguaje de los jóvenes, el de los zascas y los memes. Sabe captar la atención y leer la pulsión de su gente. Al mismo tiempo, esa habilidad insuperable para subirse a las olas y acertar con los tuits más afilados, en ocasiones, le conduce al desastre. Es lo que pasó con sus famosas “155 monedas de plata”, que cambiaron para siempre –y para mal– la historia de Catalunya y de España. El mejor en la táctica, el peor en la estrategia. Como demostró con su oposición a la reforma laboral porque no le interesaba que Yolanda Díaz tuviera esa victoria –¡menos mal que Alberto Casero salvó a dos millones de trabajadores en precario que hoy tienen contratos indefinidos!–. O como ha vuelto a demostrar esta semana, con ese pacto entre ERC y Podemos que ha acabado siendo determinante en la ruptura definitiva de la izquierda.  No hubo maldad, sí algo de narcisismo. Rufián sobreestimó su poder, su capacidad de arrastre. Pensó que su tirón electoral era tan grande que podría mover el centro de gravedad de todos los partidos, incluido el suyo. El preferido de todas las encuestas estaba plenamente convencido de que esa firma entre ERC y Podemos forzaría al resto a entenderse. Rufián pensaba –así se lo transmitió a otros líderes de la izquierda– que ese pacto sería solo el primero, el que provocaría el acuerdo mayor y definitivo. Hoy es evidente que estaba equivocado.  Dos no pactan si uno no quiere. Y Podemos no ha querido. El pacto con Rufián remaba, pero en la dirección equivocada: era un incentivo para que no se llegara a un acuerdo, como finalmente pasó.  Alargaría mucho esta carta explicar todos los motivos por los que Podemos no quería pactar, y tampoco creo que toda la culpa sea de este partido: vetar a Irene Montero en las listas de 2023 dejó una herida muy profunda. Podemos mira a todo ese espacio, salvo IU, como una escisión. Son sus antiguos cuadros, y entre unos y otros se acumula una cuenta de agravios, personales y políticos, imposible de saldar. Al mismo tiempo, Podemos no asume que ya no tiene la fuerza que tuvo. Tampoco habría sido muy coherente llamar “cómplices del genocidio” en Gaza a tus antiguos compañeros de coalición, como hizo Ione Belarra, y después acordar con ellos unas listas conjuntas. Las primarias, obviamente, siempre fueron una excusa: ¿qué primarias se han celebrado con Rufián? ¿O en Canarias? ¿O en la Comunitat Valenciana? El viernes por la mañana, la coordinadora de Podem en Catalunya se lamentaba de enterarse por la prensa de quién iría de su partido en la lista de ERC cuando ni siquiera se conocía el resultado de las primarias en su autonomía.  Dos no pactan si uno no quiere. Y la dirección de Podemos no ha querido, a pesar de las numerosas ofertas que ha recibido. La última de todas ellas, pública y a la desesperada, les garantizaba puestos de salida en Madrid y Barcelona, además de una portavocía. En la práctica era el número dos de Madrid para Irene Montero, como también desveló Emilio Delgado. Pese a ello, Podemos nunca quiso pactar con el Frente Amplio ni en Madrid ni en Catalunya. Y eso que allí le ofrecían un puesto más seguro que el que le dará ERC. Solo habrá confluencia en Canarias y en la Comunitat Valenciana. En Extremadura, Murcia, Castilla-La Mancha y Cantabria las negociaciones regionales estaban bastante avanzadas, y en el resto de autonomías, salvo Madrid y Catalunya, el acuerdo habría sido posible. El principal escollo, el que llevó a Izquierda Unida a levantarse de la mesa, fue que Podemos quería una coalición solo con IU: en el reparto de recursos y en las listas. Fuera todo lo que oliera a Sumar o al antiguo Más País. Y, por supuesto, ni rastro de las palabras “Frente Amplio” en ninguna papeleta. Izquierda Unida se negó, aunque en algunos territorios, especialmente en Andalucía, le saldrá muy caro. No es verdad, como argumenta Podemos, que en las provincias más grandes no pase nada por ir separados. La división tiene un coste político: los mensajes cruzan las fronteras provinciales y resulta difícil explicar por qué atacas en Madrid a quienes son tus aliados en Valencia. Y también puede tener un coste directo en escaños. En 2023, Sumar consiguió en Madrid 550.000 votos y seis diputados. El último entró por apenas 9.000 votos. Con esos mismos 550.000 votantes, en dos listas, lo más probable es que solo sumen cinco escaños.  Pero si la división es mala en Madrid, ni te cuento en las Castillas, en Aragón, en Extremadura… El único consuelo está en la sabiduría de los votantes, que históricamente se han coordinado incluso mejor que los partidos a la hora de no tirar sus votos a la basura.  “Yo planteé un proyecto y ese proyecto ha fracasado”, dijo Rufián. Irene Montero no dirá nada parecido. Porque Podemos también tenía un proyecto: ir solos, aunque solo compitieran por Madrid, para así garantizar la autonomía y la continuidad de su partido. Al menos la primera parte ya la ha conseguido.