¿Hasta qué punto un proyecto político depende de la capacidad de una sola persona para seducir y movilizar al votante? En un escenario de alta polarización, las elecciones del 29 de noviembre están marcadas por los hiperliderazgos: candidatos tanto de izquierdas como de derechas, con una larga trayectoria pública y una elevada notoriedad. Más que entre programas electorales o incluso entre siglas, la contienda se plantea entre dirigentes con una fuerte ascendencia sobre sus partidos, cada vez más dependientes de sus figuras principales y con mayores dificultades para encontrarles relevo. ¿Hasta qué punto estos personalismos pueden convertirse en un arma de doble filo?Seguir leyendo....