Creo que nadie más se dio cuenta del detalle. A menudo miramos sin mirar, creyendo que sabemos de antemano lo que vemos. Y entonces nos perdemos lo esencial, suceden cosas delante de nuestros ojos que no registramos. Nos metemos en el cerebro algo prefabricado: «elpapaenespañaconlasmultitudes». Si recordamos el viaje de León XIV a España se nos vienen millones de personas en las calles, el encuentro con los Reyes y los artistas, esas palabras de Antonio Banderas, los aplausos en el Parlamento, la inauguración de la última torre de la Sagrada Familia. Yo, sin embargo, me quedé clavada en un instante preciso, que me dejó helado el cuerpo y caliente el corazón, por eso escribí este artículo. El viaje del papa a España fue un antes y un después. Un país desunido y desmoralizado experimentó que la esperanza es posible. Reconocimos un bien común. Comprobamos que todos buscamos el sentido de las cosas. Es bueno no olvidarlo. «Temor y temblor» son palabras adecuadas para el amor máximo. Cuando Moisés comprende que se halla ante Dios, se descalza, se «quita las sandalias» en señal de reverencia, porque ver a Dios impone. Creo que fue el cardenal Stanislaw Dziwisz quien relató que una Navidad «perdió» al papa Wojtyla por los palacios pontificios y, tras buscarlo, lo descubrió en su capilla personal arrullando una talla del Niño Jesús y susurrándole nanas, las que había aprendido de su madre, tan tempranamente muerta. Cuando dos aman, no hace falta mucho más. Recuerdo ver rezar a Karol Wojtyla y tragar saliva. Aquel hombre se sepultaba dentro de sí. Se reconcentraba en algún punto del universo, muy hondo, y el universo desaparecía y se gozaban ellos y los demás mirábamos, envidiosos y atónitos. Cada vez que se arrodillaba se repetía el fenómeno irrepetible. ¿Qué ocurría ahí dentro? Nunca lo sabremos, aunque diésemos la vida por saberlo, porque el amor es así de exclusivo. Cada vez me interesa más el silencio. La gente que calla porque le queda mucho por aprender. Que no se devana la lengua para explicártelo todo, especialmente lo que no deseas que te expliquen. (Tuve un amigo sabio que solía recordarme que no hay respuestas a preguntas no planteadas). Cada vez me interesa más la soledad, ese venero de fluidos feraces. ¿Cómo es posible estar perfectamente a solas en mitad de un millón de personas? Ayer vi a un hombre en completa soledad delante de su Dios, un hombre aislado en medio de la multitud de la Plaza de Cibeles, un silencio perfecto entre ambos. El espectáculo de ver al papa León vencido delante de la Hostia Santa jamás se me va a olvidar. Un palio, un hombre quieto y su Dios. Nada más alrededor. «Qué bien sé yo la fonte que mana y corre aunque es de noche». La gente desapareció, la multitud se deshizo como leche en agua. Y avanzaron ambos, frente a frente, sumergidos, perfectamente uno. Cosas del amor.