Uno de los mayores problemas de los trasplantes no es únicamente encontrar un órgano compatible, sino conseguir que llegue al paciente antes de que deje de ser viable. Una nueva investigación podría ayudar a cambiar esta situación: un equipo de científicos ha logrado conservar riñones de cerdo a temperaturas de -150 grados Celsius durante meses y recuperar su actividad después de todo ese tiempo. Uno de los órganos permaneció congelado un año y, tras ser "recalentado", volvió a producir orina.El resultado supone un avance importante en el desarrollo de técnicas para almacenar órganos a largo plazo. Aunque los experimentos todavía no demuestran que los riñones puedan mantener con normalidad todas sus funciones durante periodos prolongados, sí indican que es posible superar algunas de las barreras que hasta ahora dificultaban la conservación de órganos completos a temperaturas extremadamente bajas.La investigación ha sido realizada por especialistas de la Universidad de Minnesota, en Estados Unidos, y sus resultados se han publicado en bioRxiv, donde se publican estudios científicos antes de su evaluación por expertos independientes. Por tanto, debe interpretarse con cautela, ya que tendrá que ser confirmada mediante nuevas investigaciones.El problema de conservar un órgano fuera del cuerpo El riñón de un cerdo adulto puede medir hasta 12,5 centímetros de largoEn la actualidad, los órganos destinados a trasplantes deben llegar a sus receptores en un intervalo relativamente corto. En el caso de los riñones humanos, los métodos habituales de conservación suelen ofrecer entre 24 y 36 horas para completar el proceso. Esta limitación complica la coordinación entre hospitales, reduce las posibilidades de encontrar al receptor más adecuado y puede impedir que un órgano llegue a utilizarse.Alargar ese plazo tendría consecuencias importantes. Los centros sanitarios podrían mantener órganos disponibles durante semanas, meses, incluso años, en lugar de depender de las circunstancias concretas de cada donación. También sería posible organizar mejor los trasplantes y disponer de reservas para situaciones de emergencia.La idea es convertir los órganos en recursos que puedan almacenarse hasta que exista un receptor adecuado. No obstante, para hacerla realidad no basta con congelarlos: es necesario evitar que el frío destruya sus células y garantizar que recuperen su actividad cuando vuelvan a una temperatura compatible con la vida.Aquí es donde entra en juego la vitrificación, una técnica que transforma los tejidos en un estado sólido similar al vidrio sin permitir que se formen cristales de hielo. Estos cristales pueden perforar las estructuras celulares y causar daños irreversibles. Aunque la vitrificación ya se emplea para conservar células reproductivas y embriones, aplicarla a órganos enteros presenta dificultades mucho mayores.Un sistema para recalentar el riñón desde su interiorEl equipo dirigido por el cirujano Erik Finger y el bioingeniero John Bischof ha desarrollado un procedimiento que combina sustancias crioprotectoras con nanopartículas de óxido de hierro. Los crioprotectores ayudan a evitar la formación de hielo, mientras que las nanopartículas permiten recuperar la temperatura del órgano mediante un campo electromagnético.Al aplicar radiofrecuencia, las partículas generan calor distribuido por el tejido. De esta manera, los investigadores pueden controlar el "recalentamiento" y reducir las diferencias de temperatura entre las zonas internas y externas del riñón. Esto es muy importante: un calentamiento desigual puede provocar daños estructurales incluso cuando el órgano ha sobrevivido al enfriamiento.El procedimiento requiere una preparación minuciosa. Primero se elimina la sangre del riñón y se introducen progresivamente las sustancias protectoras para que alcancen el tejido. Después, se incorporan las nanopartículas y comienza el enfriamiento con vapor de nitrógeno. Una vez que el órgano alcanza un estado vitrificado, se reduce su temperatura hasta unos -150 grados Celsius para almacenarlo. Así consiguieron que el riñón de un cerdo funcionara normalmente en un trasplanteLos investigadores ya habían probado una versión de esta técnica con riñones de rata, que consiguieron conservar hasta 100 días antes de transplantarlos. El nuevo estudio aborda un reto mucho mayor: los riñones de cerdo pesan alrededor de 100 gramos, frente al gramo aproximado de los de rata, y tienen unas dimensiones comparables a las de los órganos humanos.Adaptar el método exigió modificar la mezcla de crioprotectores para conseguir una protección adecuada sin aumentar excesivamente la toxicidad. Tras varios años de trabajo, el equipo logró conservar los riñones de cerdo durante periodos que, en algunos casos, superaron el año.Recuperar la función no significa haber resuelto el problema Para comprobar si los órganos seguían siendo viables, los científicos los recalentaron, eliminaron las sustancias utilizadas durante la conservación y evaluaron su funcionamiento. Algunos riñones se conectaron a máquinas de perfusión, que hacen circular líquidos por el tejido y permiten estudiar su estado fuera del organismo. Otros se trasplantaron a cerdos para observar su comportamiento durante dos horas.Los resultados mostraron señales de recuperación. Los riñones adquirieron de nuevo un color rosado, indicativo de la recuperación del flujo sanguíneo, y comenzaron a producir orina poco después del recalentamiento. El órgano que había permanecido almacenado durante algo más de un año también produjo orina al ser evaluado en una máquina de perfusión.No obstante, la cantidad producida fue aproximadamente dos tercios de la esperada en condiciones normales. Además, los órganos presentaban signos de lesión, posiblemente relacionados con los productos químicos empleados para protegerlos del frío.Próximamente, los investigadores intentarán reducir la toxicidad de los crioprotectores y comprobarán si los órganos pueden funcionar de manera estable después del trasplante. Solo entonces podrá evaluarse su posible aplicación en humanos.Por ahora, el avance no significa que existan riñones de humanos preparados para permanecer congelados durante años, pero sí demuestra que la conservación prolongada de órganos está más cerca de convertirse en una posibilidad real.