Lena Dunham, la voz de la generación milenial se confiesa (y vuelve a 'Girls')

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Para quien no la conozca, Lena Dunham es creadora, productora, directora, guionista, escritora y actriz. También quisquillosa, observadora, neurótica y cínica. Torpe y dependiente. Graciosa. Acomplejada e incontenible. Experta sobre todas las cosas en convertir el patetismo de su vida en arte sublime... y afilado. Lo hizo en la película 'Tiny Furniture', rodada en 18 días en el loft de sus padres, con su madre y hermano de protagonistas, donde se desnuda y llora en la ducha del baño familiar, vomita las vejaciones sexuales de una relación tóxica y, de paso, reclama su sitio en Hollywood. Triunfó en el festival South by Southwest y la industria se fijó en ella. En HBO la vieron y la llamaron a filas. Le pidieron una idea y luego más, la apadrinó Judd Apatow y surgió la serie 'Girls', el reverso desaliñado de la fantasía aspiracional de Carrie Bradshaw y compañía, que se tradujo en el fenómeno que convirtió su voz, única, en «una voz de una generación», la de los milenials. También en el origen de sus éxitos, en el principio de su gran crisis existencial, que siempre había estado ahí pero que estalló del todo cuando triunfó. «No empecé en esto buscando ser una celebridad. Estoy aquí por impulso casi inagotable de autoexpresión que se manifiesta como una adicción al trabajo», justifica en 'Famesick', sus segundas memorias en poco más de una década, que se acaban de publicar en España. En el libro, Lena Dunham revela los entresijos de la serie de HBO, que volverá con una única nueva temporada y sus protagonistas en otra crisis, esta vez la de los 40. No regresará Adam Driver, «todo orejas, nariz y patizambo» y una de las personas con las que Dunham ajusta cuentas en 'Famesick', repleto de detalles sobre problemas del rodaje, peleas entre el reparto (Zosia Mamet y Jemima Kirke, dos de las protagonistas, se fueron a vivir juntas y terminaron mal porque a la segunda, casada y con hijos, le ofendió que la primera empezara una relación con un hombre al que se «había pedido primero»), traiciones de directivas como Jenni Konner, supervisora de la ficción que llegó a pedirle que ganara peso porque la veía demasiado delgada para el papel, y los desórdenes y enfermedades que derivaron de todo eso por resistir, aguantar y seguir en el trabajo de su vida. El libro funciona como un detrás de las cámaras de 'Girls'. Revela que en la prueba de casting de Driver para su personaje, inspirado en un antiguo amante que la amordazó con sus propias medias, el actor le mordió el hombro, el primer indicio de cómo sería su relación, tensa casi siempre y dulce a ratos, con escupitajos, portazos, puñetazos en paredes y sillas volando en un plató en el que grabaron escenas de sexo «primitivas y confusas» y donde se inició un conato de romance en la vida real que la propia Dunham frenó en la puerta de su piso. O eso dice. Driver, muy reservado, se ha limitado a bromear con que se guarda las respuestas para su libro. Pone nombre a las actrices que audicionaron para 'Girls': Elizabeth Olsen, Dakota Johnson, Cristin Milioti, Amy Schumer, e incluso Allison Mack (de 'Smallville'), que la invitó a un «grupo íntimo de mujeres» que resultó ser una secta: «Bala esquivada, gracias a Dios», admite en el libro. También que recibió un consejo de Noah Baumbach que no le sirvió de mucho («No tienes por qué escuchar a nadie»), y que se hizo una fotografía, llorando, con el cheque de 60.000 dólares que HBO le extendió para que grabara el episodio piloto. A la compañía que dio luz verde a 'Los Soprano' la convenció con un discurso improvisado: «'Sexo en Nueva York' iba sobre ser mujer en Nueva York, una mujer ya afincada y en busca del amor. Pero ¿qué pasa con la fase previa, cuando ni siquiera tienes la experiencia suficiente para saber lo que estás buscando? El Nueva York que yo conozco no es glamuroso. Nosotras nos hemos graduado durante una recesión. Somos la primera generación para la que no es razonable esperar conseguir más que sus padres. Nos criamos a base de Ritalin y de Messenger. Nuestra vida sexual está marcada por la omnipresencia del oprno, y somos feministas que no sabemos cómo vivir de acuerdo con nuestra ideología. Yo lo que quiero es ver a mis amigas en la tele». Y lo hizo. Apenas sobrepasaba los veinte y ya empezó a alimentar su propio mito, bromeando en entrevistas con que había escrito en la servilleta de un cóctel la primera página conceptual que le encargaron para definir lo que iba a ser 'Girls', una mentira calculada para abonar la narrativa del genio accidental. En realidad, la redactó en el portátil de su hermano. Lena Dunham no necesitaba un relato. Criada en Tribeca, hizo sus primeros pinitos en el circuito mumblecore enfrentándose a los hermanos Safdie en el festival indie paralelo a Sundance, se pegó a su colectivo después para contagiarse de su talento, compartió piso y cama con Ti West y llegó a prestarle su primer piso a Greta Gerwig para que rodara la escena final de 'Frances Ha'. Pero siguió usando su propia vida como cantera inspiracional, convirtiendo la frontera entre la realidad y la ficción en una masa porosa... e inestable. Incapaz de guardar secretos, lo cuenta todo (todo lo que le interesa), en 'Famesick', donde desgrana los rincones más turbios de ese estrellato que le sobrevino a los 25 años. Como la cena de negocios en Brentwood con un veterano director de cine a quien idolatraba de pequeña que intentó besarla en el asiento delantero de su Mercedes, haciendo que ella saltara del coche y terminara acurrucada como un bicho bola en la acera. O la venganza contra su expareja Jack Antonoff, de cuya infidelidad se enteró por un Power Point viral en el que una joven estrella del pop la llamaba «Tía Lena» en una época en la que, por su enfermedad, caminaba apoyada en un andador. Vivió lo mejor de la profesión, pero también su cara B, pagando un peaje físico y mental. Tras diez años en el ojo del huracán, descubrió que a nadie le da pena una famosa: «Se considera un privilegio que tú misma te has creado: es culpa tuya y, además, es algo bueno», reconoce. Sepultada por las críticas a su privilegio, el dolor crónico de la endometriosis y el diagnóstico del síndrome de Ehlers-Danlos, Dunham cayó en una espiral tóxica de deterioro emocional y adicción a los fármacos. Ingresó en un centro de rehabilitación. Allí, por fin, se permitió parar, purgar esa «enfermedad de la fama» que la distanció de amigos de siempre, de su familia, incluso de sí misma. Lena Dunham ya ni siquiera era Lena Dunham. «Había escuchado mi nombre completo tantas veces, y en tantos contextos desconcertantes, que había dejado de ser mío. Le pertenecía al mundo, a cualquiera que lo dijese, y se había visto pervertido hasta significar algo muy concreto y no del todo agradable», confiesa en 'Famesick'. Ahora, tras sobrevivir a la adicción, a las dolencias y al escrutinio, plena de contradicciones pero en otra etapa de su vida, se reconcilia consigo misma y resucita de las cenizas de su propio éxito con ganas de más. De otra dosis.