Un equipo de la EPFL, la Escuela Politécnica Federal de Lausana, ha hecho volar dos microvehículos que pesan 150 y 184 microgramos y no llevan absolutamente nada dentro: ni motor, ni batería, ni cables, ni electrónica. Son piezas de polímero huecas, impresas de una sola vez, que despegan cuando se las somete a ultrasonidos. El trabajo se publicó en agosto en Science Advances y lo ha recuperado estos días Microsiervos.La letra pequeña está en el otro lado: debajo hay un array de 256 transductores generando el campo acústico. El motor no ha desaparecido, se ha movido fuera del aparato.¿Cómo empuja el sonido a un objeto?No es levitación acústica, aunque lo parezca y muchos lo cuenten así. Los autores lo descartan expresamente: esferas del mismo material no levitan en ese mismo campo.Lo que funciona es la resonancia de Helmholtz, el fenómeno que hace sonar una botella cuando soplas por el cuello. Cada pieza lleva una cavidad hueca con un cuello estrecho: el aire del cuello oscila con el sonido y, como entra y sale de forma asimétrica, genera un chorro de aire direccional. Ese chorro empuja.La elegancia del hallazgo está en que escala. El mismo principio funciona desde piezas de centímetros, que resuenan a 200 hercios, hasta piezas de micras que responden a 40 kilohercios, fuera del alcance del oído humano. El empuje crece de forma casi perfectamente lineal con el volumen de la cavidad.¿Qué han conseguido volar exactamente?Dos microvoladores, ambos impresos en una sola pieza mediante nanoimpresión:Uno de 150 microgramos con tres microrresonadores que generan empuje vertical, con una relación empuje/peso de 4,9. Es inestable: a veces se da la vuelta en vuelo.Otro de 184 microgramos con forma de rotor, que gira a unas 13.000 revoluciones por minuto en el pico y se estabiliza solo, como una peonza.Vuelan dentro del foco del array, situado a tres centímetros de su superficie. El primero alcanza un máximo de unos 12 milímetros de altura y se estabiliza en torno a los 7. En el rotor, subir el voltaje del array sube la altura de equilibrio, pero la velocidad de giro se mantiene casi constante, en unas 6.500 revoluciones por minuto.El contraste con la alternativa habitual es notable: los voladores magnéticos de tamaño similar pesan, según los autores, tres órdenes de magnitud más.¿Y lo de navegar cambiando la frecuencia?Esa es la otra mitad del trabajo, y es la más vistosa. Construyeron pequeños barcos de escala centimétrica, unos cinco centímetros según Live Science, con hasta tres cavidades sintonizadas a frecuencias distintas: a 1,2 kilohercios avanzan, a 1,8 giran en un sentido y a 2,4 en el otro. Cambiando la nota que suena, se cambia la maniobra, sin ningún componente móvil.Navegaron una trayectoria en forma de infinito con un error medio de seguimiento de 5,7 milímetros y un máximo de 17,4. En la versión con electrónica a bordo, los autores soplaron aire y empujaron el barco: se desviaba, pero podían reorientarlo por telemando y completar el recorrido. Los autores proponen incluso tareas de ensamblaje: dos barcos con piezas complementarias que encajan entre sí.Aquí conviene una precisión que Microsiervos no hace: el trabajo incluye también un barco autónomo que sí lleva batería, placa y un microcontrolador Arduino, con dos transductores de contacto pegados directamente a los resonadores. En esa versión el sonido sustituye al motor, no a la batería.¿Para qué sirve esto?De momento, para nada fuera del laboratorio, y los autores son claros con los límites. El principal: el sistema «depende de la potencia y la precisión del hardware externo» y el espacio de trabajo queda limitado por el equipo de actuación y de imagen. Sin el array debajo, no hay vuelo.Otras limitaciones que reconocen:El array opera a una sola frecuencia, lo que impide controlar la dirección en vuelo.Miniaturizar más tiene un tope físico: por debajo de cierto tamaño, la viscosidad del aire domina y el empuje se desploma.Hacerlo autónomo exige meter transductores, alimentación y sensores sin superar la sustentación, y eso son «desafíos prácticos sustanciales».Las aplicaciones que plantean son prospectivas: micromáquinas sin motores ni materiales magnéticos, y superficies con resonadores integrados que se muevan, doblen o vibren según la frecuencia que reciban. «Nuestro trabajo demuestra la viabilidad de transformar una pieza mecánica simple, diseñada con ingenio, en materia robótica», resume Mahmut Selman Sakar, responsable del laboratorio MICROBS de la EPFL, en la nota de la institución. El primer autor, el doctorando Junsun Hwang, añade que el concepto «es compatible con una miniaturización todavía mayor».Mi lectura es que el titular fácil, el de los drones que vuelan con sonido, se queda corto y a la vez promete de más. Promete de más porque sugiere autonomía donde hay dependencia total de un equipo de laboratorio. Y se queda corto porque lo verdaderamente interesante no son los drones, sino el principio: un actuador inalámbrico que no necesita imanes, ni electrónica, ni materiales especiales, y que funciona igual en piezas de centímetros y de micras. Eso abre la puerta a mover cosas minúsculas dentro de entornos donde no cabe un motor, y es ahí, y no en el vuelo libre, donde este trabajo puede acabar importando. Encaja con otras líneas que ya hemos contado, como la pinza robótica que sujeta objetos sin tocarlos, también con ultrasonidos, o los sensores para robots voladores del tamaño de un mosquito, que chocan justo con el problema que este enfoque esquiva: el peso de la electrónica a bordo. Lo mismo que buscaban los robots capaces de caminar y volar, pero por otro camino.La noticia Minidrones que despegan con sonido: sin motor, sin batería y sin electrónica, pero con 256 transductores debajo fue publicada originalmente en Wwwhatsnew.com por Natalia Polo.