Roma.- En medio de una Iglesia aún sacudida por la revelación de la grave dolencia papal concluían esta semana en la Pontificia Universidad Gregoriana días de trabajo con vistas a plasmar en acción el pensamiento de León XIV sobre la influencia de la inteligencia artificial en el futuro de la humanidad.El foco fue puesto esencialmente en la preservación de la dignidad humana y en el impacto de la IA sobre los medios de comunicación como instituciones indispensables para el funcionamiento de la vida democrática en el mundo.Luis Antonio Tagle, el cardenal filipino considerado en su tiempo un firme candidato a suceder en 2013 al renunciante Benedicto XVI y en 2025 a Bergoglio, asumió el viernes por la noche las funciones que permitan conferir continuidad al calendario institucional de la Iglesia en ausencia temporal del Pontífice. El jueves último sus pares designaron a Tagle decano del Colegio Cardenalicio.Los partes médicos han informado sobre la evolución favorable del paciente después de la operación delicada a que fue sometido, mientras proseguían ayer los arreglos para el viaje previsto a Uruguay, Argentina y Perú desde el 6 de noviembre. Quedan por delante unos veinte días. Pero figuras gravitantes en el Vaticano han dicho por vía privada que “ningún amigo verdadero del Papa desea realmente que haga por ahora un viaje en exceso demandante a fin de evitar riesgos y tensiones cuando en realidad necesita reposo y recuperación”.La sede, en Piazza della Pilotta, de la casa de estudios fundada por San Ignacio de Loyola en 1551 como Colegio Romano, cinco años antes de su muerte, fue abierta por el padre Francesco Occhetta S.J para entrar en aquel debate por la puerta que León XIV abrió en su encíclica Manifesta Humanitas. Ya en 2024 el papa Bergoglio se había expresado en esa misma línea de advertencia de los peligros de una tecnología que prescinda de la dirección humana en la reunión realizada en Italia por los líderes mundiales congregados en el G7.Occhetta es secretario general de la Fundación Fratelli Tutti, abogado, catedrático en Teología Moral y especialista en derechos humanos que fue por años redactor de La Civiltà Cattolica.Un pequeño grupo de representantes de medios argentinos participó del primer encuentro convocado formalmente por este sacerdote jesuita para hablar sobre la “Deontología del periodismo y la verdad pública y publicada en los tiempos de la IA”. Que la Santa Sede respaldaba la iniciativa lo indicó el hecho de que Paolo Ruffini, prefetto del Dicasterio para la Comunicación, conocido por su reticencia a aparecer en primeros planos -y en tren ahora de retiro, pues tiene sucesora designada- habló en la jornada inaugural, y participó con su mujer de las conversaciones que por la noche se prolongarían en una célebre trattoría romana, Dal Bolognese, en la Piazza del Popolo.Cuando llegó el momento de la despedida, al cabo de estos primeros encuentros, quedó la sensación de que la Iglesia aspira a retener, al menos por vías como esta, el papel relevante que asumió de entrada en lo que se revela como el tema más apremiante de la contemporaneidad.En principio, ha habido consenso en que el padre Occhetta reciba de parte del periodismo los elementos de juicio que desde su perspectiva conciernen a los logros maravillosos de la IA, pero también a sus peligros de orden global y, en particular, a los daños que infiere a la actividad profesional de informar con profesionalidad y manera confiable.Después se reflexionaría sobre una carta que redactaría Ochetta, resumiendo la situación que hoy media en la relación entre la IA, el periodismo y los colosos de la tecnología. Lo haría con vistas a invitar a las partes a un debate que eche más luz sobre la gran cuestión e involucre a congresistas, parlamentarios, jueces y académicos. El objetivo final sería promover las contribuciones pendientes de unos y de otros en un servicio al interés público mundial y aptas para armonizar sin más dilaciones los intereses sectoriales que están en juego.Desde mi perspectiva personal, el contexto en que se halla inserto el tema que tanto interesa a la Iglesia y al periodismo ha tenido escalas históricas y consecuencias que desarrollé en las líneas que siguen, y ya están en manos del padre Ochetta.El ecosistema periodístico que se conoció de forma crecientemente sofisticada desde los primeros periódicos, hacia fines del siglo XVII, ha volado por los aires. Si hubiéramos opuesto resistencia nada de bueno habríamos conseguido para el oficio periodístico y las empresas en que se vertebra.Desde la revolución de las comunicaciones de fines del siglo XX el periodismo profesional ha debido readecuarse una y otra vez ante los retos de las nuevas tecnologías, cuyos logros asombrosos se perfeccionan día a día. Se ha producido en treinta años una transformación extraordinaria al que una inmensa constelación de medios tradicionales aportó las propias experiencias y conocimientos.Cientos, miles de diarios, revistas y periódicos han quedado al costado del camino en tan breve trayecto. Han sido doblegados por las exigencias de una revolución que no cesa en plantear novedades; otros, llegan hasta aquí con circulación de ejemplares en papel que son apenas una sombra de lo que fueron en los ya viejos tiempos y alcanzan, sin embargo, en la suma de todas las plataformas utilizadas -las nuevas más las antiguas- audiencias de una magnitud que nunca hubieran imaginado.El ejemplo de mayor destreza en el mundo para aunar la tradición periodística con los beneficios de una de las revoluciones más radicales en la historia de la humanidad es The New York Times, que llega a contar hoy con 13 millones de suscriptores. En escala manifiestamente más reducida, pero proporcional a sus antecedentes en 156 años de existencia, LA NACION se halla a punto de alcanzar las 370.000 suscripciones pagas, más de lo que nunca lograron sus ediciones semanales en papel.Es aquella una cifra para celebrar, sin ignorar que es todavía insuficiente por sí misma para asegurar el sustento vigoroso de la empresa editora a mediano plazo. Las suscripciones constituyen, junto con la publicidad, las dos vías clásicas de ingresos legítimos de los medios de comunicación. Ambas están en una encrucijada que demanda ganar batallas en el futuro inmediato.Los problemas de orden económico no se agotan en ese punto. Cada suscripción a una plataforma digital aporta ingresos incomparablemente menores de los que allegaba el precio de tapa de los diarios de papel. En medio de esta situación los medios de comunicación han mantenido sus servicios periodísticos como el corazón del negocio, aunque deslizándose más y más, en defensa de su subsistencia, hacia las estribaciones de lo que era en el pasado el centro casi único de sus esfuerzos, preocupaciones e intereses. Lo que llamamos el core de la industria.Unos participan en esas estribaciones, más o menos alejadas del core, de negocios como el de la telefonía; otros han incursionado en el mundo de las exposiciones, los “eventos” sociales y emprendimientos inmobiliarios, y en algunos casos, de la organización de espectáculos. Muchas empresas están presentes, con sus propias emisoras, en la radio y la televisión, en streamings, videos, podcasts, newsletters, en una paleta, en fin, de inmensa diversidad de matices y herramientas en lo que siempre han sabido hacer: informar e interpretar los hechos de los que informan.Estamos, en rigor, lejos de saber con mediana certeza qué otro sistema ha de reemplazar, en términos más estables que el de las arenas movedizas de las últimas tres décadas, al ecosistema periodístico que subsistió por trescientos años. Llevamos así décadas experimentando nuevas modalidades informativas, nuevos procesos de sustento del core de la industria periodística y, a cada obstáculo vencido, ha sobrevenido alguno más inesperado aún.Al aparecer los grandes buscadores, estos fueron vistos por la industria periodística como una inesperada puerta hacia la mayor difusión de marcas y contenidos. Gravísimo error en el que perdieron años e ingresos, cuando no influencia, y muchos dejaron hasta la vida en el camino: los buscadores decidieron sus propias preferencias y succionaron enormes caudales de publicidad de nuestros medios, decidiendo, incluso, sobre la suerte de nuestra visibilidad y nuestros ingresos genuinos.Solo Google, que divulga una inmensa cantidad de informaciones sin contar con un solo periodista, y Facebook, han concentrado más de las tres cuartas partes de la publicidad mundial, con compensaciones y acuerdos aislados, hechos, en definitiva, sin afectar la masa descomunal de sus ingresos.Ahora los grandes modelos de lenguaje de la IA se entrenan horas tras horas de forma compulsiva, y ajena a las normas básicas sobre propiedad intelectual, con los contenidos y archivos periodísticos y captan, por añadidura, parte del golpeado mercado publicitario de los medios.La irrupción de internet, de los buscadores y de las redes sociales produjo un impacto extraordinario sobre la marcha del periodismo y, por si eso hubiera sido poco, desde 2022, los modelos de inteligencia artificial generativa (IAG) han introducido, más que un giro de época en hábitos sociales, culturales y políticos, un giro copernicano, de proporciones que influyen prácticamente en todos los órdenes de la civilización contemporánea, y que pueden ser aún mayores si aquella apenas estuviera, como barruntamos, en su Edad de Piedra. Desde el primer momento comprendimos que estos fenómenos debían ser hechos con nuestra participación, no con nuestro desdén u oposición. Lo contrario hubiera sido como pretender atajar con la palma de la mano la trayectoria de una onda cinética que se desplaza por el espacio.Hemos seguido con atención la posición de los últimos dos pontífices de la Iglesia Católica en materia de inteligencia artificial. Tanto Francisco I como León XIV han sido conscientes de los riesgos que plantean instrumentos de esta naturaleza desde el momento en que pudieran establecer objetivos por cumplir sin otra dirección que la propia, y con independencia del control humano. Ha habido en la Iglesia un mensaje expresado con suma coherencia en lo que constituye, aún en un mundo asolado hoy por guerras innúmeras, el tema central de reflexión para las grandes instituciones mundiales: el de las medidas cautelares que deberán ejecutarse a tiempo sobre el desarrollo de la IA por lo que Sam Altman, CEO de Open AI, calificó de peligro de que se pierda “el control del futuro”. Darío Amodei, director de Anthropic, y otras estrellas y académicos vinculados con este universo han hecho innumerables advertencias de igual tenor.Urge prestar la máxima atención a las derivaciones de una tecnología fundada en algoritmos que no son, como bien dice León XIV en su encíclica, herramientas asépticas ni neutras, pues reflejan intenciones, sesgos culturales, intereses económicos y visiones del mundo de quienes los programan, entrenan y financian.En el fallo “Denegris, Natalia vs. Google”, de junio de 2022, la Corte Suprema de Justicia de la Argentina llamó la atención sobre la opacidad que percibía en los algoritmos y consideró que debía echarse luz sobre ese punto. Fue la invitación implícita a que actuaran también los otros dos poderes del Estado.Entre el optimismo y el pesimismo sobre hacia dónde llevará la aplicación de la IA a la humanidad, debemos actuar con realismo, sin olvidar la urgencia de que los Estados nacionales respondan a las responsabilidades que les caben frente a los peligros que se denuncian. La asamblea general de la ONU ha señalado en ese sentido el camino correcto con su Declaración sobre Pacto Digital Global, anexo al Pacto para el Futuro, concerniente a la paz, el desarrollo sostenible y la gobernanza de la IA, de cuya aprobación, en 2024, se disoció, y alguna vez deberá explicarlo, la diplomacia del gobierno argentino de Javier Milei.Debemos actuar con supremo criterio. Se ha dicho, bastante atinadamente, que debemos hacerlo sin la tecnofobia paleolítica que paraliza y sin una desmedida tecnofilia, que podría ser causa de una irresponsabilidad que ponga en juego el futuro de la humanidad. Convengamos que las novedades de la ciencia llamadas a influir de forma notable sobre los hábitos culturales y sociales han provocado a menudo llamativas prevenciones. No pocas demostraron al fin ser producto de la inocencia o resultantes de paradigmas consustanciados con lo antiguo que actuaban como prismas que velan los ojos a las nuevas realidades y a su potencial de superación.Irina Sternik, licenciada en Ciencias de la Comunicación y periodista especializada en cultura digital, recuerda en “Inteligencia Artificial. El futuro llegó hace rato”, que en 1862 la prestigiosa revista científica The Lancet publicaba en el Reino Unido informes indicativos de que el tren, transporte moderno para la época -inaugurado en la primera parte de ese siglo-, provocaba con su traqueteo lesiones en la médula espinal de los pasajeros.Entre esas observaciones quiero mencionar la incomprensión que sobrellevó en su tiempo otro medio de comunicación. Bell había concebido el teléfono en 1876 y en 1900, más de un cuarto de siglo después, el jefe de Correos de Londres, reputado como el más eficiente del mundo -con cartas que Sherlock Holmes enviaba por la mañana y recibía las respuestas por la tarde-, haría un comentario que nos deja hoy con la boca abierta: “No sé por qué los norteamericanos se interesan tanto por el teléfono. Nosotros contamos con un número suficiente de chicos competentes para distribuir la correspondencia”.Así como el pobre jefe del correo londinense no alcanzaba a entender a pesar del tiempo transcurrido desde 1876 la verdadera naturaleza del teléfono, así también nosotros mal podríamos mantener silencio ante quienes retacean la celebración de las fantásticas conquistas de la IA. O desatienden, por el contrario, los gritos de auxilio, nada menos que provenientes de grandes pioneros de la IA, de alarma por los peligros que se prenuncian cuando algunos modelos de esta herramienta se extralimitan en las instrucciones recibidas y hackean, como lo han hecho, otros servicios. Ha habido varias experiencias llamativas al respecto que tal vez expliquen la reunión reciente del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, con autoridades de las principales empresas con modelos de IA y a cuyo término se anunciaron consensos propiciatorios de una política de autoregulación.Ha sido un avance no solo en relación con la política sustentada hasta aquí por Trump. También porque la tradición legislativa y jurisprudencial norteamericana ha sido históricamente reacia a las disposiciones regulatorias, que siempre han encontrado más eco en la tradición jurídica y legislativa europea y latinoamericana, como saben nuestros administrativistas.Los medios de comunicación llevan años procurando delinear con franca eficiencia una política destinada a llevar hasta las últimas instancias su lucha por participar en términos justos de los ingresos que tanto los buscadores como los modelos de IA obtienen por el aprovechamiento de sus contenidos y, por lo tanto, de los derechos sobre su propiedad intelectual.Unos pocos ejemplos de lo que señalo: la editorial Perfil ha judicializado meses atrás esta controversia en una demanda contra Open AI y Microsoft. La sociedad editora de LA NACION se prepara para iniciar acciones de idéntica naturaleza contra gigantes tecnológicos que usan sus contenidos sin las debidas contraprestaciones.Open AI ha llegado a un acuerdo con Folha de San Pablo. Primero abrió una oficina en San Pablo con solo un oficial a su cargo. Entendemos que ampliará esa oficina hasta dotarla de 24 personas en lo que podría ser un anticipo del establecimiento de una base de negociaciones regionales.La Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (ADEPA) ha aprobado un documento sobre la interacción entre la IA y los medios a partir del reconocimiento de que esta se halla incorporada a las rutinas de trabajo de las redacciones argentinas.Hace notar que el debate está centrado en dos aspectos: uno, ético; el otro, concerniente a la sustentabilidad económica del periodismo. La institución que nuclea a los diarios y revistas argentinos dice, y lo dice bien, que la innovación solo será sostenible si se logra preservar el activo principal del periodismo profesional: la producción de información original, confiable, verificada y relevante para la sociedad y la democracia. ADEPA denuncia que la utilización de los modelos de entrenamiento de lenguaje de IA se hace con frecuencia sin atribución de fuentes, sin autorización de quienes producen los contenidos -cuanto más calificados, más onerosos- y sin compensación adecuada.Un número alto de miembros de ADEPA cuenta con guías de comportamiento sobre cómo utilizar la IA. La supervisión es una regla compartida en el espectro periodístico y la capacitación se dirige a establecer límites sobre qué contenidos pueden generarse de tal forma y con qué aclaraciones explícitas.En su guía sobre uso de la IA, LA NACION destaca que esa tecnología le sirve para potenciar su periodismo y beneficiar así a sus audiencias, y para realizar proyectos periodísticos en escalas inalcanzables en el pasado. Basta pensar que el periodismo de investigación que realiza, considerado de un relieve comparable a los mejores del mundo, no podría llevarse a cabo sin la masa enorme de datos acumulados en función de los nuevos recursos tecnológicos.La guía de LA NACION hace saber que la IA se utiliza en su Redacción sin perjuicio de llevar a la práctica procesos de verificación sobre inconsistencias y sesgos inadmisibles para su línea editorial que suelen aparecer en el lenguaje de esos modelos.Deja constancia también de que cuando la IA es aprovechada para la confección de contenidos de “impacto periodístico significativo” debe actuarse con una transparencia que informe con claridad a la audiencia de que se ha hecho uso de aquella tecnología.En suma, para el periodismo serio, responsable y de calidad los principios siguen siendo los mismos que se conocieron desde sus albores y están en la base de la confiabilidad suscitada entre las generaciones de lectores y oyentes que lo han hecho posible. Se trata de extremar los cuidados en la comisión de errores y preservar los mecanismos de fiscalización a fin de cerrar hasta lo humanamente posible los riesgos de la inducción deliberada al error, lo que equivaldría al tipo de acciones dolosas que fecundan en los lodazales de las redes sociales. Ninguna tecnología puede asumir los dones de nuestra conciencia. Como ha dicho Santiago Tejedor, catedrático de la Universidad Autónoma de Barcelona, en una entrevista en LA NACION con Gastón Roitberg: “La confianza, el dolor, el miedo, la vulnerabilidad o el conflicto necesitan del periodismo”.Fernando Belsunze, director de la editorial Vocento, en cuya órbita actúan El Correo, de Bilbao, ABC de Madrid, y otros periódicos españoles ha sido seguramente uno de los más agudos observadores de lo que ocurre en la relación entre la prensa y la IA. Las multinacionales tecnológicas, ha escrito, han cambiado las reglas de distribución de los contenidos y, con ellos, la relación entre la relevancia y la visibilidad.Es esta una observación que no podemos acoger sin ejercer la mayor sinceridad como periodistas. “Los algoritmos -dice- Belsunze- están diseñados con una lógica comercial que premia el contenido más llamativo, independientemente de que sea falso, engañoso o deliberadamente manipulado”.La pregunta que debe contestar el periodismo, y de cara lavada, a la sociedad es si hace los esfuerzos necesarios para oponer la resistencia debida a fin de que lo “importante” prevalezca siempre frente a lo que asegura la “viralidad” que es el norte de quienes programan los algoritmos. Y si desarrolla lo “importante” en los términos del más exigente de los periodismos, ahorrándole tiempo en trucos necios a los lectores.Bravo por Belzunce: las plataformas no están diseñadas para distinguir lo verdadero de lo falso. Es verdad, pero sí lo están para maximizar lo que pueda atraer la atención de los usuarios, aun al precio de que la verdad y el juicio justo y equilibrado sobre lo que se informa se subordinen en beneficio de informaciones sobrevaluadas, intrascendentes, frívolas con tal que aseguren el botín por el que sueñan los programadores de algoritmos.Que haya clicks, clicks, clicks, infinitos clicks. Y cling, caja.