Cuando Ada Colau dejó la alcaldía proclamó que su obra había sido más valorada fuera que en la desagradecida Barcelona. Cabía inferir que, cual expresidente Obama, no daría abasto en impartir charlas espléndidamente remuneradas. Nada de eso ocurrió. La activista asomó su encanecida testa en aquella Flotilla Kufiya que portaba a Gaza un cargamento humanitario invisible. Con la travesía antisemita, Colau amagaba con volver. Y la exactriz ha vuelto a los platós: saltó lo de Maricarmen y allí estaba para denunciar que (ella también) había tenido que dejar su piso (ocho años cobrando noventa mil euros anuales); separada de su compañero, su único sueldo en la alicaída fundación de los comunes no alcanzaba para el alquiler. Como había que mercarse... Ver Más