Las escenas de destrucción en Francia, los saqueos en los comercios y el asalto a edificios públicos poco tienen que ver con las reclamaciones de los estudiantes, y sí con una voluntad de golpear los símbolos de la República y desestabilizar una democracia europea. La funesta jornada del 17 de octubre tardará en olvidarse. Lo que empezó con una convocatoria pacífica por las condiciones en la educación secundaria y el poder adquisitivo derivó en actos de una violencia inusitada provocados por una minoría. Imágenes como la del Ayuntamiento de Limoges en llamas quedarán en la memoria como el momento en el que el caos se adueñó de un país. Pueden achacarse los hechos de estos días a la inacción del Gobierno ante las reivindicaciones sociales y estudiantiles, a la parálisis de un Emmanuel Macron que, tras una década en el poder, es un pato cojo sin margen de maniobra y visceralmente detestado por una parte de la sociedad, o a los bloqueos en una clase política que desde hace décadas ha aplazado las reformas para sacar a la economía del marasmo y reducir las brechas sociales. Ninguno de estos debates debe esconder hoy lo esencial, y es que las protestas son legítimas y en muchos puntos, justificadas, pero la violencia nunca lo es.Seguir leyendo