La historia de nuestra especie no se parece tanto a un árbol con ramas separadas como a una red llena de cruces. Los neandertales y los denisovanos dejaron ADN en los humanos actuales, pero no fueron los únicos. En todos los grupos analizados aparece también la huella de una población humana desconocida, de la que no se conserva ningún genoma antiguo.El hallazgo no procede de un fósil ni de una cueva recién descubierta. Los investigadores reconstruyeron pequeños árboles familiares escondidos en nuestro ADN y encontraron fragmentos que se separan demasiado pronto del resto. Estas señales pertenecerían a una población arcaica que tuvo descendencia con los antepasados del Homo sapiens antes de su gran salida de África.Miles de árboles familiares permanecen ocultos dentro de cada genomaUn equipo de Berkeley y Johns Hopkins analizó 503 genomas actuales mediante un método llamado TRACE. Su objetivo era localizar fragmentos heredados de humanos antiguos sin necesitar ADN extraído de huesos.Cada zona del genoma guarda una historia familiar distinta. Con las generaciones, el ADN se mezcla y se divide, pero algunos fragmentos mantienen ramas mucho más largas de lo normal. Eso permite calcular que proceden de una población que se separó de nuestros antepasados hace cientos de miles de años y volvió a mezclarse después.El sistema identificó correctamente la herencia neandertal y denisovana ya conocida. Asimismo, encontró regiones antiguas que no coincidían con ninguna de las dos. En total, alrededor del 2% del genoma humano analizado tendría algún tipo de origen arcaico.Entre el 0,5% y el 1% de nuestro ADN vendría de ese antepasadoLa población “fantasma” habría aportado entre un 0,5% y un 1% del ADN de cada persona estudiada. Su rastro apareció tanto en poblaciones africanas como fuera de África, lo que indica que el cruce ocurrió antes de la expansión del Homo sapiens por Europa y Asia, hace más de 50.000 años.Los cálculos sitúan la separación de este linaje hace unos 800.000 años, aproximadamente cuando también comenzaron a diferenciarse los antepasados de neandertales y denisovanos. Sin embargo, no se sabe qué aspecto tenía, dónde vivía ni si corresponde a alguna especie conocida únicamente por sus fósiles.La sorpresa llegó al revisar zonas consideradas propias de los humanos modernos porque apenas contienen ADN neandertal o denisovano. Incluso allí apareció la señal fantasma. Una de ellas está cerca de FOXP2, un gen relacionado con el habla, aunque esto no demuestra que aquella población nos transmitiera el lenguaje. Otros trabajos sí han podido encontrar antiguos “interruptores” genéticos que podrían explicar parte de nuestra capacidad lingüística.La especie sigue sin rostro y el resultado necesita más pruebasTRACE también detectó una segunda herencia aún más antigua. Procedería de un linaje separado hace unos 1,8 millones de años que se mezcló con los denisovanos en Eurasia. Más tarde, estos transmitieron una pequeña parte del ADN a algunas poblaciones de Oceanía. O sea, podría estar relacionado con el Homo erectus, pero, al menos por ahora, no existe una identificación firme.Básicamente, el estudio en cuestión no permite afirmar que se haya descubierto una nueva especie, ya que el método empleado busca señales estadísticas y puede producir falsos positivos. La prueba más clara sería encontrar restos con ADN conservado en el África subsahariana, algo poco frecuente por el clima de la región.Hasta que aparezcan, nuestro genoma seguirá funcionando como un archivo del pasado. EL ADN ya ha permitido reconstruir episodios como la evolución de la viruela colonial encontrada en dos momias de Chile. Ahora también revela encuentros con parientes humanos de los que no conocemos ni un hueso. No podemos ponerles cara, pero una pequeña parte de ellos continúa viajando dentro de todos nosotros.