En un discurso hacia finales de 2006 recordaba Benedicto XVI: «Con ocasión de mi encuentro con el filósofo Jurgüen Habermas, hace algunos años en Munich, él dijo que nos hacían falta pensadores capaces de traducir las convicciones cifradas de la fe cristiana al lenguaje del mundo secularizado para hacerlas así eficaces de nuevo. De hecho resulta cada vez más evidente la gran necesidad que tiene el mundo del diálogo entre la fe y la razón». Efectivamente, en estos dos últimos siglos el poder del hombre, la capacidad intelectual y la ciencia se han desarrollado de manera vertiginosa. Pero he aquí que ese poder del hombre en no pocas ocasiones se está volviendo contra el propio hombre al tratarlo como simple materia objeto de dominio, de manipulación y de transformación: la razón se ha desbocado. La fe y la razón es preciso considerarlas como dos vías complementarias hacia la verdad. San Juan Pablo II las llegó a denominar como «las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva». Podríamos afirmar que la fe ilumina la razón y la razón defiende y purifica la fe. Y es nuevamente Benedicto XVI quien subrayó que una fe sin razón puede caer en el fanatismo, y una razón sin fe corre el riesgo de volverse utilitarista o destructiva. La razón debe comprender, incluir, la ética, el amor y desde luego la apertura a lo trascendente. Una razón sin trascendencia conduce irremediablemente al secularismo, al cientifismo y al materialismo, y con ello la humanidad se empobrecería, se degradaría hasta degenerarse. La vida de las personas quedaría reducida a un peligrosísimo utilitarismo que justificaría el descarte, práctica de la que ya estamos presenciando el auge con la aprobación del aborto y de la eutanasia, por mucho que se los quiera justificar, injustificadamente, y revestir de manera edulcorada. Juan Antonio Narváez Sánchez. Madrid