Una democracia se pone a prueba cuando es capaz de conciliar la compasión con la legalidad. La inmigración irregular exige precisamente ese equilibrio, cada vez más difícil de encontrar. Hay cuestiones que, por incómodas, parecen condenadas a ser abordadas desde los extremos. La inmigración es una de ellas. Basta plantear la necesidad de un mayor control de las fronteras para ser acusado de insolidario. Del mismo modo, cualquier apelación a la acogida suele ser interpretada por otros como una muestra de inseguridad. Ceuta constituye un ejemplo elocuente. Cada entrada masiva de inmigrantes vuelve a poner de manifiesto que el problema no desaparece por evitar el debate. Al contrario, se agrava. Y cuanto más se retrasa una respuesta eficaz, mayor es la frustración de quienes esperan soluciones y mayor el riesgo de que prosperen discursos radicales. Conviene recordar una evidencia que a menudo se olvida: un estado tiene no sólo el derecho, sino también el deber de proteger sus fronteras. Defender esa idea no debería escandalizar a nadie. Al mismo tiempo, Europa no puede renunciar a los principios humanitarios que forman parte de su identidad. Quien huye de una guerra, de la persecución o de la miseria extrema merece ser tratado con dignidad y derecho. Precisamente por eso resulta imprescindible distinguir entre el derecho de asilo y la inmigración irregular, dos realidades que con frecuencia se confunden en el debate público. La política alcanza su verdadera dimensión cuando es capaz de resolver problemas, no cuando se limita a administrarlos. Resolver exige combinar humanidad con firmeza, solidaridad con responsabilidad y acogida con legalidad. Quizá el mayor error de nuestro tiempo consista en creer que estos principios son incompatibles. No lo son. Son precisamente los que hacen posible una convivencia duradera. Ceuta no debería convertirse en un símbolo de división, sino en un recordatorio de que el sentido común sigue siendo la herramienta política más valiosa y, paradójicamente, la menos utilizada. José Ignacio Migoya Calvo Sotelo . Bilbao