Dice un dicho castellano que los caminos del Señor son inescrutables . La teoría más asentada sobre su origen se sitúa, como no podía ser de otra forma, en la Biblia. Concretamente en el libro de Romanos 11:33. En lo terrenal se emplea para recordar que la vida tiene misterios que superan incluso a la razón humana. Cosas que suceden y que no sabemos por qué. Pero es que ni siquiera sabemos por dónde empezar a buscar esa explicación. Sin embargo, este refrán tiene un trasfondo mucho más profundo si se mira con los ojos de la fe. Quiere decir que los planes y la sabiduría de Dios son tan grandes que las personas no pueden encontrarle el sentido completo. Algo así, 'sufrir' la voluntad de Dios incluso por encima de su propio raciocinio, es lo que le pasó a Álvaro Ferrara. Álvaro es un joven empresario andaluz que tenía su vida más que encaminada. Una empresa de éxito con su hermano y una novia junto a la que formar una familia y construir una vida. Sin embargo, un viaje y una persecución lo cambiaron todo. Un giro de 180 grados que ni siquiera supo entender. «Yo no me lo podía imaginar. Yo tenía novia en ese momento y me invitaron a Lourdes , con la Hospitalidad de Madrid. Llevaban invitándome muchos años, pero hasta ese año no pude ir, en octubre. Mi novia no vino, fui con amigos. Y me di cuenta que me iba persiguiendo el evangelio del joven rico». En ese momento, Álvaro sintió, o mejor dicho confirmó, que su vida tal y como la había conocido hasta ese momento se iba a paralizar para cambiar para siempre. «Ese día me cogieron de monaguillo por pringado . Llegaba tarde a un sitio y me dijeron venga, pues monaguillo». «Siendo monaguillo, detrás de don Jesús Vidal, que oficiaba él la misa, una misa de 6.000 personas, yo ahí sentí que me perseguía ese evangelio . Me puse a rezar en silencio y decía si de verdad quiere decirme algo, que en ningún momento pensé que podía ser esto, que hoy toque el evangelio del joven rico. Y fue». Aquella coincidencia, que para muchos podría ser casualidad, para Álvaro fue una certeza, la de abrazar su nueva vida, esa que llevaba meses rondándole incluso sin que él se diera cuenta. «Ahí empezó una cadena de cosas que pasaron y yo me empecé a agobiar». «Hablé con mi director espiritual, con el que llevaba un año y medio, y fue una pieza clave en mi vida . Ahora me doy cuenta que Dios me lo puso ahí porque con él hice un discernimiento muy bueno. Cuando se lo conté me dijo 'te llevo esperando un año, llevo un año esperando a que te dieras cuenta que Dios te estaba hablando, no sé para qué, pero te estaba hablando'». Aquel viaje a Lourdes y el evangelio del joven rico (San Marcos 10, 10-27), que narra el encuentro de Jesús con un joven al que le pide vender todos sus bienes para entregárselos a los pobres y ponerle a prueba, no solo le cambiaron la vida, sino que le introdujeron una espiral difícil de la que salió más reforzado que nunca. «Ahí empezamos un proceso de discernimiento donde planteamos cinco vocaciones. Tres eran hacia el sacerdocio, pero dos no. No lo tenía claro en ningún momento. Mi director espiritual me dijo 'esto tiene que ser el amor de tu vida, descubre cuál es y si es que sí, tira hacia delante y si es que no, sigue tu camino'». Como el joven del pasaje bíblico, Álvaro tenía mucho a lo que no quería renunciar. Sin embargo, para él terminó siendo más fácil aceptar los designios de Dios que para un camello pasar por el ojo de una aguja, como reza la enseñanza de Jesucristo a sus discípulos explicando lo difícil que era para los ricos entrar en el Reino de Dios. «No podía hacer de abogado del diablo y tirarlo por tierra todo. Y al final ganó. Sentí agobio . Yo no he fumado en mi vida y siempre he sido anti-tabaco y ahí empecé a fumar. Errores que comete uno. Abandonarme totalmente en Dios fue lo que hizo terminar con ese agobio. Yo sabía que Dios existe y que me estaba hablando, pero no sabía lo que quería». «Yo he dejado a mi novia para saber lo que quiere, he ralentizado mi trabajo para saber lo que quiere. Yo hablé con mi socio, que es mi hermano, y le dije que me estaba pasando una cosa y que necesitaba pararme un poco. Así que bajé marchas. Y me abandoné absolutamente en Dios y le dije 'si quieres algo de mí, aquí me tienes', y le di mi vida. Ahí sentí una paz brutal». Álvaro sintió por fin en su interior que estaba haciendo lo correcto y emprendió un viaje para terminar de encontrarse. «Me fui a Burundi ese año y allí empecé a leer un libro de Quique Figaredo que es un jesuita que hay en Camboya, obispo. Iba a ir a verlo porque tiene un proyecto muy bonito. Y ahí contaba que toda persona que va a entrar al seminario huye». «Piensa que su familia le necesita, que su trabajo le necesita, que va a coger el piso de su vida... buscas la excusa en todo. Volví a hablar con mi director espiritual porque todo me enredaba y me dijo 'vuelve a pensar con el alma y vuelve a abandonarte en Dios'. Y ahí aprendí a soltar mis redes». Como él mismo cuenta, Burundi para él fue un sí. Y finalmente aceptó que su destino se encaminaba al seminario para seguir los designios de Dios.