Cuando el 18 de diciembre de 2022, Messi borró por fin la huella de Maradona y colocó la suya, Argentina sintió alivio. Mucho. Y necesario. Leo, también, claro. 36 años después, la albiceleste, tras encadenar nueve Copas del Mundo de decepción en decepción y con Messi en el foco de cada tropiezo, saldaba una de las mayores deudas deportivas del país . Nadie se explicaba cómo con el mejor jugador de todos los tiempos, con permiso de Cristiano, Argentina no iba a ser capaz de ganar su tercera estrella. Lo hizo justo cuando ya muchos habían dejado de creer y con Messi más de vuelta que de ida, pero el fútbol nunca ha sido amante de la lógica ni de seguir las manivelas del reloj. «Veo muy bien a Argentina, de verdad. Sé que hay dudas por los últimos partidos y por los problemas físicos de algunos jugadores, unos cuantos importantes, como por ejemplo el propio Messi, pero la gestión de Scaloni de este exitoso ciclo no ha permitido en ningún momento la complacencia ni la relajación, y eso es muy complicado de lograr cuando acumulas cuatro títulos consecutivos en tan poco tiempo», reflexiona a ABC el 'Mono' Navarro Montoya, el mítico guardameta de Extremadura, Mérida y Tenerife durante la década de los noventa, que ejerce ahora de comentarista del Mundial para Radio Nacional. Argentina ha ganado todos los torneos oficiales que ha disputado desde la Copa América de 2021, título que rompió una frustrante sequía de 29 años sin tocar metal. Ahí rompió el cascarón esta Argentina de Scaloni y desde entonces no ha parado de crecer. 'Finalísima' en el verano de 2022, Mundial en diciembre de ese mismo año y otra Copa América en 2024: «Es un grupo que lleva muchos años trabajando con el mismo estilo de juego, en el que todos trabajan para que Messi lidere y luzca, y en el que no ha habido demasiado cambio generacional, lo que ha incidido en el buen clima y la sensación de jugar en familia», cuenta Montoya. Messi representa mejor que nadie esta paz mental. Desde hace cuatro años ha pasado de ser villano a héroe en un país que echó sobre su espalda toda la rabia de no hacer campeonar a Argentina. De hecho, hoy parece un delirio, pero Messi amagó en dos ocasiones con dejar la selección tras perder la final del Mundial de 2014, frente a Alemania en Maracaná, y caer también en dos Copas de América consecutivas ante Chile. La primera en 2015 y la segunda justo un año después. Ahí, tras una tanda de penaltis que acabó con Leo bañado en lágrimas, hasta verbalizó que no volvería a vestir nunca más la camiseta de la albiceleste: «Creo que es la palabra justa es equilibrio. Más allá victorias o derrotas, lo importante es que siempre mantuvimos el equilibrio. Y hemos llegado a este estado de ánimo porque hemos descomprimido esa mochila que solo servía para presionar aún más a los jugadores. No necesitamos presión, necesitamos tensión. Esto es solo fútbol, y hay cosas mucho más importantes que el fútbol y que un Mundial», comentó Scaloni a 24 horas del partido contra Argelia que sube el telón para Argentina. El seleccionador resta dramatismo, inteligente por su parte, pero el objetivo está ahí. Lo que parecía imposible en Doha, que Leo llegara también a Estados Unidos y peleara por reeditar el título, es una realidad tangible. E ilusionante. Es solo fútbol, sí, pero Argentina mira de cara al presente con la sonrisa de quién se sabe campeón y la responsabilidad de quién asume que tiene instrumentos para volver a serlo y colocar una cuarta estrella sobre el escudo de la AFA: «Cuando ganamos en 2021 la Copa América en Brasil, desbloqueamos nuestra cabeza y supimos que después vendrían las buenas. Y no solo para nosotros, sino para el país. Nosotros representamos a Argentina y sabemos lo que generamos en Catar . Eso sigue latente y lejos de relajarnos, nos dio fuerzas para seguir intentándolo aquí en Estados Unidos», explica Otamendi, el segundo capitán de la albiceleste, que como Leo ha apurado para un último tango. «Llegamos bien al torneo, sabedores que el Mundial no acaba en el primer partido. Así que tranquilidad y a competir. No somos más que nadie, pero tampoco menos que nadie».