La Real Academia Española incorporó a finales de 2020 a su diccionario la palabra 'berlanguiano' con dos acepciones: «Perteneciente o relativo a Luis García Berlanga, cineasta español, o a su obra» y «Que tiene rasgos característicos de la obra de Luis García Berlanga ». No es que las definiciones aclaren mucho sobre el significado real del vocablo, a menos que se conozca la obra del cineasta valenciano, nacido en 1921 y fallecido en 2010, y que dejó como legado un puñado de películas en las que retrataba con un humor satírico, irreverente e incluso subversivo la sociedad española. ' Bienvenido, Mister Marshall ', 'Calabuch', ' Plácido ', 'El verdugo' o ' La escopeta nacional ' son perfectos ejemplos de su pincel tan mordaz como compasivo. Precisamente 'La escopeta nacional', con guion del propio Berlanga y de Rafael Azcona , es la que ahora revive y salta de la pantalla al escenario del Teatro Español de la mano de Juan Echanove y Bernardo Sánchez Salas (que ya firmaron hace dos décadas otra adaptación berlanguiana: 'El verdugo'. Ahora, director y adaptador llevan a las tablas la cacería tardofranquista en la que un empresario catalán, Jaume Canivell, intenta ganarse el favor de ministros e influyentes políticos para hacer negocios y colocar sus porteros automáticos. La función, que estará en escena del 16 de junio al 26 de julio, es como 'las de antes' –por su amplísimo reparto, que solo puede asumir un teatro público–: José Ramón Arredondo, Chusa Barbero, Ángel Burgos, Javi Coll, Salva Duyat, Patxi Freytez, Ángel Galán, Elisa Matilla, Luisa Martín, Javier Mora, Verónica Morejón, Manuel Pico, David Pinilla, Pere Ponce, Marta Ribera, Chema Ruiz, Pedro Mari Sánchez, Enrique Viana y Eugenio Villota. Diecinueve intérpretes en total para poner en pie lo que Echanove define como el «retablillo del poder». «Nobles tan vacíos en la ética como en la cuenta corriente. Promotores inmobiliarios a la caza del pelotazo del siglo. Ministros aferrados a la poltrona y a los placeres de la carne. Amantes secretarias enfundadas en verano en costosos abrigos de visón. Hijos bastardos que malviven de las migajas que se escapan del mantel. Meapilas salvapatrias S.A. Banqueros paganinis del festín. Estrellas del momento que evitan su ocaso a golpe de talonario mediante calenturas a izquierda y derecha. Damas alcohólicas de la Cruz Roja expertas en la caridad bien entendida… la que empieza por uno mismo. 'Negocietes privados' a costa del erario público. Divisas a buen recaudo en bancos centroeuropeos. Crucifijos con telarañas que presiden las alcobas donde los látigos y las obsesiones se postran a sus pies. Armas cargadas dispuestas a finiquitar a todo lo que se menee por tierra, mar y aire. AVE que vuela …¡a la cazuela! Los que mandan y los mandados». Todos estos personajes que describe Juan Echanove conforman este universo berlanguiano. «La idea de volver sobre Berlanga y sobre otra de sus películas emblemáticas la pensamos Bernardo y yo; queríamos hacer algo parecido a lo que hicimos con 'El verdugo', pero las circunstancias de las productoras privadas obligaban a tener un elenco de seis o siete actores y tres técnicos para poder sacar la función de gira. Entonces buscamos la posibilidad de proponérselo a un teatro público, en este caso el Teatro Español, que nos dijo que si entraban en la producción sería con un elenco numeroso. Y es que Eduardo Vasco, su director, y yo compartimos el criterio de que si no es estrictamente necesario doblar personajes, no hay que hacerlo, porque al final es muy frustrante para el espectador, al que obligas a entrar en una convención que puede ser teatral, pero que finalmente reduce muchísimo la sorpresa; al margen de que ves a intérpretes sobreactuando y con distintas caracterizaciones para que el espectador al final haga el esfuerzo de identificarle con el personaje. Un galimatías». Luis García Berlanga escogió para ' La escopeta nacional ', rodada en 1977, la historia de una cacería franquista porque era «muy divertida», según él mismo dijo, «no porque sea una imagen del régimen pasado». «Siempre hay una intención moralizante en cada filme; en este, en todo caso, sería una reflexión sobre la corrupción del poder. Pero no del poder franquista, sino de todo poder», defendió. En la película se retrata a las distintas facciones de aquel tardofranquismo: los tecnócratas, el Opus Dei, la Falange. «Con otros nombres, pero seguirán toda la vida. Al final, las distintas familias, dentro de un régimen democrático o dictatorial, se dividen el pastel y todos adolecen de lo mismo . En este país, dentro del arco político, solamente no es corrupto quien no ha llegado a tener la responsabilidad de gobierno. Y cuando digo responsabilidad de gobierno me refiero no a un ministerio o dos, sin a llevar los destinos del país. Cuando tengan esa responsabilidad, ya veremos si pueden seguir presumiendo de no ser corruptos. Hay algo propio del ciudadano español, y también de la clase política española, de que por la ansiedad, creo yo, del paso del tiempo y la incertidumbre de cómo será la vida cuando se deje la política, se piensa en hacer un negociete», remata Juan Echanove. «Lo malo –sigue Echanove– es que nos acostumbremos a eso; hay que seguir denunciándolo, seguir ahondando en ello e intentar ser una sociedad mucho más limpia. Lo que pasaba en los años setenta: esa corrupción, esos pelotazos inmobiliarios; los ministros que acudían a cacerías con starlets a las que quieren promocionar en una película a cambio de favores sexuales... No es exactamente lo mismo de ahora, pero de alguna manera nos resuena. Y si después de tantos años nos sigue resonando...» Ese retabillo se presenta, según Echanove, en una secuencia de viñetas animadas de lo que les pasa, fundamentalmente, a Jaume Canivell, el industrial catalán, y a su secretaria y amante, Mercé Oriol. «Quiero contar la historia de dos que sufren, y que tienen que estar al nivel de todos los demás porque si no, no venden; y que están dispuestos a todo por venderse y por vender, los porteros automáticos o a ellos mismos. Y por eso al final son ellos quienes pagan la cacería, los paganos, los humillados; son los explotados, los perdedores . Rafael Azcona me decía que éste es un país que se ríe con algo tan tremendo como que un ciudadano pise una cáscara de plátano y se pegue un costalazo enorme. La gente se suele reír desde la barrera». Sigue Echanove: «Este país suele ver el espectáculo desde la barrera –me decía Rafael–, y no hay que renunciar a esa comicidad porque es propia del español. A los personajes hay que darle una salida, que es la compasión, apiadarse de los perdedores ; no te cebes nunca con los perdedores». «Y tenía razón -asiente Echanove-. Hay algo en ello de reconocimiento hacia el esfuerzo que tiene que hacer mucha gente para subsistir. Y eso me pone en relación con el momento actual que vivimos. Mucho más que la corrupción, mucho más que el pelotazo, que el puterío... hay algo muy claro. Siempre pagan los mismos: los ciudadanos». Rafael Azcona –palabras muy mayores dentro del cine español y un guionista imprescindible– nos presentaba la realidad deformada por sus particulares espejos del callejón del Gato. Juan Echanove no duda en calificarle como continuador del creador del esperpento, Ramón María del Valle-Inclán. «Pero no solo a él, también a sus discípulos, a los 'exégetas del azconismo': José Luis Cuerda, José Luis García Sánchez, Fernando y David Trueba, Víctor García León... Podríamos abrir un gran abanico de gente que ha entendido esa manera que tenía Azcona de entender el país en el que vivía, con sus grandezas y con sus miserias al cincuenta por ciento». Tiene algo 'La escopeta nacional' de sainete, como reconoce Juan Echanove. «Mi idea primigenia, lo que me rondaba la cabeza cuando lo hablaba con Bernardo, era hacer una zarzuela. Azcona conocía muy bien la zarzuela, el esperpento... Pero sobre todo el sainete, pero el sainete bien llevado, que es un género verdaderamente maravilloso para explicar cuando menos el comportamiento de comunidad de vecinos de unos personajes. Y a partir de ahí se puede tirar de muchísimos». El director define su espectáculo como «una comedia satírica musical. La función ha de tener ritmo, brillo y 'tempo'. En la zarzuela se intercalan con la misma intensidad las partes habladas y las cantadas. A los actores no les he prohibido que vean la película, pero sí les he pedido que no imiten a sus intérpretes, porque Luis Escobar, Saza, Mónica Randall, Amparo Soler Leal, José Luis López Vázquez... eran inimitables. Lo que les pedí es que crearan un personaje y que se lo creyeran dentro de un corsé rítmico y musical muy brillante que yo he tratado de marcarles desde el primer día».