Apropiarse del insulto para vaciarlo de contenido, cambiar su significado y convertirlo en reivindicación. Eso es lo que ha hecho Eduardo Casanova (Madrid, 1991) con Sidosa, la película documental en la que desvela que vive con VIH desde los 17 años (es decir, la mitad de su vida) para que "se hable del tema" y batallar contra el "estigma" y la "serofobia"."Todo el mundo me ha dicho que no haga esto. Pero lo hago porque es insoportable, yo no puedo más ya, no quiero vivir así", clama en el vídeo de anticipo de Sidosa en el que salió oficialmente del armario del VIH, por necesidad y por dignidad, a pesar de los pesares, no ya para batallar contra el tabú, sino para personificar el tabú mismo y así destruirlo.El actor y cineasta se convertía así en la primera figura mediática en España en hacer público que vive con VIH, un gesto largamente reclamado por los activistas para visibilizar una realidad con la que la sociedad convive sin (querer) saberlo. "Cerca del 80% de las personas con VIH no ha compartido con casi nadie que tienen la infección, por un estigma que nos condena al rechazo sistemático e injusto", escribió Casanova en las redes sociales al revelar su situación. “Igual que los maricones nos hemos apropiado del insulto ‘maricón’, yo quiero apropiarme de ‘sidosa'", sentencia en el tráiler de este documental audaz, producido y conducido por Jordi Évole y dirigido por Lluís Galter y Màrius Sánchez, que ha puesto al intérprete en el epicentro de un seísmo de magnitud desconocida, como si la mismísima falla de San Andrés se hubiera resquebrajado bajo sus pies. Se desconoce, asimismo, cuánto reverberarán las réplicas, pero ahí está la película, para la posteridad queda.No es exclusivamente por Sidosa —que obviamente también—, sino por toda una trayectoria marcada por la defensa de la diversidad, la visibilidad de las diferencias y la reivindicación de los derechos colectivos tradicionalmente expulsados de los relatos convencionales, por lo que Eduardo Casanova recibe este año el Premio Joven infoLibre al Compromiso Social. Una distinción que reconoce también el pacto inquebrantable del realizador con el cine como herramienta de articulación colectiva, que promueve debates incómodos y pone el foco en el último rincón oscuro al fondo de todos los márgenes. "A mí, la vida no me la han salvado los retrovirales ni los psicólogos, sino el cine. Sin él no habría sido capaz de sujetarme", afirmó en la presentación del film en el Festival de Málaga en marzo.En ese mismo certamen, donde se presentó oficialmente esta cinta producida por Atresmedia en colaboración con Producciones del Barrio, Évole se puso como ejemplo a sí mismo como parte de una generación que supuestamente debería estar más informada pero, sin embargo, queda claro que vive en la inopia, como si todavía no hubiera salido del estado de shock en el que entró con la sucesión interminable de muertes en los años 80."Edu me preguntó por las tres últimas personas conocidas que hayan declarado que tenían VIH y los nombres que me salieron fueron Rock Hudson, Freddie Mercury y Magic Johnson. Nombres de finales de los 80 y principios de los 90", admitió Évole, para acto seguido añadir: "Que alguien como Edu dé un paso como este para normalizar una enfermedad que, ahora mismo, bien tratada, no contagia y puedes vivir con ella, es hacer pedagogía sobre algo que sigue siendo muy desconocido".Esta película documental, rodada el pasado otoño, muestra un viaje íntimo y catártico que combina humor (porque hay risas, y muchas, como en la vida misma a pesar de todo), emoción, memoria y cine. A través de este recorrido, el espectador puede comprender mejor la realidad actual de las personas con VIH y descubrir nuevas capas de la identidad del propio Casanova, quien se expone de manera inédita, con una honestidad brutal para lanzar su mensaje y conectar con el espectador a través de lo más cotidiano y, a la vez profundo de su verdad personal.Pero el reconocimiento de infoLibre no es, decíamos, exclusivamente por Sidosa, sino por su larga trayectoria de compromiso, tanto con el cine y la creación cultural como con la defensa de la diversidad y los colectivos minorizados. Hay que echar la vista atrás más de 20 años ya para recordar el momento en el que Eduardo entró en nuestras vidas como Fidel Martínez en la serie de televisión Aída, emitida desde 2005 hasta 2014. Un chaval, aquel, que no terminaba de encajar en su nuevo barrio por sus aficiones e intereses intelectuales, nos decían, si bien era obvio que la barrera la marcaba algo que no tenía tanto que ver en realidad con él, sino con la mirada de los demás: su homosexualidad.Una década formativa en la pequeña pantalla que le llevó a escribir y dirigir en 2011, con tan solo 19 años, su primer corto, Ansiedad, una comedia dramática centrada en el universo de los tranquilizantes —otro de los grandes males subterráneos de España, pero esa es otra historia—. Siguieron más cortometrajes: Fumando espero (2012), sobre los extremos del amor ciego y obsesivo; y Amor de madre (2012), que explora los extremos a los que puede llegar una madre por sus hijos en un mundo dominado por el caos y el instinto de supervivencia; y La hora del baño (2014), que aborda la cara más oscura, destructiva y terrorífica de la maternidad y la paternidad.Sin abandonar nunca su variada faceta interpretativa, Casanova continuó su proceso de maduración como director, aprendiendo a utilizar el cine como herramienta para hablar sobre temas de los que casi nunca nadie habla. Su producción de cortos es, por ello, ciertamente prolífica, casi siempre acompañado por su amiga Ana Polvorosa: Eat my shit (2015), sobre una joven que nació con una malformación facial y tiene un ano en lugar de boca; La misma piel (2015), un fashion film de intriga que gira en torno a una mujer que llega a un restaurante con un mensaje inquietante para otra persona; Fidel (2016), una sátira de apenas 5 minutos que imagina a Fidel Castro viviendo sus últimos momentos de vida; y Jamás me echarás de ti (2016), acerca de la identidad, la imagen personal y las relaciones de dependencia insana dentro del núcleo familiar.Su primer largometraje como director se hizo de rogar, pero ya no podía esperar más. En 2017 estrenó Pieles, una comedia negra dramática (presentada en la Berlinale y nominada a tres premios Goya) que narra las historias cruzadas de varias personas con severas deformidades físicas que luchan por encajar en una sociedad obsesionada con las apariencias y la belleza normativa. De vuelta al formato corto, escribió y dirigió Lo siento, mi amor (2018), una versión surrealista, pop y transgresora del matrimonio entre John F. Kennedy y Jackie Kennedy. Cuatro años después llegó Sexilio (2022), un corto documental que trata el éxodo de personas de la comunidad LGTBI+ que se ven obligadas a abandonar sus pueblos o entornos rurales para mudarse a grandes ciudades y poder vivir su orientación sexual o identidad de género libremente.Ángela Molina protagonizó su segunda película, La piedad (2022), un melodrama enfermizo con tintes de terror psicológico y comedia negra (de nuevo nominada a tres Goya) que explora la maternidad tóxica, la sumisión y el control absoluto. De nuevo, una temática que pone el dedo en la llaga, que genera controversia por cuestionar lo que nadie cuestiona y que reafirma, si acaso hiciera falta, el compromiso autoral de Eduardo Casanova con la esencia inquieta y respondona de su propia obra.Esto último es lo que nos ha traído hasta aquí y lo que lleva a infoLibre a premiar a Eduardo Casanova por su figura y su obra. A ese recorrido se suma la miniserie Silencio (2025), que aborda desde la ficción la pandemia del sida a través de un clan de vampiras queer enfrentadas a la escasez de "sangre humana limpia" durante dos momentos críticos de la historia: la Peste Negra en la Edad Media y la crisis del VIH en la España de los años 80.No cuesta demasiado ver en Silencio el germen de Sidosa. De esa investigación, y del pacto consigo mismo establecido a través de su obra, nace la pulsión de salir del armario del VIH. Y así lo escribió él mismo en su anuncio: "Hoy rompo este silencio tan desagradable y doloroso después de muchísimos años. Un silencio que guardamos y sufrimos muchísimas de las personas con VIH. Lo hago cuando yo quiero, cuando yo puedo. Lo hago por mí, pero deseo que esto pueda ayudar a más gente. Lo hago a mi manera, a través del cine, que es mi forma de comunicarme. Pero, sobre todo, lo hago con dignidad, que debería ser la forma en la que todas las personas con VIH pudieran salir del armario".