El USS Long Beach representó una idea propia de la Guerra Fría: un gran buque de superficie capaz de navegar durante largos periodos sin repostar y escoltar a los portaaviones atómicos. Sesenta y siete años después de su botadura, aquella ventaja complica su desaparición.El casco lleva tres décadas esperando en el astillero naval de Puget Sound, en el estado de Washington. Ya no conserva su enorme superestructura cuadrada, ni la proa, ni la popa. Los reactores fueron descargados de combustible, pero sus componentes siguen sujetos a normas radiológicas que elevan el coste y reducen la lista de empresas capaces de trabajar con ellos.La Marina de Estados Unidos ha abierto una consulta al sector para saber si algún astillero comercial puede hacerse cargo. Todavía no existe un contrato, un presupuesto oficial ni un calendario cerrado. La operación empieza, por tanto, con una pregunta sin respuesta industrial: quién puede mover, cortar y reciclar los restos con seguridad.Un casco varado desde 1995Botado en 1959 y puesto en servicio en 1961, el Long Beach medía unos 220 metros y desplazaba 15.540 toneladas. Fue dado de baja en 1995 después de servir desde Vietnam hasta la operación Tormenta del Desierto. The War Zone recuerda que su estructura quedó reducida por etapas y que la venta para chatarra anunciada en 2012 nunca llegó a aclararse. La historia recuerda al portaaviones Dédalo, aunque aquel antiguo USS Cabot sí terminó cortado en un astillero convencional.La conservación histórica ya está descartada. Una evaluación naval concluyó en abril de 2026 que las alteraciones habían borrado los rasgos que definían al buque: armamento, superestructura y extremos del casco. El plazo de 60 días para presentar observaciones terminó sin respuestas, así que la retirada del registro patrimonial deja libre la vía del reciclaje.Incluso mutilado, el antiguo CGN-9 conserva un valor simbólico. Fue el primer combatiente de superficie con propulsión atómica y una rareza entre categorías que siguen confundiendo al público. La diferencia entre fragatas y cruceros depende hoy más de misión, sensores y armamento que de una frontera universal. En su época, el Long Beach encarnaba la máxima defensa aérea disponible alrededor de una flota.La factura radiactivaEl traslado será el primer problema. El estado estructural impide remolcar el casco por mar abierto, de modo que deberá viajar sobre una barcaza semisumergible, una barcaza de cubierta o un buque de carga pesada. Después habrá que desmilitarizar los restos, separar materiales y embalar las piezas de las dos plantas de reactor como residuos radiactivos de baja actividad. Es una factura distinta a la de las nuevas fragatas, que nacen bajo normas actuales de mantenimiento y retirada.La Marina solo ha encargado una vez a un astillero comercial una tarea comparable, con el portaaviones USS Enterprise. Aquel barco era mucho mayor, tenía ocho reactores frente a dos y necesitaba más preparación. Aun así, su caso sirve de aviso: una estimación pública situó el coste por encima de 1.500 millones de dólares y la duración en más de 15 años. Las operaciones aliadas junto al Gerald R. Ford muestran la utilidad presente de esa propulsión, pero cortar un buque atómico exige tiempo, instalaciones autorizadas y una cadena logística que muy pocos contratistas dominan.Washington celebra unas jornadas industriales el 24 y 25 de junio para medir el interés. La consulta tampoco garantiza que se publique una licitación. Los restos del Long Beach recuerdan la deuda que deja cada reactor mucho después de terminar su vida militar.