Eran las ocho de la mañana del sábado 21 de junio de 2025. Unas fotografías de la Esperanza Macarena compartidas por la propia hermandad en las redes sociales casi al mismo tiempo que se abrieron las puertas de la basílica comenzaron a correr como la pólvora de móvil a móvil. Rápidamente se formaron unas colas descomunales en los alrededores del templo. La Virgen de la Esperanza se había llevado tan sólo cinco días retirada del culto para ser intervenida por el equipo del profesor Arquillo en las propias dependencias de la hermandad. Definidas por la corporación como «labores de conservación y mantenimiento», su impactante resultado no dejó indiferente a nadie. Aquella restauración fallida marcó un antes y un después en la hermandad de la Macarena, las cofradías y la ciudad de Sevilla. Pero no se quedó ahí: dio la vuelta al mundo. La noche anterior, la del viernes al sábado, siete oficiales de la junta de José Antonio Fernández Cabrero, además del hermano mayor, acudieron a ver como había quedado la Virgen tras los trabajos. Arquillo le colocó unas nuevas pestañas , similares a las de 1978, y las hermanas de la Cruz le pusieron las enaguas antes de que el vestidor, José Manuel Lozano, la ataviara para su reencuentro con los fieles. Nada parecía alterar la normalidad cuando a las dos de la mañana los restauradores se marcharon a casa. Poco después, al dejar a la imagen en el camarín y tomar las fotos que se difundieron la mañana siguiente surgió el malestar al ver las palpables diferencias que presentaba su rostro. Pese a las recomendaciones de algunos de los presentes de no reponerla al culto, la imagen amaneció presidiendo la basílica. Ya no había vuelta atrás. El inusual espesor de las pestañas, que distorsionaba por completo la mirada de la Macarena, sirvió para que los hermanos, los cofrades y el público en general pusieran el grito en el cielo por la seria transformación que había experimentado la imagen durante la actuación de Arquillo. Las lágrimas compartían protagonismo con la incredulidad y la indignación tanto entre quienes acudían a ver a la Virgen como los que recibieron fotos de la misma aquella mañana: «Esto es IA o un montaje, ¿no?», fue una de las respuestas más repetidas. La consternación en la que se había sumido la hermandad y buena parte de Sevilla actuó como presión para que la junta de gobierno decidiera cerrar la basílica antes de tiempo, a la una de la tarde, y retocar a la imagen retirándole las pestañas y dándole unas veladuras en el párpado. La labor la acometió Francisco Arquillo, que llegó junto con su hijo David al templo después de horas de llamadas sin respuesta. Ahí finalizó la relación de los restauradores con la hermandad. Esteban Sánchez Rosado, autor de numerosas copias de la Virgen, se encargó de colocarle otro juego de pestañas. A media tarde volvió a abrir el templo, pero la situación no mejoró. Ya sin las pestañas se hacía aún más palpable el cambio en la Macarena, tanto en sus volúmenes como especialmente en la zona de los ojos. Arquillo negaba haber colocado pasta de madera en los párpados y pidió encerrarse esa noche con la imagen para enmendar el error, pero la junta no lo permitió. La basílica cerró a su hora con la noticia apareciendo ya en todos los medios de comunicación nacionales, que se presentaron en Sevilla la mañana siguiente para seguir in situ el controvertido caso. Los oficiales decidieron intervenir una tercera vez a la imagen durante la madrugada, tarea que encomendaron a Esteban Sánchez Rosado bajo la supevisión del conservador Carlos Peñuela. Sánchez Rosado le colocó a la Virgen sus terceras pestañas en poco más de 24 horas, y se puso manos a la obra con los pinceles para darle otras nuevas veladuras. Aquello pretendía ser un apaño rápido para salir del paso y que el aspecto de la Macarena se pareciese más al que todos recordábamos, pero no consiguió solucionar los problemas que arrastraba la imagen, con los párpados recrecidos y una serie de repintes sobre la policromía. El domingo por la mañana, la dolorosa se presentaba no en su camarín, sino abajo, en expuesta en el presbiterio , vestida con el manto celeste y saya blanca. La junta pensó que los devotos se calmarían al ver de cerca a la imagen, pero los fallos de la restauración quedaron aún más a la vista a pesar del retoque aplicado por la noche —del que la junta de gobierno nunca informó a los hermanos y devotos—. La improvisada veneración se extendió durante tres días y las colas no cesaron. Aunque hubo quien se conformó con la nueva apariencia de la talla, la mayoría de los fieles no encontraban consuelo y pedían que les devolvieran a su Virgen. La crisis no había hecho más que comenzar. El lunes por la tarde, un nutrido grupo de personas se manifestaba frente a la basílica mientras los oficiales reunidos aprobaban dos dimisiones y decidían recabar informes sobre el estado de la imagen para presentarlos más adelante en cabildo a los hermanos y que estos decidieran una nueva restauración que pusiera fin a aquel mal sueño. Aquel multitudinario cabildo tuvo lugar un mes después. Pedro Manzano salió elegido y los trabajos dieron comienzo a mitad de agosto. La Macarena estuvo fuera cuatro meses y volvió mejor que nunca en una jornada, la de la Inmaculada, que quedará para siempre en el recuerdo de una ciudad que por fin pudo dejar de contener la respiración y ponerse frente a su imagen más universal sabiendo que esta vez sí era ella. Sin embargo, la herida abierta en la hermandad, más que palpable en el convulso proceso electoral que tuvo que atravesar poco antes del regreso de la imagen, tardará aún en cerrarse. Hoy parece ya algo lejano, pero durante aquellos calurosos días de junio del año pasado, Sevilla creyó haber perdido la Esperanza.