La cruzada fallida del alcalde Mamdani contra un Mundial para millonarios

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«El bello juego pertenece a todos». Ese es el mensaje que el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, compartió en redes sociales desde las tribunas altas del estadio Nueva York/Nueva Jersey. Lo hizo rodeado de seguidores de Brasil (por eso lo del 'jogo bonito'), en el partido que abrió el torneo aquí. Mamdani, el izquierdista de 34 años que hizo historia el año pasado con su triunfo en las elecciones de la mayor ciudad de EE.UU., opera muchas veces en el terreno de la ilusión. Es un mago de la comunicación, que conquistó la alcaldía con una imagen de frescura y con la promesa de hacer la vida más barata. Mamdani solo lleva unos meses en el poder y es pronto para juzgar si cumple alguna de sus formidables promesas . De momento, mantiene la ilusión en los suyos. Su último truco es hacer creer a los neoyorquinos que el Mundial es de ellos, no de los pocos con capacidad de gastarse miles de dólares para ir a los partidos. A la realidad del Mundial más caro de la historia él opone frases inspiradoras e iniciativas con más simbolismo que impacto real. Cuando el alcalde compartió esa imagen desde el estadio, era para celebrar su plan para «asegurar que la clase trabajadora tenga la oportunidad de ser parte» del Mundial. Mamdani llegó a un acuerdo con FIFA para sortear entradas baratas a los partidos en la sede de Nueva York y Nueva Jersey, a 50 dólares (la más barata para el próximo partido, el Noruega-Senegal, está a más de 1.100 dólares). «Un niño del Bronx, un vigilante de seguridad de Queens, un trabajador de restaurante de Brooklyn o Staten Island van a poder ir al estadio este verano porque su ciudad peleó para que ellos estén ahí», celebró su mano derecha para el Mundial, Maya Handa. Pese a tanta grandilocuencia, el programa apenas tiene impacto: solo se sortearon 1.000 entradas y no incluye la final del 19 de julio. Es decir, menos de 150 entradas por partido, un 0,15% de los asientos en el estadio . Este periódico ha hablado con una decena de aficionados que trataron de conseguir entradas en la lotería de Mamdani. Ninguno la consiguió. Varios hablaron de que la web se caía ante la demanda. Solo uno conoce a un amigo que logró una. «Todos los días me metí a tratar de sacar entradas en la lotería», cuenta Francis, que no tiene dinero para ir al estadio, ni tuvo suerte en el sorteo. «Al final me ha creado más frustración que otra cosa». Pero Mamdani insiste: «Nos vamos a asegurar de que todos los neoyorquinos están en primera fila en esta celebración histórica». Si no es en el estadio, que sea en las calles. El alcalde se refiere a las fiestas con pantalla gigante, algo seguramente divertido pero lejos de la retórica ampulosa de Mamdani. Otra iniciativa, más reciente, en este sentido: proyectar varios partidos en las pantallas de los quioscos de wifi municipales. Son la versión contemporánea de las cabinas telefónicas: unas terminales donde cargar el teléfono, hacer llamadas de urgencia o acceder a internet. Mamdani anunció con mucha fanfarria hace unos días que 200 de estas terminales emitirán cinco partidos del Mundial.   El primero fue el EE.UU.-Australia del pasado viernes y este periódico pudo comprobar cómo el asunto no despertaba gran interés. Solo un vecino tenía el ojo puesto en el partido en una de ellas, en la Octava Avenida, pegada a un montón de basura sin recoger. Sin sonido, sin lugar donde sentarte, no parecía un lugar muy atractivo para seguir el fútbol. Y la transmisión se cortó. En otra, cinco manzanas más allá, no se paraba absolutamente nadie a ver el partido. Pero Mamdani vendía con importancia su iniciativa: «Si permitimos que el fútbol se convierta en un lujo, dejamos que se separe de sus raíces». El alcalde también trató de hacer accesible otro elemento del fútbol: las camisetas. Mamdani presentó su propia línea de elásticas futboleras, con motivos neoyorquinos. Las puso a la venta a 50 dólares, frente a los casi 150 que cuestan las oficiales de los equipos. «Queremos asegurarnos de que no sea demasiado caro poder mostrar orgullo de tu ciudad», dijo Mamdani. Pero solo se pusieron a la venta 1.500. Hubo colas interminables para conseguirlas y se acabaron en pocas horas. La paradoja es que este proyecto del alcalde socialista cayó víctima del mercado. El mismo Mamdani que puso el grito en el cielo por la reventa monstruosa de las entradas del Mundial vio cómo sus camisetas aparecían también en la reventa: pedían mil dólares por ellas.