Tormentas cada vez más destructivas, olas de calor asfixiantes, incendios forestales incontrolables e inundaciones recurrentes. Los efectos del cambio climático son un hecho; lo estamos viviendo en los últimos años. Con el fin de mitigarlo en la medida de lo posible, se están intentando bajar lo máximo posible las emisiones. Esto implica acelerar la transición a los vehículos eléctricos, apostar por las energías renovables y frenar la deforestación. El problema es que, según los principales estudios científicos, todo esto ya no es suficiente. Aunque logremos reducir las emisiones drásticamente, necesitaremos una ayuda extra: la remoción de carbono (CDR), es decir, limpiar directamente el dióxido de carbono que ya está en el aire. Es una forma de compensar lo que de momento no podemos evitar emitir y de intentar devolver la atmósfera a niveles seguros.Una de las tecnologías que más atención está recibiendo en este campo es la captura directa de aire, conocida como DAC por sus siglas en inglés. A grandes rasgos, es un conjunto de sistemas que actúan como filtros químicos gigantes. Al hacer pasar el aire por estos equipos, unos compuestos químicos específicos atrapan las moléculas de CO2 y dejan seguir su camino al resto de los gases de la atmósfera. Para recuperarlo y volver a usarlo, los sistemas aplican calor y procesos electroquímicos que liberan CO2 concentrado. A partir de ahí, el gas se inyecta a gran profundidad en la tierra para almacenarlo de forma permanente en las rocas, o bien se utiliza para fabricar productos. No obstante, el impacto real varía mucho: usar el carbono para producir hormigón lo retiene por siglos, mientras que destinarlo a combustibles sintéticos vuelve a liberarlo rápidamente, aunque en algunos casos sigue siendo la mejor alternativa.El elevado costo actual de retirar CO2 del aire y las expectativas de su reducción El sector no ha parado de crecer significativamente en muy poco tiempo. A comienzos de 2025, el mapa global ya contaba con unas 150 empresas dedicadas a la tecnología DAC, cuando hace apenas una década eran solo unas pocas. Actualmente, hay unas tres docenas de plantas en funcionamiento y muchas más en camino. Una de las plantas más grandes que opera hoy es Mammoth, en Islandia, que está gestionada por Climeworks, y puede capturar unas 36.000 toneladas de CO2 al año para mineralizarlo bajo tierra. Ahora bien, a finales de 2025 se le unió Stratos, una enorme planta en el oeste de Texas que puede llegar a capturar medio millón de toneladas al año, lo que equivale a retirar de la circulación más de 116.000 docenas de gasolina.Detrás de todo esto hay una serie de decisiones políticas e inversión privada. Estados Unidos ha sido el principal motor de esta tecnología mediante subvenciones y créditos fiscales, que ofrecen hasta 180 dólares por tonelada capturada y almacenada de forma permanente. Países como Canadá, Japón y algunos de la Unión Europea están diseñando sus propios incentivos y sistemas de comercio de emisiones. A esto se suma el sector corporativo; gigantes como Microsoft y la coalición de empresas Frontier ya compran millones de toneladas de créditos de remoción futuros. Incluso a nivel diplomático, bajo el artículo 6 del Acuerdo de París, países como Suiza y algunos nórdicos ya están sentando las bases para intercambiar estos créditos de captura de carbono entre sí.Cabe destacar que el despliegue de la tecnología DAC despierta dudas muy razonables. La principal preocupación de muchos expertos es que estos avances sirven de excusa para retrasar la reducción de emisiones que tanto urge; por eso se insiste en que las metas de reducción y las de remoción deben ser totalmente independientes. También hay recelo en ciertas comunidades locales, especialmente en aquellas que ya conviven con infraestructuras petroleras y temen los efectos de albergar nuevas tecnologías. Otra gran inquietud es que el CO2 capturado se termine usando para la "recuperación mejorada del petróleo", un método que, aunque almacena gas bajo tierra, sirve para extraer más crudo. Si sumamos la desconfianza que generan incidentes como la ruptura que hubo en un gasoducto de CO2 en Misisipi en 2020, queda claro que se necesitarán controles más rigurosos que garanticen que el remedio no sea peor que la enfermedad. El "agujero de calentamiento" de Groenlandia que podría "congelar" Europa en los próximos añosEl consumo de recursos es otro tema muy importante. Hacer funcionar estos enormes filtros requiere una cantidad enorme de energía. De hecho, si Estados Unidos quisiera capturar 8 millones de toneladas de CO2 al año para 2023, gastaría cerca del 0,4 % de toda su electricidad. Y esa energía tiene que ser limpia; de lo contrario, estaríamos emitiendo más CO2 del que retiramos del aire. La buena noticia es que los requisitos varían según el diseño del sistema. Las tecnologías de disolventes líquidos necesitan altas temperaturas, de unos 900 grados, lo que suele obligar a usar gas natural con captura de carbono integrada. En cambio, los sistemas de sorbentes sólidos operan a temperaturas mucho menores, permitiendo el uso de calor residual o energía geotérmica. Emitir demasiado dióxido de carbono supone un gran problemaEn cuanto al suelo, aunque requieren espacio para la infraestructura energética, su huella es muchísimo menor que la de los bosques: capturar medio millón de toneladas de CO2 mediante árboles requiere unos 690 kilómetros cuadrados, mientras que una planta AC solo necesita entre 0,3 y 33 kilómetros cuadrados. El agua también es un factor clave y muy variable; algunos sistemas consumen bastante agua debido a la evaporación, mientras que otros, curiosamente, pueden llegar a generar agua limpia durante su funcionamiento.Por último, está el tema del dinero. Limpiar la atmósfera es, hoy por hoy, una opción muy cara. Mientras que plantar árboles cuesta menos de 50 dólares (unos 45 euros) por tonelada de CO2, capturarla directamente del aire se cotiza actualmente en un rango que va desde los 100 hasta los 2.000 dólares (unos 1.700 euros), con un promedio de 490 dólares (unos 420 euros) en el mercado voluntario de créditos de carbono. Las empresas esperan abaratar el proceso para el final de esta década, pero bajar de ahí necesitará mucha inversión e investigación. Al fin y al cabo, a diferencia de otras tecnologías verdes, la captura de aire no genera un producto de consumo de alta rentabilidad; es, más que nada, un servicio público de limpieza ambiental.