El hermano Pablo: «Fray Carlos Amigo era pastor, padre y hermano; un don de Dios en mi vida»

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La Archidiócesis de Sevilla celebró el pasado sábado 13 de junio la ordenación de cinco nuevos sacerdotes en la Catedral hispalense. Entre los diáconos que fueron ordenados por el arzobispo, monseñor José Ángel Saiz Meneses, hay uno que resulta especialmente familiar y querido por muchos sevillanos: Pablo Noguera Aledo, más conocido como el hermano Pablo. Después de tres décadas de discreto y fiel servicio como secretario personal del cardenal Amigo Vallejo, este fraile franciscano de la Cruz Blanca nacido en Murcia ingresó en el Seminario Metropolitano de Sevilla hace tres años. Ahora comienza su periplo como sacerdote con su primera misa, que tendrá lugar este jueves a las 20.30 horas en la parroquia del Sagrario. El hermano Pablo atiende a ABC antes de tan especial eucaristía. —¿Cómo fue su ordenación sacerdotal el pasado sábado? —Lo definiría como un momento de gracia en el que toda la Iglesia en general, y de manera particular la de Sevilla, se vistió y celebró de fiesta la bondad de Dios. Un Dios que cuida de su pueblo y lo provee de nuevos ministros que en su nombre puedan alimentarlo con su palabra y con los sacramentos, que son canales de gracia. Fue una liturgia espléndida y muy cuidada. Un momento inolvidable y de gran intensidad espiritual. —Que se ordenen en Sevilla cinco sacerdotes, cinco nuevas vocaciones, debe de ser motivo de una inmensa alegría para la Iglesia. —La ordenación de un nuevo sacerdote siempre es motivo de alegria y de gratitud a Dios, ¡y si son cinco, pues imagínate! Pero también es una llamada de atención a la comunidad eclesial para que nos percatemos de cuán necesario es pedir por las vocaciones al sacerdocio, para que se sensibilicen nuestras comunidades y se trabaje en favor de ellas. Ya se sabe que el espíritu de Dios siempre hace su trabajo, pero hemos de acercar aún más la figura del sacerdote a la sociedad y hacerla atractiva. Ya no se trata de engrosar las filas, sino de tomar conciencia de lo necesario del ministerio para que la Iglesia sea mejor atendida y esté siempre provista de lo más necesario: la eucaristía, la palabra y la reconciliación. La diócesis de Sevilla está pletórica, pero la mies es mucha —dos millones de fieles— y los obreros son los que son. Bendito sea Dios. —Sevilla le quiere y recuerda por todos los años que pasó como secretario personal del cardenal Amigo. ¿Qué significa fray Carlos para usted? —Ciertamente siento el cariño de Sevilla. Han sido muchos años de vivir intensamente la tarea diocesana junto a fray Carlos, quien fuera arzobispo de esta queridísima diócesis. Por tanto, hablar de la Iglesia de Sevilla es recordarle a él, y recordarle a él es recordar a Sevilla. Fray Carlos, más que significar, es, como tantas veces he dicho, pastor, padre y hermano. Para mí es un don de Dios en mi vida. —¿Qué aprendizajes y enseñanzas extrae de aquel periodo y cómo ha cambiado su vida desde entonces? —Se aprende caminando. Se hace camino al andar. Y con unas claves diferentes a la lógica del mundo. Esas claves van muy relacionadas con el anonadamiento que cada uno de los que nos sentimos Iglesia experimente viendo a tantos sacerdotes entregados a la tarea del evangelio, y tantas veces viviendo en precario pero entusiasmados en la causa del evangelio. Todos los sacerdotes han sido verdaderos catedráticos de humanidad porque los veía también hundidos en la fe, y esa es una de las lecciones más bonitas que he aprendido. Aun siendo tan diferentes unos de otros he percibido respeto entre ellos y obediencia a la misión, cada uno en la medida que le era posible. He visto una Iglesia viva que con entusiasmo quería ser consecuente con los principios evangélicos, con una gran devoción a la eucaristía, a Cristo y a la Virgen María en tantas advocaciones; sensible a los pobres y con gusto y decoro en las celebraciones litúrgicas. He aprendido, en definitiva, la lección de la naturalidad en la vida de la fe. Mi vida ha cambiado en tanto en cuanto me he ido metiendo en la piel del pueblo andaluz. No se trata de remedar o de impostar por mi parte aquello que hacen los andaluces, sino de servirles como yo soy y queriéndolos como el pueblo es. Evidentemente, se adoptan formas artificiales, aunque a la larga se han ido adhiriendo formas y expresiones de este pueblo que hacen que te sientas más en familia. He cambiado en estar más sereno y también en querer hacer mejor las cosas. —¿Qué etapa se abre ahora y cuáles son los primeros pasos que tiene marcados? —La etapa que se abre ahora es la de la esperanza, la misma que he tenido siempre. A la que estamos llamados todos los cristianos. Sentir la urgencia de la evangelización hace que tengamos una debida preparación y sobre todo entusiasmo para lo que el Señor disponga pidiéndole la fuerza de su espiritu. Todo ello estando atento siempre a lo que disponga el señor arzobispo, que para eso hemos prometido obediencia. Nada pedir y nada rehusar. Y estaré contento de ir allá donde sea enviado para ser «cura de almas», dándoles el pan de la vida a los enfermos y a todos los fieles, y dispensando misericordia en nombre de Jesucristo.