Crítica de 'Toy Story 5' (****): La fortaleza del trapo y el chisme contra la amenaza digital

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Treinta y un años después de que se estrenara la primera 'Toy Story' de John Lasseter llega la quinta, en esta ocasión dirigida por Andrew Stanton. Lo que quiere decir que hay varias generaciones de niños, jóvenes y adultos que han crecido con ese tatuaje de Pixar en el corazón, o sea, que hay por ahí millones de tíos en la cuarentena que respiran el oxígeno de ese universo sin necesidad de escafandra. No hay novedades en 'Toy Story 5' y vuelve a ser, como las anteriores, la mejor de todas, incluso a la altura de la tercera de ellas, cuando el niño Andy ya se prepara para ir a la Universidad, en lo tocante a golpetazo emocional y conocimiento exhaustivo de los resortes del alma 'toy' y de su profundo sentido del amor, el deber y la pertenencia. El magnífico guion de Andrew Stanton y de McKenna Harris hurga con total acierto y delicadeza en un asunto crucial de la infancia de esta época, la entrada de tablets y otros dispositivos electrónicos en la habitación de los juguetes. La idea central es que los juguetes clásicos, los Woody, Buzz Lightyear, la vaquera Jessie, ahora sheriff, Rex, Hamm, el Sr. y Sra. Cara de Papa…, en fin, todos, han advertido la amenaza que supone el nuevo, preferido y absorbente juguete que tiene su amada Bonnie, Lilypad, una tablet con la misión de que vuelva a entrar en el círculo social de niñas del cole. Una amenaza doble, por un lado para ellos, que son relegados y condenados a no cumplir su misión de divertir a Bonnie, y por otro, para la propia Bonnie, que ve derrumbarse la naturalidad de su vida, juegos y fantasía entre intercambios de mensajes y maliciosos cotilleos. Hay una escena tan terrible como cierta cuando una noche los juguetes vivos miran desde el tejado las casas del vecindario y ven a través de las ventanas a todos los niños solos y a oscuras ante la iluminación azul de sus pantallas digitales. El fondo de 'Toy Story 5' es clarividente, edificante, pues advierte y desenmascara algunos de los problemas con los que se enfrentan el mundo infantil y el mundo adulto, y es esa absoluta y adictiva dependencia de las pantallas para llevar (o dar la impresión de que se lleva) una vida social adecuada y 'normal'. Han perdido la conexión con su universo y la magia de sus muñecos y chismes, también con el torrente de imaginación y diversión que estos les proporcionaban, y ahora solo tienen ojos y manos para esos banquetes digitales. Además, y esto es importante para señalar la inteligencia y sensibilidad de Pixar, Disney y sus guionistas y director, la película no tiene villanos y no se ocupa en destruir el imparable avance digital: señala sus peligros, pero también reconoce la utilidad de Lilypad, las tablets y las buenas conexiones para que la aventura continúe. Y los detalles de esa aventura son, como en las anteriores, magníficos, espectaculares y llenos de ritmo, peligros y pasiones, como la del ingenuo Buzz por la lideresa Jessie, en esta ocasión más protagonista aún que el vaquero Woody, genial en su papel y ya con una deslumbrante calvita en la nuca que lanza destellos a los demás. Personajes, muñecos, animales, dibujos, fantasía imparable y con algunos oportunos brotes de emoción pura, de sentimientos al pie del árbol de la infancia (la caja escondida con la mayor prueba de amor) que nos dicen que respetar, querer y ser querido por tus 'juguetes' te convierte en mejor persona.