Durante meses, las grandes tecnológicas presionaron a sus plantillas para que exprimieran cada herramienta de IA disponible, pero el péndulo ha girado y ahora son los propios consejeros delegados los que ordenan recortar el gasto. Los topes de tokens, las tablas de clasificación eliminadas y el repliegue en los despliegues internos dibujan un cambio de rumbo que hace apenas un trimestre habría parecido impensable.El giro lo recoge Futurism, que retrata cómo la cultura del consumo masivo de inteligencia artificial choca de bruces con la factura que genera. Hasta hace nada, empresas como Amazon y Meta montaban leaderboards internos que clasificaban a los empleados según los tokens que devoraban, como si trabajar fuera una partida con marcador. Meta llegó a meter ese consumo en las evaluaciones de rendimiento. Era el reino del tokenmaxxing, la jerga con la que la comunidad celebraba gastar sin freno.Cuando la factura llega y nadie la esperaba Jensen Huang es el único CEO que sigue manteniendo un discurso triunfalista respecto a las inversiones en IAEl problema es que esa fiesta tiene un coste muy concreto, y empieza a doler. Futurism cita el caso de un único empleado que llegó a gastar 150.000 dólares al mes en tokens, una cifra que se entiende mejor al saber que hay una empresa desembolsando 500 millones mensuales solo en tarifas de uso de Claude. En los lugares más enganchados, según el Ramp AI Index, el gasto medio ronda los 7.500 dólares por empleado y mes.La reacción no se ha hecho esperar. Amazon y Meta han desmantelado sus tablas de clasificación, y Uber ha impuesto un tope de 1.500 dólares mensuales por trabajador después de que uno de sus altos ejecutivos admitiera que la IA no rendía lo que costaba. Sus palabras fueron directas: la tecnología no estaba generando ganancias de productividad claras frente a unos costes tan elevados. Un ejecutivo de NVIDIA fue todavía más crudo al reconocer que gastaba más en IA para su equipo de investigación que en pagar a esos mismos investigadores.La contradicción es difícil de digerir para quienes llevaban año y medio predicando lo contrario. Un directivo de una gran tecnológica lo resumía a The Economist asegurando que cuadrar estos costes con todo el evangelismo previo iba a ser una pesadilla absoluta. El discurso oficial y la hoja de cálculo apuntan ahora en direcciones opuestas, y la segunda pesa más en las decisiones que se están tomando.El verdadero problema lo tienen los que venden los modelos Aquí es donde el asunto se complica de verdad, porque este repliegue no solo afecta a quien paga la factura. Si las empresas cliente cierran el grifo, las desarrolladoras de modelos como OpenAI y Anthropic ven tambalearse su negocio, que depende de que alguien siga pagando tarifas cada vez más altas. Los precios actuales podrían ser, de hecho, los más bajos que veremos nunca, porque están subvencionados para captar clientela.La duda es si esa rebaja artificial aguanta sin llegar nunca a la rentabilidad. OpenAI, con Sam Altman al frente, estaría sopesando bajar sus tarifas para abrir una guerra de precios contra Anthropic, anticipando que su rival responderá con la misma jugada. Todo esto encaja con la huida hacia adelante de Big Tech, que sustituye empleados por máquinas para justificar inversiones colosales que todavía no generan beneficios.El panorama tiene además un componente casi irracional que los datos confirman. Una encuesta de KPMG y Boston Consulting Group revela que uno de cada cuatro directivos da por hecha la burbuja, y aun así el 94% planea mantener o aumentar el gasto en 2026, según los CEOs que admiten la burbuja. Recortan en los tokens del empleado de a pie mientras prometen duplicar la inversión global, porque el miedo a quedarse atrás pesa más que la prudencia contable.