La diferencia entre España y el Real Valladolid es que al Pucela le habría metido un par de goles Cabo Verde , sin despeinarse. Uno en un córner y otro en un penalti tras rozar el balón la mano de cualquiera de nuestros delanteros fraudulentos. Por lo demás, muy similar. Ustedes no saben lo que es sufrir, no conocen la desdicha de seguir al Real Valladolid y no han alcanzado la mística del estoico del balompié. Pero yo sí. Y por eso lo visto el lunes en el partido de la Selección me resulta tan familiar, llevamos años de pretemporada, esta aberración que han visto es a lo que en mi tierra llamamos fútbol. Cuando el partido se pone así, sabemos que la Selección podría estar jugando dos semanas sin crear una ocasión, sin intentar un desborde y sin llegar a la línea de fondo; ni una segunda jugada, ni un rebote, ni un tiro lejano. Absolutamente nada. Cuando esto sucede –les doy un consejo– me siento en el sofá en la posición del Loto, cruzo las piernas, toco el dedo índice con el pulgar de cada mano, las poso sobre las rodillas y me limito a inspirar y a expirar, como un Buda haciendo la fotosíntesis. Adquiero odio y expulso rencor, en un ciclo sin fin, como el de la luna y las mareas. Así me tiro noventa minutos más los cinco de añadido, como un desdichado pensando en Oyarzabal como en aquella exnovia que desapareció sin dar explicaciones; en Ferrán Torres, como pollo sin cabeza, incapaz de ofrecerse donde debe; en Llorente, dando pases para atrás, como poseído por José Mari Bakero; en Gavi entorpeciendo a todos, como si les lanzara un hechizo. Cuando mi estado de consciencia roza lo ascético, pienso como un entrenador y no encuentro soluciones. Un par de días después sigo sin encontrarlas. Tampoco encuentro un solo motivo por el que algún rival vaya a decidir no utilizar unas armas que ya han visto que funcionan. Así que me preparo para lo peor y me apiado del público que ha decidido pasar su tiempo de ocio viendo esta abominación: les percibo como parientes. Aunque, como decía Perich, España no hay más que una. Y eso es algo que nunca nos han agradecido lo suficiente.