El fútbol también se puede leer. Se puede jugar o disfrutar con su contemplación, pero también leer. Y leerlo con el mismo grado de pasión con el que se ve. El Mundial más largo de la historia es una extraordinaria ocasión para los insomnes y para los aficionados en general para rememorar el mejor fútbol a través de la magia de la literatura. El espectáculo revive y nos atrapa en forma de letra impresa que valen tanto como la mejor imagen. La pasión nos la provocan, por ejemplo, 'Puro fútbol' del cuentista argentino Roberto Fontanarrosa, devoto del Rosario Central —como lo fue el Papa Francisco del San Lorenzo de Almagro— y de la selección albiceleste, aquella que ganó el Mundial del 78 en el que Borges prefirió escuchar una conferencia sobre la inmortalidad que sumarse a la locura colectiva que se instaló desde el partido inaugural. Yo seguiría mi recomendación con el escritor uruguayo Eduardo Galeano y su 'Fútbol a sol y sombra'. En un libro anterior, Galeano otorgó al fútbol —reinante en la civilización contemporánea— el título de majestad ante cuya música nos derretimos tantos millones de futboleros. Continuaría con los 'Cuentos de fútbol' que fue capaz de 'arrejuntar' el más grande filósofo del balompié que es Jorge Valdano, capaz de reunir a Julio Llamazares, que nos conmueve con el penalti marrado por Djukic en la puerta de la gloria para el Dépor o a Fulgencio Argüelles que nos hace reír con la historia de un país en el que se hacen invisibles los balones y las desgracias se suceden ante la ausencia « de aquel alimento del alma», o con 'El césped' de Benedetti o 'El extremo fantasma' de Villoro, que aseguró que Dios es redondo. Contar la historia de un equipo modesto que llega a la final de la Copa inglesa es conmovedor y de ello se encarga J.L. Carr en 'Cómo llegamos a la final de Wembley'. Otra perspectiva toma la obra del norteamericano Joe McGinniss, 'El milagro de Castel di Sangro', el equipo de ese pueblito de los Abruzos que alcanzó su gloria durante dos temporadas en la Serie B. Desde luego son imprescindibles dos obras ajenas al paso del tiempo: 'Fiebre en las gradas', de Nick Hornby, y 'La soledad del portero ante el penalti', de Peter Handke. Jardiel Poncela se adelantó al Papa Robert Prevost e hizo a Dios madridista, igual que lo fue un dios de la literatura española, Javier Marías, cuyo 'Salvajes y sentimentales' es de necesaria lectura, incluso para los barcelonistas que hacen de Vázquez Montálban su tótem. No debe desdeñarse a la afición del Athletic de Bilbao con su estandarte Gálder Reguera y sus 'Hijos del Fútbol'. Me quedan dos —y he de dejar fuera a algunos como mí querido Carlos Marzal— y necesariamente deben ser los escritos por los dos grandes cronistas contemporáneos: Santiago Segurola, 'Héroes de nuestro tiempo', que es pura 'finezza' y Alfredo Relaño, que nos acaba de regalar '366 historias de fútbol mundial'.