Hubo una planta tan valiosa que un imperio entero la consumió hasta hacerla desaparecer. Se llamaba silfio, crecía solo en una estrecha franja de la actual Libia, alrededor de la antigua Cirene, y los romanos la pagaban casi a precio de metal precioso. La ciudad que la exportaba se hizo rica gracias a ella. Su valor de mercado acabó siendo su condena.Julio César llegó a guardar una buena cantidad en el tesoro público, junto al oro y la plata. Plinio el Viejo dejó escrito que el emperador Nerón recibió el último tallo conocido como una rareza digna de un soberano. Después, el rastro del silfio se pierde para siempre.La planta servía para casi todo. De sus tallos y raíces se extraía una resina, el laserpicio, que valía como condimento de lujo, como remedio médico, como perfume y como anticonceptivo, una combinación que disparó su demanda en la Antigüedad. El médico Sorano de Éfeso llegó a recomendarla para evitar embarazos. Pocos productos concentraban tanto deseo en tan poca cantidad disponible.Una fortuna que crecía solaLa planta tenía un defecto fatal para su supervivencia. Según un artículo del medio The Conversation, el silfio se resistía al cultivo y solo brotaba de forma silvestre en su rincón libio, de modo que la oferta nunca pudo seguir el paso a la demanda. Cuanto más subía su precio, más se la explotaba, igual que ocurre con tantos recursos de la Roma antigua. El mercado se la comió literalmente.Los ganaderos llevaban el rebaño a pastar sobre los brotes y los recolectores arrasaban con lo que quedaba. Antes que Roma, los griegos ya la recibían como tributo de las tribus libias, las únicas que sabían recolectarla y prepararla. A ese saqueo se sumó el cambio del clima y la desertización de la costa norteafricana. La combinación resultó letal para una especie que ya jugaba con desventaja, de las que hoy figurarían en cualquier lista de riesgo de extinción.Del cofre imperial a la nada Nerón tuvo su último ejemplarEl aprecio de las élites aceleró el final. Cuanto más raro se volvía, más caro y codiciado resultaba el silfio, en una espiral que ningún cultivo podía frenar. Que Julio César lo atesorara como reserva de Estado da idea de hasta dónde llegaba su cotización.El testimonio de Nerón es el que mejor retrata el desenlace. Tener un único tallo y entregarlo al hombre más poderoso del mundo convierte a la planta en objeto de coleccionista más que en mercancía. Aquel emperador Nerón heredó, sin saberlo, el punto final de una especie. La abundancia se había convertido en reliquia.La búsqueda de un fantasma vegetalDesde hace años, varios botánicos creen haber dado con su descendiente. Una especie de hinojo gigante hallada en Anatolia en 2021, la Ferula drudeana, se parece mucho a las representaciones antiguas del silfio. Falta lo más difícil de todo: encontrar semillas datadas en yacimientos seguros para poder confirmarlo.El silfio dejó monedas con su silueta, recetas que lo citan y una leyenda de poderes que ninguna fuente antigua sostiene del todo. De la planta en sí no queda ni una muestra que llevar al laboratorio. Roma la quiso tanto que la quiso entera.