Hay torneos que premian el talento y otros que, además, exigen resistencia psicológica. El Open USA pertenece, sin discusión, a esta segunda categoría. Y Jon Rahm lo vivió en carne propia en una segunda jornada tan dura como difícil de explicar. Después de una primera vuelta sólida , seria y competitiva, saldada a primera hora del viernes con un meritorio −2 libre de 'bogeys', que le metía en la historia del torneo como el único jugador sin errores en veintidós años, todo hacía pensar que se podía soñar con las opciones del vasco. Había controlado el campo, había gestionado soberbiamente el 'rough' y, sobre todo, había transmitido esa sensación de autoridad que suele acompañarle cuando está cómodo desde el 'tee'. Pero, en cuanto minutos más tarde salió el cartel de la segunda jornada, el campeonato le mostró su cara más despiadada. El +8 de Rahm no fue solo una mala tarjeta; fue el reflejo de cómo el Abierto norteamericano puede desmontar, golpe a golpe, incluso a los jugadores más completos del mundo. Donde el jueves encontraba calles, el viernes aparecieron salidas comprometidas y pocas recuperaciones. Donde el 'putt' había respondido, comenzaron a acumularse errores de lectura y oportunidades desperdiciadas. Y, como suele ocurrir en este 'major', una vez que el torneo detecta una grieta, la ensancha sin piedad. Lo más llamativo no fue únicamente el resultado, sino la sensación de impotencia que transmitió Rahm, un jugador acostumbrado a imponer su físico y su agresividad, que por momentos pareció pelear más contra el campo —e incluso contra sí mismo— que contra sus rivales. La frustración fue creciendo a medida que avanzaba la vuelta, visible en sus gestos y en un lenguaje corporal poco habitual en sus mejores semanas. Eso es precisamente lo que hace tan cruel al U.S. Open. No siempre gana quien mejor pega a la bola, sino quien mejor soporta el sufrimiento. Y Jon, cuya competitividad feroz es una de sus mayores virtudes, a veces paga el precio emocional de vivir cada golpe con la máxima intensidad. En este torneo no basta con jugar bien; hay que sobrevivir cuando todo empieza a salir mal. Porque el talento nunca ha estado en duda. Se podría analizar cada hoyo en particular, pero la historia se repetía en todos ellos: ganas, esfuerzo por hacerlo bien y decepción al no conseguirlo. Ni siquiera el solitario 'birdie' del hoyo 5 le sirvió de consuelo tras el tropiezo que acababa de sufrir en el anterior. Sólo fue un islote de esperanza antes de la debacle absoluta sufrida entre el 12 y el 16, que le hizo dejar seis golpes en ese tramo. La debacle fue absoluta. Pasó del segundo puesto al 100 en cinco horas y falló el corte en un grande por segunda vez en siete años. Seguro que la procesión iba por dentro, pero al menos guardó la compostura y supo perder con dignidad. Como el campeón que había sido de este torneo y que seguro que querrá volver a serlo.