León XIV, ¿el progre?

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Decía el otro día el humorista Miguel Maldonado, en un análisis rápido, veloz y certero en el show en directo de 'Sastre y Maldonado', que la derecha se había ido desplazando tanto hacia su derecha en las últimas décadas, que cualquier idea progresista parecía hoy extrema izquierda. Lo decía a su forma, con su gracia innata y con otras palabras, pero el mensaje era ese. Porque aunque haya gente -poderosa, sobre todo- que quiere hacer parecer justo lo contrario, Maldonado está muy en lo cierto. Esto lo hacía en torno a la visita del Papa León XIV a España y sus declaraciones durante los días en los que su santidad estuvo pisando nuestro país.Si bien es cierto que, con la Constitución en la mano, España es un estado aconfesional, y no laico, me sorprende especialmente cómo ni siquiera parece acercarse a lo primero. Prácticamente un país entero se detiene frente a la llegada del jefe de Estado del Vaticano, quien se pasea saludando ante el fervor de millones de fieles que siguen viendo en él al mismísimo representante de dios en el mundo. Y, sin entrar en análisis más profundos de la cuenta, de los que se han encargado ya decenas de expertos y expertas, me sigue sorprendiendo la figura del 'Papa moderno' que comenzó con Francisco y sigue con León.Aunque cada vez tengo más claro que la vida no es ni blanca, ni negra, sino que tiene, como se suele decir, una gran cantidad de grises entre ambos extremos, hay cosas difíciles de cuadrar. No se puede ser alcohólico y abstemio, y no se puede ser del Madrid y del Barça a la vez. De la misma forma, entiendo que no se puede ser Papa y moderno o, mejor dicho, Papa y progresista. Lo que sí se puede es ser más o menos descarado con lo que se dice, tener mayor o menor sensibilidad o mostrar, al menos, la decencia de reconocer los innegables abusos de la Iglesia. Pero eso no hace a un Papa ser moderno, o de izquierdas, porque, el mismo hecho de pertenecer a la Iglesia Católica y su entramado, ya lo hace parte de siglos de conservadurismo, abuso de poder y desigualdad.La figura del Papa me recuerda a la del Rey, sobre todo en eso que dijo de "abandonar la crispación y la polarización". Resulta banal, bienqueda y burdo, pero esa absurda autoridad divina que sus iguales le confieren le fabrica una falsa imagen de progresismo que no se la cree ni él. Y no, no hablo de las creencias. Hablo de la Iglesia como institución, y no seré ni el primero ni el último al que le resulta flagrante la hipocresía que de ella emana. Basta con buscar un poco por Google el patrimonio del Vaticano para entender que estos inventos carecen de cualquier justificación moral. Que cada cual crea en lo que quiera, ya sea por encontrarle un sentido a la vida, por aferrarse al reencuentro con algún ser querido o por puro miedo al juicio final, pero, por favor, dejen de lamer los zapatos rojos del Papa: se los ponga o no, siempre nos estarán pisando.