¿Para qué se hizo esta guerra?

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La paz anunciada entre Estados Unidos e Irán merece una cautela extrema. Donald Trump ha proclamado tantas veces la inminencia de un acuerdo que resulta difícil conceder credibilidad automática a un nuevo anuncio. La cadena CNN ha contabilizado 38 ocasiones en las que el presidente estadounidense aseguró que el entendimiento estaba próximo. Ahora sostiene que este viernes, en Ginebra, se firmará la paz definitiva auspiciada por Pakistán. Habrá que esperar a conocer el texto, sus garantías y su grado real de cumplimiento antes de dar por cerrado un conflicto que ha desmentido repetidamente los pronósticos de Washington. Pero incluso si el pacto prospera, la pregunta política de fondo resulta inevitable: ¿para qué se hizo esta guerra? Estados Unidos e Israel iniciaron la ofensiva contra Irán el pasado 28 de febrero. Tres meses y medio después, miles de muertos, una gravísima perturbación de la economía mundial, una crisis energética que ha tensado los mercados y una visible erosión de la posición internacional de Washington han desembocado en un escenario objetivamente peor que el anterior. Entonces se negociaba desde la diplomacia; ahora se negocia después de una guerra cuyo principal resultado ha sido reforzar la posición de la república islámica. El acuerdo deja para una fase posterior las cuestiones esenciales: el enriquecimiento de uranio, las inspecciones y el alcance del programa nuclear iraní. Es decir, aquello que supuestamente justificó el recurso a la fuerza continúa sin resolverse. Irán, además, ha descubierto que la amenaza de cerrar el estrecho de Ormuz es una herramienta de presión extraordinariamente eficaz. La creciente asimetría entre el coste de los grandes despliegues navales y el de sistemas relativamente baratos, como los drones antibuque, amplía su margen de influencia en futuras negociaciones. Teherán obtiene además una victoria estratégica difícil de ignorar. El régimen podrá presentar el desenlace como una prueba de resistencia frente a la primera potencia militar del mundo. Irán no ha sido derrotado. No ha visto desmanteladas sus capacidades nucleares. No ha sufrido un cambio de régimen. Y conserva margen para negociar desde una posición fortalecida. En Oriente Próximo, donde la percepción del poder tiene un valor político decisivo, no perder equivale con frecuencia a ganar. A ello se suma la gran incógnita israelí. El Gobierno de Netanyahu no solo ha quedado al margen de las negociaciones, sino que una parte significativa de su coalición rechaza el acuerdo y dispone de instrumentos para sabotearlo. Israel mantiene tropas en territorio libanés, continúa ocupando zonas del sur del país y las facciones más radicales consideran que cualquier paz con Irán que no desactive su programa nuclear es una capitulación inaceptable. Nada impide que Tel Aviv reanude operaciones militares al margen de lo acordado en Ginebra. Los acuerdos firmados sin el respaldo de todos los actores armados sobre el terreno tienen, como enseña la historia reciente de la región, una vida extraordinariamente corta. Toda guerra exige definir con claridad los objetivos políticos que persigue. La impresión que deja este conflicto es precisamente la contraria: Washington entró sin explicar qué resultado pretendía obtener y sale con un acuerdo que no resuelve las causas que lo provocaron. Hay un precedente que invita a la reflexión: en 2003, Estados Unidos entró en Irak con objetivos proclamados a los cuatro vientos –desarme, democracia, estabilidad regional– y salió años después dejando un país fracturado y un Irán regionalmente más poderoso. La historia no se repite, pero a veces rima con una precisión inquietante. La paz siempre es preferible a la guerra, también en esta ocasión. Pero cuando una guerra termina dejando al adversario más fuerte, a los aliados más desconfiados y las causas del conflicto sin resolver, el único balance posible es el del fracaso. Estados Unidos tendrá que explicar, tarde o temprano, qué compró exactamente con este precio que se ha pagado.