Una perforación de 1.250 metros de profundidad en el hielo de Groenlandia ha permitido mirar mucho más atrás de lo esperado en la historia de la contaminación humana. El hallazgo apunta a una conclusión impactante: el ser humano lleva contaminando el planeta con mercurio desde hace unos 4.000 años.La investigación, liderada por un equipo internacional y publicada en la revista Science Advances, analiza un núcleo de hielo milenario que conserva señales químicas de diferentes etapas de la historia del planeta. Ese registro ha revelado que la presencia de mercurio de origen humano en la atmósfera comenzó coincidiendo con la Edad de Bronce.Hasta ahora, la contaminación por metales pesados se asociaba sobre todo al inicio de la era industrial. Sin embargo, los datos extraídos de esta columna de hielo obligan a revisar esa idea. La huella del mercurio no sería solo cosa de los últimos siglos, sino de milenios. Ari Feinberg, investigador y autor principal del trabajo, lo resume de forma contundente: "Solemos pensar que los humanos llevamos contaminando el planeta solo un par de siglos, pero esta nueva investigación revela que, en el caso del mercurio, hablamos de milenios".El hielo de Groenlandia como archivo de la contaminación humanaEl núcleo analizado abarca prácticamente la totalidad del Holoceno y funciona como una especie de archivo natural. En sus capas han quedado registradas señales procedentes tanto de fenómenos naturales, como erupciones volcánicas, como de actividades humanas desarrolladas a miles de kilómetros de distancia. La metodología empleada por los científicos fue especialmente minuciosa. El núcleo de hielo se dividió en fragmentos correspondientes a periodos de cinco años, que después fueron limpiados y fundidos en laboratorio para detectar trazas químicas.El valor del hallazgo está en que el registro ártico permite reconstruir cómo determinadas actividades humanas dejaron una señal atmosférica incluso en zonas tan alejadas como el centro de Groenlandia. Los investigadores sospechan que el refinado de minerales de cobre y estaño, junto al uso intensivo de cinabrio para pigmentos y fines terapéuticos, pudo estar detrás de esta alteración temprana.Feinberg vincula este fenómeno con evidencias arqueológicas halladas en Europa: "Arqueólogos han encontrado niveles altos de mercurio en huesos humanos procedentes de yacimientos funerarios de la península ibérica, lo que sugiere que el cinabrio se utilizó de forma generalizada en ese periodo". A juicio del investigador, la señal localizada en el centro de Groenlandia "podría ser un indicio temprano de que las emisiones de mercurio ya eran lo suficientemente elevadas como para extenderse por toda la atmósfera del hemisferio norte".Del rastro antiguo al aumento de la era industrialEl estudio también muestra que la acumulación de mercurio no se quedó en aquella señal temprana. Según el análisis temporal, la presencia de este metal tóxico fue creciendo con el paso de los siglos. Los registros indican que la acumulación se multiplicó por 2,7 a partir del siglo XIII y que volvió a dispararse de forma exponencial durante la revolución industrial, iniciada en 1840, hasta alcanzar un aumento del 7,4.Para obtener estas cifras, los investigadores separaron los eventos naturales de la huella atribuida a la actividad humana. Entre esos fenómenos naturales figura la erupción del volcán Laki en 1783, uno de los episodios considerados en el análisis. El descubrimiento tiene implicaciones que van más allá de la historia ambiental. El mercurio, al depositarse en los océanos, puede entrar en la cadena alimentaria marina, lo que conecta este registro milenario con debates actuales sobre salud pública y protección ambiental.El trabajo también puede servir para mejorar los modelos de emisiones y evaluar la eficacia de acuerdos internacionales como el Convenio de Minamata, orientado a reducir la exposición a este elemento tóxico y proteger la salud humana y el medio ambiente.La imagen que deja el estudio es poderosa: mucho antes de las chimeneas industriales y de la contaminación moderna, las actividades humanas ya estaban alterando la atmósfera. Y el hielo de Groenlandia, capa tras capa, ha terminado conservando esa huella durante 4.000 años.