Arrancar un viaje largo cruzando la península está bien hasta que la realidad del asfalto te golpea en el cristal. Tras horas de trayecto en los meses más calurosos, el parabrisas suele terminar sepultado bajo una capa de insectos que reduce drásticamente la visibilidad. Es en ese instante crítico, al accionar la palanca del agua en marcha, cuando muchos conductores recuerdan con terror que llevan semanas ignorando el chivato del cuadro de instrumentos.Seguir leyendo....