Roma es desde hace décadas sino siglos una trinchera invisible donde el pasado y la especulación se disputan cada metro cuadrado de adoquín. Vivir hoy en sus calles, esquivando el infierno estancado del tráfico, legiones de motos y las trampas lunares de las aceras, es el suplicio cotidiano de 2,7 millones de habitantes. Una ciudad que recibe cada año cerca de 50 millones de turistas y que, sin embargo, no ha sabido resolver las contradicciones que la asfixian desde dentro: la lotería de transporte público, la proliferación de pisos turísticos y una burocracia que a menudo convierte cualquier papeleo en una expedición al Ártico. Por eso, el anuncio de esta semana de que la Junta de la capital italiana ha aprobado el paquete de medidas para diseñar las nuevas Normas Técnicas de Actuación (NTA) del Plan Regulador General de la ciudad no es un mero trámite de ventanilla.Seguir leyendo....