La Tierra Callada

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Formar parte de la Fundación Savia proporciona muchas y variadas satisfacciones, una de ellas, no por marginal menor, es que dos veces al año, con motivo de las reuniones del Patronato, me lleva a recorrer los doscientos y pico kilómetros que separan mi pueblo, en la Sierra de Segura de Jaén, de la aldea de Zamoranos al pie de la Subbética cordobesa. Doscientos y pico kilómetros entre olivares, sin pausa, a derecha e izquierda, en todo lo que alcanza la vista, que a ratos es mucho.Conduciendo sin prisas, aunque se trata de un paisaje bien conocido, no deja de impresionar y uno se pregunta -como el poeta- quién y cómo habrá levantado todo ese inmenso olivar.La respuesta (esta vez no está en el viento) está en aquellos versos de Miguel Hernández:“… No los levantó la nada,ni el dinero, ni el señor,sino la tierra callada,el trabajo y el sudor.Unidos al agua puray a los planetas unidos,los tres dieron la hermosurade los troncos retorcidos.”De esta preciosa y precisa estrofa quisiera destacar hoy un verso, dejando atrás la carga más importante, la social, incidiendo en el menos llamativo de los protagonistas: “la tierra callada…”.La “tierra callada” bonita figura…, los poetas no son técnicos, algunos sí, pero éste, por lo menos, no lo era, y llama “tierra” a lo que los técnicos llamamos “suelo” (la verdad es que parece mejor su denominación: ¿Suelo? ¿Cómo el de parquet o el de terrazo? Mejor sería que de aquí en adelante le llamásemos “tierra”).Con todo, lo más interesante de este verso está en el adjetivo que acompaña a la tierra: “tierra callada”. No sé si es intuición o perspicacia, pero ¡qué precisión la del poeta!. Esa es, además de una característica indiscutible, el principal problema de estas “tierras”, que son calladas, que no gritan. Si gritasen, estos olivares vendrían siendo un clamor continuo desde hace años. No creo que pudiéramos vivir tranquilos y mucho menos dormir. No lo digo por el laboreo superficial que araña levemente, le molesta -seguro- como le molesta a un niño que lo peinen para salir al paseo, pero poco más. Otra cosa han sido las labores más profundas que se daban con vertedera o discos -ya desparecidas, afortunadamente- que volteaban las capas, dejando al aire a los microorganismos que no lo necesitan y enterrando a los que lo precisan. No, eso son faenas del pasado, ahora es casi peor, ahora se deja la tierra desnuda (mediante la aplicación de herbicidas: sustancias tóxicas que tienen como objetivo impedir la germinación o el desarrollo de algunas plantas, pero que -de paso- se llevan por delante unos cuantos organismos más), o semidesnuda, arropada a franjas (unas franjas mínimas con hierba o cubierta con restos de poda triturados, a la que obliga -en determinados casos- la denostada “condicionalidad” de la PAC). Todo el año desnuda, desprotegida en pleno invierno bajo las escarchas feroces, y en verano con la solanera (la sombra del olivo es rala), también bajo la lluvia (empaparse a la tierra no le importa, al contrario, le encanta, pero no que el agua la golpee, le rompa sus agregados y se la lleve a rastras).Es curioso, aquí abro un paréntesis: (Con respecto a esto de las hierbas en el olivar ocurre algo llamativo, que tiene que ver con el lenguaje. Hay dos parejas de adjetivos antónimos, de uso muy común, cuyo significado nadie confunde excepto cuando se refieren a la tierra de cultivo, y ocurre, muy especialmente, en el caso del olivar. Se trata de los pares: “Vestido/desnudo” y “limpio/sucio”. Todo el mundo entiende que estar con ropa o sin ella es absolutamente independiente del estado de limpieza o suciedad, y viceversa. Pues en los olivares, no. Si la tierra sobre la que se asientan los olivos está desprovista de cobertura, o sea desnuda, se dice que está limpio el olivar. Y si está cubierta de hierba, total o parcialmente, se considera que es un olivar sucio, descuidado).No sólo tenemos desnuda la tierra de los olivares, también la tenemos hambrienta, pues en lugar de alimentarla adecuadamente (la tierra está llena de vida, millones de seres la habitan (bacterias y hongos, principalmente), microscópicos, que no se ven, pero están y realizan un trabajo fundamental cerrando el ciclo de los nutrientes y realizando otras funciones importantes de protección y estímulo, haciendo, en definitiva, esa tierra fértil. Desde que se sustituyeron -en el siglo pasado- los animales de labor por los tractores, y se dejó de disponer de estiércol, no se le proporciona lo que necesita, se pretende nutrirla con compuestos químicos simples, algo así como si a nosotros nos pretendieran alimentar con pastillas.Por desarropar y tener a dieta la “callada tierra” hay quien hasta le quita, soplando mecánicamente, las hojas caídas al pie, la poca materia orgánica y los nutrientes que el árbol se permite recuperar (a propósito, ahora que está de actualidad: lo de reutilizar las hojas caídas es un ejemplo perfecto de “economía circular” natural).Las técnicas de cultivo han ido cambiando, como casi todo, adaptándose a cada época. Técnicas que se han puesto al día, entre el acierto y el error -no todo lo nuevo es mejor- también hay tropiezos, callejones sin salida, como este modelo -que se impuso hace unas décadas- de manejar el campo como si fuera una máquina, olvidando que es un organismo vivo, un sistema complejo y diverso