Silencio informativo

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Lo que percibimos personalmente como “ahora”, este instante que los expertos dicen que dura unos pocos segundos, no es más que la sutil conexión que se construye en nuestra consciencia entre nuestros recuerdos y el futuro. Aquellos se elaboran a partir de la experiencia. Éste, en cierta forma, se puede construir a partir de nuestra capacidad de anticipación. A pesar de los aforismos clásicos, que insisten en lo contrario, no nos es del todo desconocido, sobre todo el más inmediato. La mente está entrenada para simular y estimar, de forma continua, lo que puede suceder, generando respuestas. Es lo que nos permite sobrevivir. El futuro a medio y largo plazo es otra historia, pero, incluso en este caso, nunca dejemos de imaginar qué va a suceder en un intento de encontrar certidumbres que nos permitan cierta serenidad. Por eso, nos sentimos enormemente confundidos y frustrados cuando perdemos los referentes (el buen conocimiento de las condiciones del entorno) que permiten la seguridad mirando al mañana.La actualidad informativa, que de alguna forma tendría que ser un símil del “ahora” individual, debería aspirar a ser algo parecido, aplicado a la colectividad que es la sociedad. Ninguna información relevante debería desaparecer completamente de nuestro acervo. Sin embargo y cada vez más, la coyuntura nos aparece como una realidad evanescente. Ya no sabemos nada de las personas que contrajeron el hantavirus o, más recientemente, casi no hay noticias sobre el ébola, que sigue expandiéndose. Como si no hubiese existido (o no existiese) ningún riesgo global de salud pública. Las guerras se diluyen en la información, aunque perduren el drama y sus efectos, en un silencio informativo que llama la atención. Incluso se anuncian sucesivos acuerdos inminentes de paz que, cuando finalmente se suscriben públicamente, parecen conllevar el archivo del sufrimiento. La corrupción, rechazable siempre y en todo lugar, ocupa portadas y es objeto de amplias campañas si es de unos, y es relegada poco menos que al anecdotario de la página del horóscopo si es de otros. Siempre fue así, seguramente. Nada nuevo bajo el sol. De ahí el adagio de que no hay nada más antiguo que el periódico de ayer.Como hemos dicho en esta columna, la gestión del olvido se constata como una realidad de la política de prensa. Una política de prensa absolutamente interiorizada en el devenir de la actuación pública (y privada) y que, además, ahora adquiere una nueva dimensión con las redes sociales, funcionando como gestoras de contenidos, difusoras generalizadas de información selectiva e individualizada y generadoras de opinión.Como decimos, a muchos de estos aspectos ya hemos aludido antes, alertando del alejamiento de la verdad pese a que debería ser el elemento imprescindible de la información. Solo se requiere un porcentaje mínimo de veracidad para justificar la noticia. Por ello, el problema es, en muchas ocasiones, de dimensión de la propia verdad. Y lo es porque la realidad se cuartea y, en la correspondiente dosis interesada, pasa a formar parte del argumentario de turno, construido para una finalidad concreta, generalmente interesada. Así, se confunde intencionadamente la opinión (incluso, la que es legítimamente de parte) con la información, y los gabinetes de comunicación (insistimos, públicos, pero también privados) se erigen en gurús y en parte esencial de medidas y calculadas estrategias de acción.Cuando la información pasa a formar parte, casi exclusivamente, de las trincheras de un mundo polarizado, y se convierte en parte instrumental de la confrontación, lo que debería tener un carácter objetivo, aunque fuese mínimo, se diluye en bloques preconfigurados. Una posición atrincherada que deforma no solo el modo en que se transmite la supuesta información, sino que sesga la propia selección de los contenidos que se sirven a la opinión pública y de aquellos de los que se decide el olvido, el silencio informativo.Los riesgos son evidentes. Se desvirtúa la función esencial del derecho fundamental a informar y a ser informado, elemento clave para la conformación de la opinión democrática de ciudadanos y ciudadanas libres. Pero también se llega a la desafección de la búsqueda de la propia información veraz y, de ahí, a la desconfianza, tanto por las dudas que se generan sobre la verosimilitud de la información, como las que derivan de la concurrencia de otros intereses en cuyo favor ceden sus contenidos, lo que, además, derivará al desarrollo de instrumentos o mecanismos de creación de opinión aún menos confiables. En las formas más sutiles, además, puede ser que el objetivo sea, precisamente, fomentar tal desafección, y para ello no hay nada más eficiente que la dosis adecuada de ignorancia, cuyo fomento permite la simplificación de mensajes, convertidos así en una sucesión de eslóganes de lema fácil, pegadizo y ocurrente.Por otra parte, estamos observando, con demasiada frecuencia en los últimos tiempos, a instituciones relevantes que caen en esta dinámica, son utilizadas o se dejan utilizar, y participan de la gestión de los tiempos informativos de forma descarada.  Instituciones que colaboran en la generación y en el refuerzo de un determinado estado de opinión o, directamente, olvidan sus procesos y el cumplimiento de sus funciones, cediendo ante el objetivo estratégico de turno, muchas veces ajeno a sus propias competencias. Al hacerlo, con un elevado coste, pierden su legitimidad en la misma medida en que puede cuestionarse el rol que legal o constitucionalmente tienen asignado.No son derivas ineludibles. La libertad de opinión y la libertad de prensa son tan esenciales que requieren de una protección activa y cuidada, que garantice su ejercicio efectivo.  El primer paso sería volver a recordar lo que significan, y no permitir su uso en vano. Porque la verdad no es absoluta pero los hechos sí requieren ser contrastados. Por eso el periodismo no debe morir. Y está en riesgo.