Si yo fuera rico…. el Reino Unido no tiene un problema con el euro, tiene un problema con Wall Street

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Si yo fuera rico" es una antigua melodía del cautiverio de Mikis Theodorakis que podría abrir muy bien este artículo de otro griego, Varoufakis. La maldición que acecha al número 10 de Downing Street es que los mercados te abrazan nada más llegar. Yanis Varoufakis publicó la semana pasada en Project Syndicate uno de esos artículos que incomodan porque tienen razón. El mercado de bonos del gobierno británico —los gilts— no lo sostienen ahorradores alemanes ni fondos de pensiones japoneses. Lo sostienen especuladores estadounidenses fuertemente apalancados que compran deuda a largo plazo con préstamos a corto plazo, se embolsan el diferencial y, en cuanto el viento cambia, venden todo a la vez. Cuando eso ocurre, el gobierno británico no tiene con quién negociar. No hay teléfono al que llamar. Solo mercado.La City no es el problema, es el síntomaEl diagnóstico es correcto. Pero Varoufakis, quizás por su propia historia con el euro, no extrae la conclusión más incómoda: que depender de una institución multilateral como el Banco Central Europeo —por costoso e imperfecto que sea ese marco— es estructuralmente preferible a depender de actores privados que no deben rendir cuentas ante nadie.La City no es el problema. Es el síntoma.Durante décadas, la narrativa oficial presentó la City de Londres como la joya de la corona de la economía británica. Varoufakis desmonta ese relato con elegancia: la City no produce riqueza soberana, sino que actúa como nodo funcional del sistema global del dólar. Desde que Bretton Woods colapsó en los años setenta, los financieros estadounidenses encontraron en Londres el marco legal, la opacidad jurisdiccional y la escala operativa para intermediar deuda británica a su favor.El resultado es paradójico: el Reino Unido imprime su propia moneda pero no es financieramente soberano. Cualquier política pública expansiva significativa —inversión en infraestructura, transición energética, vivienda pública— arriesga una retirada masiva de capital especulador que puede terminar en un rescate del FMI. Lo mismo que le ocurrió a Grecia, pero con libras en lugar de euros.Varoufakis propone la única salida coherente con su marco teórico: aceptar la caída de la libra esterlina y de los precios inmobiliarios, y crear un banco público de inversión respaldado por el Banco de Inglaterra que emita bonos sin depender del capital privado. Es una propuesta valiente. También es, electoralmente, casi suicida. Y omite una distinción analítica que cambia bastante las cosas.No todas las dependencia son igualesAdemás, el mito de la independencia absoluta es tan falso como peligroso; la aspiración cooperativa consiste en situarse en el lado de la codependencia no dominada No todas las dependencias financieras son iguales. Hay una diferencia cualitativa entre depender de actores de mercado anónimos que operan en la oscuridad y depender de una institución multilateral con reglas, representación y espacios de contestación política.Los especuladores estadounidenses que sostienen el mercado de gilts no tienen ninguna obligación de rendir cuentas ante el Parlamento británico ni ante ninguna instancia democrática. Sus decisiones son opacas, veloces y guiadas exclusivamente por el cálculo de rentabilidad a corto plazo. El gobierno de Londreno tiene voz, no tiene voto y no tiene foro. Simplemente acepta las condiciones o sufre las consecuencias.El BCE es una institución con todos sus defectos —y son muchos— pero es una institución. Cuando Italia y España sufrieron el ataque especulativo de 2011-2012, pudieron ejercer presión política interna. Hubo negociaciones, hubo tensiones públicas, hubo presidentes de gobierno que llamaron a cancilleres. Y en 2012 Draghi pronunció su famoso "whatever it takes" que detuvo la hemorragia. Ese momento fue posible porque los países afectados tenían representación dentro de la arquitectura del euro. El Reino Unido, en su relación actual con Wall Street, no tiene nada equivalente.Las razones (¿los traumas?) del griegoEl contraargumento más obvio lo encarna el propio Varoufakis. Grecia tenía el euro y aun así fue destruida. El BCE actuó como instrumento de presión para imponer la austeridad que el gobierno Tsipras había ganado elecciones prometiendo rechazar. La "audiencia institucional" no sirvió de nada frente al bloque alemán-holandés.Es el argumento más fuerte en contra de esta tesis. Y hay que tomárselo en serio.Pero hay una diferencia fundamental entre lo que le ocurrió a Grecia y lo que le ocurre hoy al Reino Unido. La derrota de Varoufakis fue política, visible y jurídicamente articulada. Hubo un referéndum. Hubo negociaciones en televisión. Hubo debates en el Europarlamento. Hubo una derrota que se pudo nombrar, analizar y, eventualmente, organizar políticamente para intentar revertir. La servidumbre financiera británica ante los mercados de capitales estadounidenses no tiene ninguno de esos atributos. Es estructuralmente invisible. No hay culpable identificable, no hay negociación posible, no hay foro donde impugnarla.Una derrota política en un espacio institucional es cualitativamente distinta a una derrota de mercado en el vacío. La primera permite aprendizaje colectivo y reorganización. La segunda simplemente ocurre, como una catástrofe natura.Aquí emerge una tensión interna en el pensamiento de Varoufakis que merece señalarse. Por un lado, diagnóstica la dependencia británica del capital especulador como una trampa sin salida dentro del marco actual. Por otro, lleva años liderando DiEM25, un movimiento cuyo objetivo central es precisamente la reforma democrática de las instituciones europeas, incluyendo el BCE.DiEM25 propone dotarlo de un mandato dual —estabilidad de precios y pleno empleo, como la Reserva Federal—, someterlo a control parlamentario efectivo y habilitarlo para emitir eurobonos mutualizados que financien inversión pública sin condicionalidades de austeridad. Es decir: convertir la dependencia institucional en algo genuinamente negociable y democráticamente contestable.La pregunta que Varoufakis no se atreve a formular es la pregunta clave ahoraAmbas posiciones son compatibles. Pero juntas hacen más relevante, no menos, el argumento sobre la superioridad estructural de la dependencia institucional frente a la dependencia de mercado. Si el BCE puede ser reformado —y Varoufakis cree que puede— entonces la pregunta correcta no es "¿euro sí o no?" sino "¿qué tipo de arquitectura financiera permite transformar las condiciones de la dependencia?"El problema del Reino Unido no es técnicamente monetario. Es políticamente estructural. Depende de actores que no puede interpelar, en un marco que no puede reformar, para financiar una deuda que no puede gestionar soberanamente. Entrar en el euro no resolvería eso automáticamente. Pero abriría, al menos, un espacio político en el que esa dependencia puede ser nombrada, debatida e impugnada. Eso es lo que la actual servidumbre ante Manhattan no permite.La condición de posibilidad de cualquier soberanía financiera real no es la moneda propia. Es tener interlocutores a los que rendir cuentas —y que rindan cuentas ante ti. Eso, hoy por hoy, solo existe en el terreno institucional europeo. Imperfecto, asimétrico, dominado por Berlín. Pero existente. Y por tanto, reformable.Varoufakis lo sabe. Por eso fundó DiEM25. La incoherencia está en no extraer de eso la conclusión sobre el Reino Unido. Varoufakis es un economista especialista en teoría de juegos que fue muy influenciado por una corriente del marxismo de influencia anglosajona como era el marxismo analítico. Haría bien el griego en recoger el reformismo de alguno de los marxistas analíticos como Elster o Wright y optar por la opción más probable frente a la más deseable —maximin—, especialmente en esta coyuntura geopolítica donde lo que asoma en el horizonte es el tecnofascismo y la urgencia de un nuevo Frente Popular global hace esa elección más pertinente que nunca.