El coche autónomo ya no es una promesa de ciencia ficción ni un experimento confinado a un circuito cerrado. La industria de la automoción y la tecnología aplicada a la movilidad aceleran la llegada de los vehículos sin conductor a las calles de todo el mundo. Y no lo hacen en solitario. Un ejemplo es el gigante automovilístico Stellantis, la firma de inteligencia artificial Wayve y la plataforma global de movilidad Uber, que de forma conjunta han anunciado una alianza global para desarrollar e implementar servicios de robotaxi de Nivel 4 (conducción totalmente autónoma) a gran escala. Esta colaboración marca un antes y un después en el sector. Hasta ahora, la viabilidad comercial de los vehículos autoguiados se enfrentaba al dilema de cómo escalar la tecnología sin incurrir en costes astronómicos. La respuesta del mercado ha sido clara al valorar que la unión de tres líderes sectoriales que aportan, de forma complementaria, el vehículo, el «cerebro» y la red de distribución. El despliegue inicial comenzará a explorar flotas comerciales en ciudades de Europa, América del Norte y más allá , apoyándose en pruebas que Wayve y Uber ya están ejecutando de manera conjunta en metrópolis tan complejas como Londres y Tokio. Para que un robotaxi de Nivel 4 pueda operar de forma segura por el centro de Madrid, París o Nueva York, su ordenador de a bordo debe enfrentarse al entorno operativo más complejo jamás diseñado para una máquina: el tráfico urbano. Compañías especialistas en el sector del cristal del automóvil, como Carglass, advierten de que la llegada de la autonomía total elevará al extremo la importancia de elementos que antes considerábamos puramente analógicos, como el parabrisas. Gran parte de los sensores y cámaras esenciales de percepción van instalados sobre el cristal delantero. En caso de rotura y sustitución del parabrisas, una recalibración milimétrica de las cámaras ya no será solo una recomendación de seguridad para los sistemas de asistencia ADAS actuales ; será una condición obligatoria para que el coche pueda, literalmente, seguir conduciendo. Una desviación imperceptible al ojo humano puede provocar un mal cálculo de distancias de la IA, lo que podría traducirse en una colisión. El taller del futuro inmediato requerirá un nivel de especialización tecnológica idéntico al del propio fabricante.