El odio que vandaliza la memoria

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¿Cuánto odio puede haber, cuánta incontenible violencia vandálica, en quienes han destruido a golpes de martillo el humilde hito en memoria de las 600 personas que fueron asesinadas en Jerez en las horas inmediatas al golpe militar de julio de 1936?Ni 24 horas han podido resistir que una simple leyenda rotulada sobre cerámica dignificara su recuerdo en el mismo lugar en que el comandante Salvador Arizón, desde el cuartel de Artillería de Tempul ejecutó sin piedad las órdenes de fusilamiento dictadas desde Sevilla por el general Queipo de Llano. No hubo resistencia en Jerez. Ni juicios ni causas sumarísimas. Solo fusilería y seres humanos abatidos por su simple pertenencia al gobierno municipal, a un sindicato, a un partido político o a cualquier instancia de la legalidad republicana.Pertenencia o pura simpatía, o sospecha, o delación. Una suma mortífera de la que la cercana Iglesia de Santiago y su párroco fueron mudos testigos o incluso, según algunas crónicas, algo peor que eso: cómplices activos de la intitulada Cruzada Nacional.Noventa años después sigue pesando demasiado el silencio de entonces. Su estela ha prorrogado la ignominia. Por no haber no hay ni cunetas o enclaves donde acudir a rescatar los restos de aquellas víctimas primeras del terror. Ellos fueron la anticipación doliente de cuarenta años de dictadura. ¿Qué fue de sus familiares? ¿Dónde lloraron a sus muertos?Y ¿qué fue de los demás ciudadanos que, andando el tiempo, abandonaron el miedo y se bregaron en las primeras batallas por las libertades? La memoria histórica es la conciencia de los pueblos. Sin ella, no hay civilización ni comunidad democrática que merezca ese nombre. Por eso, en un contexto tan cargado de indolencia, resulta admirable el tesón de los grupos memorialistas.En Jerez son ciertamente minoritarios y en su mayoría vinculados a la cultura anarquista o republicana. Eso no solo no les quita valor sino todo lo contrario. Son hoy por hoy la única llama encendida en el pebetero imaginario de la memoria histórica reciente.Una llama que no invoca revancha sino solo memoria, como la más elemental forma de justicia reparadora. Su esforzada acción debería prender y ampliarse transversalmente al conjunto de la sociedad. Del mismo modo, deberíamos todos denunciar la barbarie de la acción por la que ayer se destruyó el hito colocado apenas unas horas antes en el parque del Tempul y demandar su restitución íntegra y la debida protección física. Todo antes que asistir en silencio -otra vez el silencio- a la violencia y al odio que intenta acallar capítulos irrenunciables de nuestra propia historia.