La gripe es algo que se continúa en el organismo como un amigo invisible. Una vez que la tuviste tenés anticuerpos para seis meses o para nunca, porque como hay tantas cepas del virus, podés volver a caer mañana.Hay personas que durante las gripes y males menores anhelan ser cuidados por parejas y seres queridos y otros que, bajo la misma situación, prefieren pegarse un tiro. Yo soy de las segundas, y aunque obviamente obedece a que tengo un espíritu chúcaro, no soy el único ser humano que prefiere morir lentamente chupando un caramelo de propóleo a tener a su pareja al lado con el termómetro en alto y explicándole los porqués de la vida. Ojo, que con esto no quiero hablar mal de mi marido. Debo admitir que él admite estar dispuesto a cuidarme. Sin embargo, cuando le comenté que una conocida en común consideraba como un sine qua non ser atendida y confortada por su novio en los días en que permaneciera en cama, él meneó la cabeza como si le estuviera hablando de lanzarse en picado a las aguas del infierno.Mi condición de loba solitaria en las pequeñas enfermedades -las que una se puede más o menos abastecer gracias al delivery de farmacia y de supermercado, y a lo sumo, hacer un papelón bajando en piyama al hall del edificio pareciéndose a un personaje de Mariana Enríquez- viene desde mi más tierna infancia.Mis padres no eran personas que me hicieran sentir contenida en las enfermedades. Para ellos, que mi hermana o yo estuviéramos enfermas era un agravio personal: se lo hacíamos a propósito (aunque no lo crean, sigue habiendo mucha gente así además de mis padres.) Y por nuestra negligencia o beligerancia, bueno, era mejor que nos arregláramos solas. Quedaba en la mesa de luz una batería de medicamentos, en la televisión el canal de los dibujitos puestos o una pequeña pila de historietas para leer durante la enfermedad. Y luego, mis padres desaparecían rumbo a sus respectivos trabajos. Más tarde o más temprano llegaba mi abuela María, que ya debería tener una parroquia a su nombre, y cocinaba aquello que sonaba o se veía saludable. Arroz, puré, bife, pechuga de pollo. Mi santa abuela venía a ser útil y no a dar cátedra sobre la morbilidad de las enfermedades de la infancia, y mucho menos lecciones morales sobre el daño que puede hacer un chupetín o un extra de mostaza en el pancho. Así pasaban de tres o cinco deliciosos días, al final de los cuales yo emergía más docta que nunca en Patolandia o en Hijitus. Al regreso, mi padre que mucha atención no había prestado a la gripe, me palmeaba con la frase: “Cristo sufría y no se quejaba” y asunto finiquitado. Al día siguiente, escuela.¿Cómo hoy no desearía yo estar en la cama para quedarme a leer todo aquello que me cae en gracia, sin que nadie me pida explicaciones por una existencia que, cada tantos años, cae en el virus de la gripe como en un vicio mayor?Recibí en tu mail todas las noticias, historias y análisis de los periodistas de ClarínQUIERO RECIBIRLOTags relacionadosPasiones ArgentinasGripe