Arantxa Sánchez Vicario: «Se me exigía ganarlo todo... antes no se hablaba de salud mental»

Wait 5 sec.

A Arantxa Sánchez Vicario la envuelve todavía el aura de fortaleza y pasión que desprendía en la pista. Cercana, afectuosa y sensible, la extenista, cuya vida pasó por malos partidos de los que se prefiere no hablar, repasa con ABC en una emotiva charla un viaje de la Arantxa campeona de todo desde la adolescencia hasta la Arantxa feliz de la madurez. El éxito y la responsabilidad, las derrotas que todavía duelen, títulos más importantes que los Grand Slams y un legado en forma de orgullo y cariño de la gente que todavía le hacen emocionarse. -¿Cómo está? -Estoy bien, contenta y feliz de estar aquí. -Embajadora del pickleball ahora, pero cuatro Grand Slams, cuatro medallas olímpicas antes, 98 títulos en total. ¿Cuánto había de esfuerzo y cuánto de orgullo en ese currículo? -Cuando empecé, yo solo podía apoyarme con el trabajo; sin eso no puedes conseguir nada. Me enseñaron a eso, a trabajar. Cuando me situé en lo más alto, el instinto me ayudó mucho. Y el orgullo, de saber que todo el mundo está apoyándome, el cariño del público. -Se puede entrenar la técnica, pero esa lucha también era parte de usted, de todo lo que logró. -Soy una mujer luchadora. No daba una bola por perdida. Cuando entraba en la pista lo hacía al cien por cien. Si me ganaban, daba la mano y felicidades. Pero siempre basé todo en la disciplina, en el esfuerzo y el trabajo. Sin eso no hubiera sido posible tener lo que he conseguido. El tenis es muy sacrificado y duro. Hay que dedicar muchas horas y entrenamiento. Pero yo tenía la pasión y con todo se dio el resultado. -¿La exigencia se entrenaba también en casa, con sus hermanos? -No hubo piques con mis hermanos. Todo lo contrario. Todo era muy sano. En una familia de tenistas, al ser la pequeña yo quería hacer lo que hacían mis hermanos mayores. Son las personas a las que miraba. Podía reflejarme en ellos y seguir el camino porque lo estaban haciendo muy bien. Me pude guiar y me ayudó mucho. El trabajo lo tienes que hacer, pero todo fue muy sano: pedía consejos, preguntaba, siempre tenía ganas de jugar con ellos. Los molestaba un poquito hasta que me dejaban jugar con ellos para mejorar. Cada uno tenía su entrenador, su equipo, pero siempre teníamos unión. Somos una familia muy unida, lo seguimos siendo y nos ayudábamos. -¿Cómo se ve el mundo cuando se consigue alcanzar la cima tan joven? -Me hice profesional con 14 años, fui subiendo y con 17 años gané Roland Garros. La más joven, la primera española, la pionera. Yo era una niña normal cuando empecé. No tenía ninguna presión ni responsabilidad. Pero gané Roland Garros y ahí mi vida cambia. Me empiezan a exigir, hay más presión para que gane todo. Cuando ganas un Grand Slam, piensan que vas a ganar todos. Para mí fue una transición. Pasas de ser una persona normal a lidiar con una presión y la responsabilidad de tener que ganar. Todo esto del tema mental que antes no se hablaba como ahora. -¿Estaba preparada? -Gano y tengo que aprender a lidiar con muchas cosas, madurar más rápido. Y no es fácil, es un cambio brutal y te hace más fuerte. -¿Pudo disfrutar en ese proceso a pesar de todo? -Al principio todo lo ocupa el disfrutar. Pero ganas y la responsabilidad se impone a la diversión. Son etapas que tienes que aprender a gestionar. Yo tenía una carrera exitosa. Si de pequeña me dicen «vas a tener esto», lo hubiera firmado, claro. Pero si llegar cuesta, mantenerse fue mucho más. Fue muchísimo más difícil lidiar con todo. -Se hablaba menos de salud mental, pero ¿usted lo trabajaba de alguna manera? -A mí me gusta tanto el tenis, siempre he amado el tenis, y cuando veía que me pasaba algo, que había algo raro, yo paraba. Eso es lo mejor. Antes no se hablaba, ahora es parte del deporte. Pero siempre tenías que estar preparado para aguantar todas las circunstancias. Cada uno sabe el momento que vive y es necesario parar. Si llega, hay que parar y tratar de volver. Porque vuelves con más ganas y más fuerte. Es superimportante tener también al equipo, esa gente que está a tu lado y que te dé ese apoyo para estar mejor. Antes no se veía tanta gente alrededor del deportista. Ahora sí. -¿Le quedó algo por ganar? -Obviamente te faltan cosas, pero realmente no puedes quejarte ni mucho menos. Número 1 del mundo individual y dobles, 4 Grand Slams individuales (6 de dobles y 4 mixtos), 4 medallas olímpicas, Salón de la Fama, Príncipe de Asturias. ¡Lo tengo todo! Estoy superfeliz y superorgullosa por mi carrera, que fue larga, sin lesiones, que fue fundamental, y al más alto nivel. Y lidiando con jugadoras como Graf, Seles, que son campeonísimas y derrotando a las mejores. -¿Había espacio para hacer amigas? -Sí, sí, sí. Yo tengo bastantes. Separas las dos cosas. Yo tengo bastantes. Ahora se ve mucho más pero antes siempre hubo respeto y sigo teniendo contacto con varias. Igual no se hablaba tanto como ahora. -¿Qué partido todavía le duele recordar? -La carrera es muy exitosa, pero… que duela un poco fue la final de Wimbledon de 1995. El 5-5 del tercer set duró 29 minutos. Y fue la clave para ganar o perder. Perdí 7-5 en el tercero. En el tenis por un punto puedes perder un partido, y me pasó. Aquella época de hierba que era superrápida, que apenas podías jugar intercambios desde el fondo, ojalá hubiera tenido la hierba de ahora que bota superbién y puedes jugar más. Creo que no hubiera perdido ese punto seguro. Ese, ese es el partido que… duele. Pero hay que estar en la final también y solo llegan dos. Me hubiera gustado tenerlo en el palmarés. -¿Uno al que volvería? -Volvería al primer Roland Garros. Con 17 años. Marcó un antes y un después para mí. Nadie daba un duro por mí. Derrotar a la mejor jugadora de aquellos momentos. Es inolvidable para mí, fue épico, histórico, la gente sabe que fue muy buen tenis. A mí se me pone la piel de gallina todavía. Tenía 17 años y sabía que todo un país estaba pendiente de mí. Y encima llevarme la Copa. Se paró el país entero viéndome a mí, y eso no lo olvido. Fueron muchos sentimientos. Yo en aquel momento era más inocente, no tenía nada que perder, porque Steffi era imbatible número 1. Fue increíble. Volvería también al US Open del 94, cuando gané a Graf 6-4 en el tercero porque fui perdiendo en un set por 4-1, y le di la vuelta. Cuando le gané a Mónica Seles en el Open de Canadá, y la final de Hamburgo que gané a Graf en un partido de tres horas que gané 7-6 en el tercero. -Lo ganaba todo. -En el 94 y 95 fueron mis mejores años, fue cuando fui número 1 del mundo. Gané Roland Garros y US Open. Pero hay algo curioso porque desde ahí hasta el 98 que volví a ganar Roland Garros, perdí ocho finales de Grand Slam entre medias. La gente solo se acuerda cuando ganas y no se acuerdan de que están dos en la final de 128. Podía haber ganado 12 Grand Slams y perdí esas ocho. Esto es el deporte. -Ganó muchísimo, pero sí perdía… -Yo perdía un partido y se metían conmigo. Es muy difícil porque la gente pensaba: bueno, gana... es normal, y ahora tiene que volver a ganar. Pero yo era persona, también tenía lo mío, a lo mejor no me salía un día… Si ganaba bien, pero si perdía, te daban de todo. Antes más que ahora. -¿Cuánto le afectaron esas ocho finales perdidas? -Yo siempre he sido una persona muy exigente. Muy autoexigente. Para el tenis tienes que serlo, si no no llegas. Me ayudó para seguir adelante. Pero hace daño. Afecta lo que te dicen desde fuera, sí. Pero no como persona, sino más en la parte profesional. Cuando estás en competición, solo hay otro partido más al día siguiente. No tienes tiempo para que te afecte a ti. Yo me decía borrón y cuenta nueva y me tengo que centrar en el siguiente. Pero no personalmente porque intentaba apartarme para que te afecte lo menos posible. Eso es superimportante. Antes no había tantas redes sociales, pero también tenías que apartarte de todo eso. -¿Llegó a odiar algo que siempre ha amado? -No, no, no. Es que odiar… la palabra es muy fuerte. Sin pasión todo es mucho más difícil. Cuando jugaba era una pasión, me encantaba. Salía a disfrutar, aunque perdiera esas ocho finales, porque en tenis tienes siempre otra oportunidad. Hay que olvidar lo pasado y seguir. En las derrotas aprendes cosas que no aprendes cuando ganas todo el tiempo. Y nadie va a ganarlo todo. Pero hay que continuar, eso sí. Te vuelves con más fortaleza. Incluso los números 1 seguimos aprendiendo. -Fue una pionera en el deporte femenino. -La gente se piensa que es fácil, pero creo que no se valoró lo suficiente. Durante diez años, Conchita y yo ganamos cinco Copas Federación y llegamos a cinco finales. Y no se le da el valor que correspondía, con lo difícil que es. -¿Cuál es su relación con el tenis ahora? -Yo veo tenis. Lo llevo en la sangre. Lo veo porque me gusta. Ha evolucionado todo muchísimo: raquetas, cordajes, equipamiento. Todo va cada vez más rápido. Yo empecé con raquetas de madera, luego pasé a las de grafito, y ahora son superligeras, dinámicas. La pelota también. Todo ayuda y lo que tienes es que adaptarte. Es un cambio brutal. -¿Le gustaría jugar en este tenis? -No, no. Yo estoy feliz así, desde fuera. Me hubiera encantado jugar en esta hierba que parece tierra, porque en mi época botaba tan poco. Pero yo tomé la decisión, dije 'hasta aquí', y ahora disfruto más del tenis y desde otra perspectiva. -Bueno, Serena Williams ha vuelto. -Es bueno porque ha reenganchado a la gente de saber qué va a hacer. -¿Qué tiene el tenis español: ahora con Alcaraz y Jódar, por ejemplo? -Me encanta Jódar. Me encanta cómo juega. Pero hay que dejar tranquilo al chico. No se le puede decir que si va a ser el próximo Nadal. ¡Dejadlo, pobrecito, qué presión! No puedes comparar, pero en España nos encanta comparar. -Y hablando de comparar, ¿hay algo en la vida que se asemeje a la adrenalina del tenis? -Como he dicho, soy una mujer muy competitiva. Y eso es bueno y no del todo bueno. Para el deporte sí, pero en la vida después del deporte… No lo puedes comparar. Tenemos que integrarnos. Y queremos ser los mejores en todo. Es un cambio drástico, pero lo intentas separar y llevarlo lo mejor posible. Y ser tú misma para buscar lo mejor de ti. -¿Qué es lo mejor de usted ahora mismo? -Mis hijos. Es lo que me hace más fuerte, para seguir ahí. Me dan una fuerza brutal. Aparte de lo que gané, ahora el mejor trofeo son mis hijos. El deporte ha sido una etapa preciosa, maravillosa, estando en lo más alto de todo. Y ahora mi mayor triunfo son mis hijos. A mí el deporte me ayudó muchísimo para la vida y les he intentado transmitir esos valores. Espero que les ayude el día de mañana. -¿Son el mejor Grand Slam? -Mis hijos lo son todo. Son el pilar para mí en estos momentos. De todos los trofeos y todo lo que he ganado, ahora están mis hijos más alto que todo lo que he ganado porque esto es la vida. El deporte se acaba pero la vida sigue y soy mamá y estoy volcada en ellos y eso es lo más maravilloso. No puedo comparar: del tenis destaco mi carrera, pero ahora en mi vida es ser feliz y mis hijos, que es lo mejor que me ha pasado. Ellos dicen que tienen la mejor mamá del mundo y es lo máximo que puedes escuchar como madre. Estoy encantada y feliz. Son dos niños maravillosos, deportistas, buenos estudiantes, lo tienen todo. -¿Le gustaría una vida de tenista para ellos? -Yo lo único que quiero es que sigan haciendo deporte porque ayuda muchísimo, y que sean lo que ellos quieran. Que sepan que en la vida tendrán el apoyo de su madre de una forma incondicional, que yo estaré para ellos en lo bueno y en lo malo. No somos nadie para decir 'tienes que hacer esto o lo otro', pero sí para que vean que tienen un apoyo incondicional en mí. Tenemos muy buena relación, mucha comunicación, y ellos acuden a mí porque saben que pueden hablar de cualquier cosa. Es lo más bonito como madre. -Ve su carrera ahora en perspectiva y ¿qué piensa de aquella Arantxa? -Me gusta todo de ella, y me gusta cómo soy ahora. La Arantxa que veo es la que tú ves ahora. Feliz, volcada en mi trabajo, en ser feliz, en mis hijos, en el deporte, que sigue siendo mi pasión. Me quedo con esa Arantxa que sigue teniendo esa disciplina, que sigue siendo esa guerrera y esa luchadora, resiliente. Y ahora es esta que me alegro de que se vea esa cara que no se veía cuando estaba jugando. Y me gusta porque la gente sabe quién soy, pero quiero que se vea también esa otra faceta que es la persona. -¿Se sintió respetada? -Me quedo con una cosa superimportante: el cariño de la gente. Desde que empecé mi carrera hasta que me retiré en 2002, y hasta el día de hoy, vaya donde vaya siempre tengo el cariño de la gente. Y eso es algo que te lo ganas o no te lo ganas. Por lo que transmití, por lo que a veces la gente se veía reflejada. Me quedo con ese cariño, el amor incondicional de la gente, que me sigue emocionando. He dicho que era autoexigente y luchadora, pero también sensible. La chica que se ha puesto a llorar al pedirme una foto. Son cosas que me siguen emocionando, porque creo que me lo he ganado, y lo agradezco muchísimo.