'La casa del dragón': el espejo deformado de 'Juego de tronos'

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En 'La casa del dragón' el tiempo funciona diferente. Como si gozara de una gravedad distinta, después de una primera temporada muy, muy lenta, todo se aceleró en la segunda y termina por desbocarse en la tercera. Hay que compensar el tiempo perdido o, mejor, retener a toda costa a un espectador algo escéptico. Todo estalla en el primer capítulo de la tercera entrega de la serie, que se estrena el lunes en HBO Max con la cruenta Batalla del Gaznate, un enfrentamiento épico por mar y aire que el propio creador de la ficción, Ryan Condal, definió como «el episodio más descabellado y ambicioso» jamás realizado en televisión. Con sus tramas palaciegas, extensas diatribas y la acción contenida, se hizo de rogar, pero el principio del fin de la dinastía Targaryen, de su superioridad casi divina a lomos de esas feroces criaturas aladas, revienta en los primeros compases de la nueva entrega. Ha tenido que bajarse del barco George R. R. Martin , contrario al errático camino de la adaptación libre de la narrativa poco convencional de su novela 'Fuego y sangre', pero la serie por fin recoge la esencia más pura de 'Juego de tronos' y eleva su violencia, verbal, física y emocional, al cuadrado. «Estamos cantando la misma canción, pero en un género diferente», señala en una entrevista con ABC Tom Glynn-Carney, encargado de dar vida al rey Aegon II, mutilado y huido en secreto después de descubrir que fue su hermano Aemond, ahora en el Trono de Hierro como regente, quien intentó matarlo. «Creo que a veces nos hace sentir mejor ver algo tan extravagante, corrupto y violento en la pantalla; es simplemente una forma de escapismo de nuestra propia existencia confusa y cada vez más violenta», reconoce Olivia Cooke, encargada de interpretar a una Alicent Hightower dispuesta a traicionar a los suyos y abrir las puertas de Desembarco del Rey a su antigua amiga Rhaenyra Targaryen. Al contrario que 'El caballero de los Siete Reinos', que dio un vuelco a la esencia del universo de 'Juego de tronos', 'La casa del dragón' se parece demasiado a la serie matriz y, quizás, no termina de convencer precisamente por eso. «Es como si estuviéramos en el mismo universo, estamos hablando de caballeros, reyes, reinas, dragones y batallas y todas esas cosas que a la gente le encantan de 'Juego de Tronos', pero aportamos algo diferente, más crudeza», admite Glynn-Carney. Y, efectivamente, todo resulta nuevo y a la vez de segunda mano, como un producto acondicionado, un reflejo deformado de lo que fue y terminó, pero quiere de algún modo seguir siendo. No está Khaleesi, pero hay otra Madre de Dragones; los bastardos no se apellidan Nieve ni tienen lobos huargos, pero el color del pelo los delata. Ya no hay tres dragones; ahora se cuentan a puñados y luchan y mueren por la causa de los diferentes bandos. Se sangra, se llora, se suda. Se ama. Y todo, como en la vida, tiene consecuencias. «No sé si se puede escapar de las consecuencias en este mundo», cuenta Cooke. Las secuelas del poder están lejos de ser inescrutables. Se sienten, se palpan. Arrinconan a una influyente matriarca, encierran a otra para protegerla. La valía espolea la insensatez juvenil, las ansias de venganza, la ira ciega de recuperar los derechos perdidos o conservar los adquiridos, de probar la legitimidad al trono, al amor de una mujer, madre o amante. Los peones no maquinan su jugada, abarrotan, desperdigados, el tablero de Poniente. Todo apunta a una sangrienta temporada. «El poder influye permanentemente en esta historia, tiene un papel importante. El poder vuelve loca a la gente, como hemos visto en todo el mundo», reflexiona a ABC Fabien Frankel, que interpreta a un guerrero corrompido por la ambición y los juegos de tronos. El cielo de Poniente vuelve a oler a azufre y traición. Tras dos temporadas de conspiraciones cortesanas, mutilaciones y venganzas fratricidas, la guerra civil de la dinastía Targaryen explota en 'La casa del dragón'. Con las espadas en alto, las flotas bloqueando el comercio y las bestias aladas hambrientas de fuego, la tercera temporada arranca en un punto de no retorno. Con las manos manchadas y la inocencia usurpada como el trono, solo hay un final posible en 'La casa del dragón': vivir o morir, por fuego, flecha o por espada.